Libros y horchata o el verdadero precio de las cosas

Leído por ahí

 

Finales de junio. Calor. Son las doce del mediodía y el Jefe irrumpe en la redacción, agotado y sudoroso. Viene de la calle, huyendo de la canícula. Trae unos papeles que agita imperiosamente ante mis narices:

— ¿Ha visto esto, Nicanor? Usted que todo lo lee, que todo lo comenta, que todo lo critica, ¿ha visto que hay un lugar donde compran libros a 20 céntimos? Aquí mismo, en la calle Diputación. ¡A veinte céntimos de euro, caballero! Libros de todos los géneros, en cualquier idioma, siempre que estén editados a partir de 1990. Los compradores no quieren saber nada de incunables, libros amarillentos, libros de texto ni enciclopedias. ¡A veinte céntimos el ejemplar! Y si les ofrecemos más de doscientos, vienen ellos mismos a buscarlos, se los llevan en cajas y pagan al contado.

Niego la mayor y la menor. “No tenía ni idea de este asunto, Jefe. Supongo que es un negocio como otro cualquiera: se compran libros como se compran caramelos y luego se revenden al doble, el triple o el cuádruple del precio inicial. ¡Vaya usted a saber!”. Y lo digo compungido porque, en el fondo, me duele que los libros se mercadeen a tan bajo precio. Le arrebato los papeles y les echo un vistazo. Descubro que además de comprar libros, venden libros usados a tres euros. Dos libros, cinco euros. Media docena, quince. Con cada venta se ganan doscientos ochenta céntimos.

— En realidad —apunta el Jefe enjugándose el sudor—, las cosas valen el precio que se paga por ellas. Ya dijo el poeta que solo el necio confunde valor y precio. No caeremos en ese error, porque el valor de las cosas también es subjetivo. Compré Besos humanos, de nuestro colaborador Ferrer Lerín, por 16,90 euros. Si ahora lo vendiera por 20 céntimos habría hecho un negocio ruinoso, máxime cuando, una vez vendido, tendría que pagar 3 euros para recuperarlo. ¡Ah! ¡Los libros tienen para mí un valor incalculable! O, al menos, algunos libros. No hace mucho conseguí varios ejemplares de Marcial Lafuente Estefanía, cuyo valor sentimental no tiene precio. ¿Cuántos libros calcula usted que acumulamos en el sótano? ¿Veinte mil? ¿Cincuenta mil?

Improviso y lanzo una cifra que aparente verosimilitud, para que el Jefe no me mande otra vez a contarlos. “La última estimación es de 37.548, aunque de ellos deberíamos descontar los que se han humedecido o perdido prestancia, que son la mayoría. Muchos de ellos carecen de actualidad, interés y reconocimiento. Por ejemplo, ¿quién se interesaría, a día de hoy, por la edición mejicana del Reader’s Digest entre 1970 y 73? ¿Y quién compraría el Mateo Falcone, de Próspero Merimée, publicado en Austral en 1950? ¿Algún anticuario con guantes y mascarilla?”

El jefe suspira melancólico y yo continúo sangrando a la víctima: “Aun suponiendo que la mitad de nuestros libros sean posteriores a 1990, que es mucho suponer, si los vendiéramos a 0,20 euros cada uno, no podríamos siquiera darnos una buena cena. O sea, invertir en libros no tiene provecho. Y la verdad —insisto, remachando con un agravio— tampoco entiendo ese afán por conservar tanto papelajo”.

El Jefe tuerce el morro y se derrumba en el único silloncito tapizado que nos queda.

— ¿Papelajos, dice usted? ¿Le he hablado alguna vez de los polvos de La Tomate? —el Jefe se lanza a rememorar alguna de sus anécdotas de juventud—. ¡Su tarifa no superaba  nunca las treinta pesetas, pero el valor que le concedíamos la soldadesca de Zaragoza no tenía límite! ¡Incluso hoy retengo su valor en mi recuerdo! ¿Significa eso que La Tomate era objetivamente valiosa o que su valor era algo circunstancial, nacido de nuestras necesidades? Respóndase usted mismo, Nicanor. Hoy día la juventud no entiende de inversiones ni de satisfacciones a largo plazo.

Miro al suelo y le lanzo una modesta proposición: “Si quiere calculo cuántos libros necesitaríamos vender para tomarnos una horchata”.

— ¡Una horchata! ¡Eso está hecho! —gruñe con satisfacción—. Creo que si vendemos treinta libros, tendremos para un par de horchatas. Con doscientos libros podríamos refrescarnos durante una semana. Escójalos entre lo más granado de nuestros archivos: best sellers, guías de viaje, libros de autoayuda… Llame a los de esa tienda y que pasen a buscarlos. Pero hágalo cuando nos quedemos solos. ¡Que nadie sepa el valor que le damos a la horchata ni el precio que pagamos por ella!


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