El perrito de Basilio

Desde detrás de mi estantería

 

Creo que ya os he hablado de Basilio, ese hombre de ninguna parte que vive en un pequeño coche aparcado en una esquina, junto al estadio de fútbol de mi ciudad.

 

Basilio, estos últimos meses, ha cambiado su pauta de vida; ya no otea los semáforos por las mañanas, aunque mantiene la costumbre de permanecer ojo avizor a todo lo que ocurre en su barrio. Sí, su barrio porque, desde hace unos meses, se ha instalado en él, como quien no quiere la cosa, definitivamente. Primero tenía su puesto en la calle, con su cochecito aparcado en una esquina con sombra, ahora ya posee una habitación en la que pernocta. Su habitación está en una de las fincas adyacentes al campo de fútbol. Ya no va a los edificios públicos a tomarse un café por las mañanas. No es la única novedad, pues Basilio ha conseguido un nuevo vestuario: hoy le vemos con ropa elegante, aunque de otras temporadas, que, seguramente, le han proporcionado los vecinos. Como está acostumbrado a vivir pulcramente, con pocos medios, siempre mantiene un aspecto limpio y presentable en cualquier momento del día.

 

Hace unos días, volví a fijar mi atención en él cuando, al pasar por delante del sitio donde tiene estacionado su cochecito, lo vi sentado dentro, muy ensimismado, leyendo un libro. La escena no tendría mayor importancia si no fuese porque el libro era electrónico. Basilio demostraba bastante destreza al pasar las páginas con un rápido movimiento de su dedo índice. Me sorprendió que tuviese un aparato tan moderno aunque tampoco era de extrañar, pues recordé que le había visto, desde siempre, hablando por teléfono móvil, como cualquier otro viandante de hoy en día. También me sorprendió que ya no demostrase preocupación a la hora de buscar un aparcamiento libre y ofrecerlo a los conductores azorados de la zona. Por su forma de comportarse, me pareció que ya sólo se dedicaba a conversar con los vecinos y a tomar el sol con ellos, como cualquier jubilado del barrio, pues, aunque tenemos buen clima, la temperatura baja durante las primeras horas del día y el calor del sol siempre se agradece.

 

Hoy le he visto llevando un perrito atado a un arnés. Basilio lo paseaba, entre los coches, como haría cualquier otro vecino cuando sale con su mascota a la calle. Es curioso, el perrito mostraba el mismo aspecto pulcro y aseado que su amo. Dicen que los animales de compañía son el espejo de sus cuidadores. Realmente me he aventurado a pensar que ese animalito era suyo, aunque tampoco tengo por qué dudar de ello, pues tener una mascota no es nada anómalo. Estoy casi segura de que Basilio pretende comportarse como cualquier otro vecino y está dispuesto a adquirir todos los estereotipos de nuestra sociedad. Creo que no debo prejuzgar a Basilio por haber buscado en un animalito la compañía que, tal vez, no encuentre de otra forma.

 

También he observado que al mismo tiempo que paseaba con el perrito conversaba con alguno de los mendigos que tan numerosos son en la otra calle. La conversación, aparentemente de tono sosegado, no obstante, denotaba una actitud de dominancia. Pero no, no quiero ser suspicaz. No quiero imaginar que Basilio sea capaz de estar viviendo de los otros mendigos que viven en la calle y a los que he visto que visita, de vez en cuando, y quienes, cuando hablan con él, casi le reverencian como si fuese su jefe. No quiero imaginar que Basilio se ha buscado el sustento a base de amenazar a los otros ocupantes de la calle, que duermen y viven en ella, y digo que no quiero imaginarlo, porque prefiero pensar que, cuando veo a Basilio conversar con ellos, lo hace como cualquier otro vecino que les saluda y les pregunta cómo han pasado la noche. No quiero imaginar que Basilio, aquel hombre madrugador que hasta hace poco se fijaba en nuestras conversaciones matinales sobre el tiempo o los resultados futbolísticos, es alguien que ahora se dedica a explotar a los que se encuentran en un escalafón más bajo, porque si es así, entonces esa idea que me había forjado del hombre afable que pretendía integrarse en el barrio, se derrumba en mi imaginario.

 

A partir de ahora, observaré a Basilio con otra mirada. Le veré fumar, tomar café, conversar con los vecinos y pasear su perrito por la calle, y me preguntaré: ¿andará buscando una nueva forma de vida o estará repitiendo la que aprendió y vivió en su desconocido país?

 


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