Eleuterio

Retales

 

A Eleuterio no le gusta su nombre. En realidad se hace llamar Terio. Dice que su nombre es antiguo, pueblerino y no es sonoro. Todavía no entiende por qué sus padres tuvieron la desfachatez de ponerle ese nombre tan campesino.

A la que le fue posible se trasladó a la capital, donde vive desde entonces.

Eleuterio, ay, perdón, Terio, es cejijunto y frunce el ceño como para darse importancia. Abre los ojos como si quisiera comerse el mundo. De todos modos, si conviene deja caer una de esas miradas a lo Rodolfo Valentino.

A él le hubiera gustado que le hubieran puesto por nombre Juan o Rodolfo o, incluso, Valentino. Nombres acordes con una de sus mejores virtudes: Terio, el conquistador.

Terio está delgado; ya se cuida él de no darse atracones innecesarios y de comer verdura de huerta que en la capital todavía se encuentra en algún mercado.

Anda por el paseo muy enhiesto con su bastón en mano y su sombrero panamá. El bastón no tiene empuñadura de plata pero la cabeza de dragón de alpaca da el pego y, además, él lo mantiene brillante y lustroso.

No usa corbata, prefiere la pajarita de cuello a la que le acostumbró su madre desde el día de su comunión.

Parece un petimetre algo ajado. Poco consciente de ello, él está muy orgulloso de su semblante. Se sienta en un velador del casino y pide un vermú con una rodaja de limón y una aceituna en el fondo de la copa. Paladea con gusto y chasquea la lengua, suavemente, hay que guardar la compostura; es un hombre refinado.

En verano usa zapatos de piel enrejada de colores claros, incluso blancos, traje de lino y sombrero ligero de paja. Sale entonces cuando cae la tarde y la brisa refresca el paseo. Se sienta en uno de los bancos cercanos a la fuente para entrever el color de las braguitas de las mozas que se agachan para beber y refrescarse. Entorna los ojos para disimular su lascivia y las saluda con un: buenas tardes… qué brisa más fresquita. Es un gentleman.

Se pasa la tarde contemplando las muchachas que van y vienen, y no digamos si se tercia que una pareja se besa en mitad del parque, no les quita el ojo de encima.

Prefiere sentarse solo, sin compañía, porque no quiere que le den conversación ya que lo distraen de su objetivo.

Cuando se encienden las farolas del alumbrado se retira y hace balance de la tarde. Qué colores ha visto, cuántos besos ha contemplado y, por supuesto, si algún transeúnte se ha atrevido a manosear las nalgas de su acompañante por debajo la falda en pleno parque.


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