El vendedor de humo

Solo, por favor

Me he salido de la sociedad y te contemplo.

Dulce momento cuando ladras, entreverando tautologías y frases hechas. Dulce momento cuando te veo acomodado a una audiencia hipnotizada por la mediocridad. Dulce momento cuando asisto a un discurso monocorde, pero embaucador. Voy acariciando mi retiro para siempre, pues no aspiro a ser sepultado por un alud de perogrulladas. Debías haber acabado tu primera rueda de prensa hace media hora, pero calculo que aún quedan más de diez minutos para el turno de preguntas. La sala rezuma candor: cinco o seis cabezas asienten como perritos de la bandeja del coche, tres o cuatro codos empujan bolígrafos en cuadernos de notas, ninguna espalda se separa del asiento. Ni siquiera un carraspeo. Los presentes cabalgan hacia el Valhalla escoltados por cantos de Valquirias, dispuestos a librar la batalla del fin del mundo en torno al Odín que les vende hilo invisible. Nadie pierde el hilo, nadie osa, no sea que muerda. Aunque ya hace tiempo que fueron ellos quienes mordieron el anzuelo sujeto al sedal del que tiras, oh mi adversario. Que solo ladras; poco mordedor.

Es un placer tirar la toalla y admitir mi derrota ante ti. Has ganado. Quiero que lo sepas.

Puedes pensar que ya no existo, me da igual, porque tú dejarás de existir para mí en cuanto haya acabado esta nota. Puedes creerme o no, pero habrá sido mi triunfo. Puedes seguir con tus proyectos, sin mí, puedes encumbrarte, sin mí, puedes, puedes, puedes. Sin mí. Me trae sin cuidado si me comprendes o no, ¡como si no me lees! Escribo esto para olvidarte y lo hago público para prevenir a otras personas.

Eres el no va más, especialista en sentido común y en divergir con ocurrencias. Te las sabes todas. Sacas partido de pleitos y de acuerdos, robas ideas y las vendes como tuyas, aparentas que trabajas como el que más, hablas, hablas y hablas. Y te creen. Desde una línea común vas haciendo carrera, buscas pequeñas oportunidades para diferenciarte y parecer un dios, sin parecer distante, sin casarte con nadie, pues dices no tener amigos, mientras alardeas de seguidores en Twitter. Ellos sabrán. Sabes que no inventaste la rueda, pero te lo crees, ¡cómo no se lo van a creer otros incautos! Hablas de clientes, conviertes en mercancía lo que tocas y los demás nos rendimos a ti, que vas a salvar el mundo. No hay nada malo, me repetiste más de una vez. Nada, efectivamente. Ni bueno. No aportas nada, salvo a ti. O eso crees. Sigue por ahí, pero sigue sin mí. Puedes llamarme antisistema, tranquilamente, eh. Me salgo de tu querido sistema.

¡Ah, pero eso sí! Si dices, con razón, que hay que comprender las cosas para mejorarlas, lee, indaga, consulta, ya que dices inaugurar un templo del saber. Ni has inventado nada ni aportas nada, salvo ilusiones de ilusionista. Sigue vendiendo humo y disfruta de tu escuela privada, sostenida con fondos públicos, mientras sonríes al ministro del ramo.


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