El reloj de pulsera

Moda al tuntún

 

A los sacramentos de la muerte citados por Bertolt Brecht (el periódico, el tabaco y el aguardiente) añadamos el reloj de pulsera. Nacido a inicios del siglo XX para uso de aviadores y popularizado en las trincheras de la Primera Guerra Mundial, hoy se halla en trance de desaparición entre los adolescentes y jóvenes, substituido por el móvil y el paro.

En su reinado nos golpeó con la parpadeante moda del reloj digital, derrotada por el retorno a la esfera analógica y su total, posterior, banalización: relojes de colores, uno distinto para cada día. Hoy sobreviven los relojes de gran lujo con caja de oro, platino, titanio, acero, etc. y complicaciones (prestaciones) sin cuento. El Franck Muller Aeternitas Mega 4 ofrece 36 complicaciones por algo más de 2 millones de euros.

Opina el psico-socio-antropólogo que ningún reloj de pulsera masculino se ve limpio después de Pulp Fiction (Quentin Tarantino, 1994). En esa película, el capitán Koons, en un impagable monólogo, con la caja del reloj en mano, le cuenta al callado niño Bucht Coolidge las vicisitudes heroico-anales de aquel obsequio: un reloj que ha recorrido un largo camino, desde el bisabuelo en la Primera Guerra Mundial, al abuelo en la Segunda y luego al padre, muerto en Vietnam, del niño Bucht. Reproduzco con incomodidad las últimas vicisitudes del reloj.

Tu padre llevaba este reloj cuando lo derribaron sobre Hanói. Lo capturaron (…) Él sabía que si los amarillos llegaban a ver el reloj, se lo quitarían. (…) Lo escondió en el único lugar que podía: en el culo. Cinco largos años llevó este reloj metido en el culo y cuando murió de disentería, me lo dio. Yo escondí este incómodo pedazo de metal en mi culo dos años más. Luego, después de siete años, me mandaron a casa, con mi familia. Y ahora, hombrecito, te doy el reloj a ti.

Me gusta mi reloj de pulsera (Hamilton Khaki Quartz H 684410) desprovisto de cualquier trayecto heroico y que olvido frecuentemente en cualquier rincón, desatando raros protocolos memorísticos. De esfera negra con números arábigos grandes y contrastados, con agujas fosforescentes (suelo consultarlo cuando me despierto durante la noche y lo hallo), un reloj con caja de acero, para toda la vida y que ornamento con versos de R. Wilcoock: Ogni orologio che fa l’orologiaio / è un strumento per segnare l’ora /in cui dovrà fermarsi l’orologio.” Pues eso.


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