Entrega inmediata

M de Mirinda

 

Vivimos en la era del fin del compás de espera. Muerto y enterrado está ese ritmo. Ya la música de los deseos, pues es el sino de los tiempos el que aquellos sean satisfechos al instante, no exige intervalos de silencio ni de paciencia.

No permitimos que nos pongan en espera, no toleramos que nos tengan a la espera. Nos dicen que nadie quiere tiempo para desesperar. Todo lo que se puede requerir, o adquirir, recala, ahora, en nuestro pozo de ansia, de manera inmediata. Y todo tiene un precio.

En cuanto deseamos, buscamos un proveedor. Una vez hallado este, velozmente, le solicitamos el objeto, el servicio o la experiencia vital que esté a la vista o que esté a la venta. Luego, de inmediato, seducimos o pagamos, raudos, lo costoso, lo barato, lo que preciso sea.

Se nos jalea, se nos da crédito, sucumbimos y es inmediata la entrega, pues, sin llegar a cuajar ni un mínimo desvelo ni una membrana de la pausa que encandila y tonifica… ya lo codiciado nos alcanza. A lo fácil, a lo expedito rendimos pleitesía y nos rendimos ante el todo a pedir de boca. Recíprocas velocidades. Simbiosis placenteras. Satisfacciones económicas.

Desde el prado de la entrega postergada, o del deseo no expresado, alzo, casi inaudible, la voz, y digo que no quiero permitirme el lujo de no esperar, pues lleva consigo el veneno del hundimiento en la molicie, en la banalización de lo poco que emociona. Y añado que caer en este juego de relámpagos, hace que el tiempo desaparezca y, con él, el espacio donde he de alzar las fábricas de la bendita ilusión, con su trote corcelero, cascabelero, dignamente adecuado a la escasez de un mundo sensato.

Busco una buena postura sobre esta hierba esplendorosa al tiempo que descubro una nube acastillada, cruzada por los pájaros negros del verano, y pienso que dos son los caminos a seguir para esquivar la adicción a la entrega inmediata: no cazar los fabulosos urogallos que nos ponen justo enfrente de nuestro cañón, de nuestra escopeta de feria; y crear, como artesanos, motivos para la espera, rituales de constante dilación y poético recreo en lo que es mejor que sea inalcanzable, al menos, de momento.

Ya veréis, en cuanto los vendedores de humo se percaten de esta hermosa necesidad nuestra acabarán ofreciéndonos, como algo susceptible de ser adquirido vía intercambio monetario, el hecho de esperar. Será este el nuevo juego.

Nos convencerán, hallarán el medio de manipularnos, y, así, pagaremos por hacer encargos simulados con el fin último de recibir, en algún momento, y de algún modo, no especificado, algo. Un algo también indeterminado. Nos ofrecerán la maravilla de ponernos a prueba: “¿Sabe usted esperar?; ¿sabe usted disfrutar de la espina inflamada de la promesa?”

Será, además, posible hacer apuestas, por un módico precio, sobre: ¿cuándo, por qué medio y en qué estado llegará mi pedido?, ¿cómo lo recibiré?, ¿con quién estaré cuando lo reciba?, ¿con qué ánimo se teñirá mi espíritu cuando se me haga la entrega?…

El objeto de la compra será lo accesorio y lo principal, la sorpresa: el tiempo en vilo, las estrategias para saborear el temor al engaño, la narcotizante abstracción de la rutina gracias a la pseudo noche de reyes que hemos comprado. Así, estaremos permanentemente a la espera, siempre alerta, preparados para recibir, como en la parábola bíblica de las diez doncellas que, con sus lámparas de aceite, aguardan al esposo en la larga madrugada.

Antes de que nos desplumen, velemos por nosotros mismos y, fieramente alados, volemos, evitemos las garras que buscan mercantilizar todo lo humano. En garde!

Velad, porque no sabéis el día ni la hora.
San Mateo 25, 1-13


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