En busca del último ruido

Perplejos en la ciudad

 

Ruido. Ruidos de hospital al nacer. Ruidos de la madre, del hijo, del padre; ruidos de los familiares, amigos y conocidos. Ruido de novias y novios y matrimonios. Ruidos al vivir y al trabajar. Ruidos al amar y desamar.

Ruido político, ruido económico, ruido religioso: motas de ruido en los ojos, enjambre de avispas en el oído. Más ruido. Ruido mediático: arañas sonoras de prensa, radio, televisión, internet, subiendo y bajando por el oído.

Ruidos por todas partes, agobiando, uniformando, separando, pero siempre ensordeciendo y humillando los oídos.

Ruido. Ruidos.

El hospital y sus ruidos. Ruidos en la oficina, en casa, en la calle. En el sueño, ruidos. Al despertar, más ruidos.

Otra vez, digamos otra vez el nombre del ruido: ruidos de hospital al envejecer; al morir, otro ruido, el último ruido.

¿Mutis por el foro?, silencio imposible en la despedida final: ruidos en el espectáculo del tanatorio animado con flores, música, poesía, chistes y últimas noticias. Siempre los ruidos, en persecución constante y a la caza con cepos.

Antes, ahora, después, siempre. Ruidos en persecución que dan alcance al oído fugitivo, a la mirada extraviada, y te atan las palabras y las manos, y te conducen hasta el último ruido, hasta el silencio que estalla en los oídos.

El ruido del silencio, el último ruido, a partir del cual ya no escucharás más al ruido haciendo ruido e inyectando veneno al oído; donde, por fin, descansarás y oirás sólo el movimiento del musgo: cómo se desliza el musgo y sube a los labios, en silencio, sin hacer ruido, sin hacer ruido, como un poema de Emily Dickinson, o como un silencio de musgo y piedra entre los labios, balbuciendo: ¿y por qué tanto ruido?


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