El Museo de los Instantes

Escalofríos

 

Un grillo sonaba en la solitaria calle donde nos despedimos. No es fácil escuchar hoy a ese insecto en estas ciudades tan ajenas a lo que un día fue campo. Pero lo cierto es que el bicho estaba logrando crear una atmósfera subyugante y sensual, estimulada además por la luz azulada de la luna que rebotaba en la fachada de cristal de un moderno edificio e iluminaba de forma tamizada la escena que estábamos creando.

La había conocido hacía unas pocas horas y ni siquiera recordaba su nombre. Puede que nunca me lo dijera; seguro que nunca se lo pregunté. Quizá sea mejor no saber siquiera cómo se llamaba. La intensidad de nuestro encuentro sólo estuvo en consonancia con su insoportable brevedad. Porque lo cierto es que, mientras nos mirábamos a los ojos para despedirnos, yo tenía la certeza absoluta de que nunca más volvería  a verla. No obstante, a pesar de la desazón que eso pudiera provocarme, no me sentía triste, ni melancólico, ni desconsolado.

Ahora, cuando escribo estas líneas, solo puedo acceder a los recuerdos en forma de sensaciones. Su rostro se me ha desdibujado por completo y la que siento como elegante figura de su cuerpo se me antoja el grácil movimiento de una rama movida por una suave brisa de otoño.

Tengo claro que toda esta ñoña retórica no conseguirá describir, ni siquiera aproximarse, a lo que aquel encuentro inyectó en mi cuerpo. Un veneno que se toma por voluntad propia y que transforma la manera de sentir el entorno para siempre, convirtiéndose en un mal crónico aceptado por el gusto de haberlo experimentado tan solo una vez.

Pero, ¿fue una sola vez?

Buceando en mi memoria descubro con asombro que fueron muchas las ocasiones en las que mis sentidos se vieron estremecidos por otras relaciones fortuitas y frugales. Lo que no puedo discernir es el espacio temporal en que ocurrieron, si fueron posteriores a aquel encuentro y despedida o si siempre han estado ahí como una manera de palpitar con mi entorno, como si fuera mi, quizá ridícula, forma de relacionarme con lo que me rodea.

El sonido del grillo volvió a repetirse en otra ocasión y solo ahora soy capaz de ver que fue distinta. Describir ese otro momento es un ejercicio de circunloquios para llegar siempre a lo mismo: una predisposición insalvable a dibujar estas situaciones como si de pinturas se tratase.

Junto al sonido del insecto, una maceta con un geranio, amarillento por la falta de luz, proyectaba su sombra en la ropa de quien tenía frente a mí. El destello del parabrisas de un coche fulguró con el sol y nos cegó momentáneamente. Con los ojos llorosos por la fuerte luminosidad nos sonreímos y nos tocamos con la punta de los dedos para girarnos en distintas direcciones y caminar con la seguridad de que era una despedida. Sin pena, sin amargura, casi con la felicidad de la bondad de ese desenlace reflejada en nuestros rostros. ¿O solo en el mío?

Arañando un poco más en mi cabeza consigo acceder a otro momento que estuvo marcado también por su breve intensidad y la despedida amable. Lo que no soy capaz de definir es el sexo de la persona con la que estuve y puede que esa incertidumbre signifique algo que no sé explicar.

En la escena que viene a mi cabeza estaba sentado con las piernas cruzadas sobre la barra de un bar. No en una silla, sino encima de la barra, en un oscuro rincón de la misma, mirando directamente a los ojos de otra persona, tan desdibujada como el resto del antro, un lugar gris, con música opacada por el croar de las voces de sus pocos feligreses y, sobre todo, por mi atención puesta en quien tenía delante, que permanecía en pie, girando su copa entre las manos. Poco antes de que terminara su bebida, brindamos y justo en el mismo instante de chocar los vasos, sonaba el trino de inicio del segundo movimiento del Concierto para Piano y Orquesta nº5 en Fa menor de Johann Sebastian Bach; el gran Bach.

Ese encuentro parece marcado por una música, inconmensurable por su belleza, aunque fuera decididamente impropia de un lugar como aquel en el que nos encontrábamos. Permanecimos con los ojos cerrados, degustando el mejunje alcoholizado y las notas de ese breve movimiento tan especial. Justo cuando se inició el Presto, esa persona que compartió conmigo tan exquisito instante, se dio la vuelta y desapareció para siempre.

Como en los otros encuentros, no me quedó ningún sinsabor amargo, ninguna rozadura anímica. Muy al contrario, estas experiencias no solo fueron placenteras, sino que estimularon mi sentido de la realidad con imágenes frágiles, congeladas en el tiempo como pinturas en una pinacoteca.

Hoy, cuando escribo esto, me doy cuenta de que las pátinas de brillos y matices que he ido acumulando sobre esos momentos son como capas de barniz superpuestas que no han hecho sino enturbiar la realidad, convirtiendo mis recuerdos en sucesos alejados de ella. Como un creador de historias que inventara la suya propia continuamente, me he trasladado al otro lado del lienzo en cada ocasión y he situado las figuras en su lugar conveniente, los sonidos con su volumen adecuado, los olores con la fragancia más acorde a la escena, la temperatura para que ofrezca la calidez o frialdad necesarias para que esa pintura de evocaciones se transforme en una obra de arte.

Es tanto el tiempo que tengo libre que no dejo de perfeccionar cada una de esas escenas que supusieron momentos determinantes de mi existencia. Cada hora que paso vigilando estos pasillos durante la noche se convierte en un detalle más para la falsa realidad de mis recuerdos. Caminando por las salas oscuras de este museo me doy cuenta de que las grandiosas obras maestras que cuelgan en sus paredes están siendo sustituidas por las no menos maravillosas secuencias ateridas en el tiempo de mi cabeza.
Cuando pienso que quizá los visitantes del museo no sepan apreciar el cambio de obras que se está produciendo, me sacude un escalofrío de temor, porque, si un día decidieran expulsarlas de este espacio, ¿dónde quedarían mis recuerdos?


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