El mundo de los impotentes

Aforismos de juventud

El mundo de los impotentes está hecho de condicionales contrafácticos, o sea, de lo que podría haber sido si no hubiera sido lo que fue.

Yo soy un impotente. Y me doy cuenta de que si hubiese hecho esto ayer o lo otro siete años atrás mi vida sería diferente, y yo quizá no fuese ahora el monicaco que en efecto soy.

Siempre igual: toda la vida agarrado a la cola de la vida intentando subirme sobre sus lomos, cometiendo sucesos a fin de remediar, o anular, o compensar el efecto de otros sucesos que jamás tenían que haber sucedido. Y mi identidad, mientras, extraviada en este oleaje de sucesos, siempre temerosa y frágil, soñando con llegar algún día a tierra firme.

Soy un vencido, una derrota, una apuesta perdida, el fondo del agujero. Soy una lágrima que baja rodando por la cuesta de la vida y que, como la vieja bola de nieve, no hace sino crecer mientras rueda por la pendiente.

Y el Mundo, el mundo es un gigantesco chicle de menta al que hace siglos se le gastó su sabor. Y ahora tiene mal aliento. Mi mal aliento. El mundo es el espejo en el que se impregna el vaho de mi mal aliento. Es el pulmón que todo lo respira y que me devuelve este pútrido aliento, haciéndomelo tragar por la boca y la nariz y las orejas y hasta por el culo.

Al fin y al cabo, ¿qué es el Mundo sino mi mundo, sino el mundo tal y como yo lo veo y lo siento clavarse en mis carnes y mi sangre? Yo soy el mundo, soy su retrato mal hecho. Soy ese chicle gastado al que toneladas de inmundicia han ahogado su sabor y su voluntad.

¿Qué puedo hacer? –Caramba, pues, o apago la luz, o ¡me compro otro chicle de menta! ––A ser posible, de mejor sabor y mayor duración que éste que mastico. ––Aunque también puedo comerme un chicle de fresa y volverme definitivamente loco: ver la vida… ¡de color de Rosa!

Ésta es mi única salida: convertirme en una canción y redimirme haciendo bailar al Mundo.

Tantas cosas destruídas a mi alrededor. Tanta desolación por fuera y por dentro. El Mundo en ruinas, y yo, en él, un yermo desierto. Cuánta sequía en mi alma. (Tengo que que exprimirla, y arrancarle hasta la última gota de su llanto: que llore, que llore un espumoso océano de vida en el que bañarme y renacer luego hecho un sol.)

El mundo está equivocado, y empieza a parecerme que yo sólo voy a estar de acuerdo con él cuando me haya vuelto un maldito cadáver. El otro día soñé que me clavaba un puñal en el corazón y luego visitaba mi tumba. “A este impotente lo mató el ansia de vivir”, rezaba mi epitafio.

El Mundo es una equivocación o Yo soy una mentira o las dos cosas a la vez. La Vida es un túnel lleno de púas haciéndonos agujeros. La Humanidad, un genérico montón de muñecos retorciéndose sobre las brasas de su impotencia.

Unos lo hacen mejor y otros lo hacemos peor. Algunos están hechos de amianto y son lo que se dice Triunfadores (¡Un hurra por ellos!). Los mejores son ¿valientes? soldaditos que se abrasan con gusto por Amor a alguien o a algo. A mí de nada me ha valido llevar tantos años jugando a que soy un Duro y que por eso no me quema. En el fondo estoy hecho de cera, la cual se derrite con facilidad. No soy un tipo apto para vivir esta perra vida (eso para los fuertes, los listos y los tontos). Todo me duele, todo me lastima, soy un blandengue. Soy un pecado, porque tenía que haber nacido siendo Dios. Ya que no me fue posible, me gustaría ser Satanás el Soberbio. Pero tampoco soy capaz. Satanás es poderoso y dinámico. No llora como lo hago yo a todas horas. Yo soy un pobre diablo.

Soy un alcohólico.

Pero esto se acabó. Hasta aquí hemos llegado. Se acabaron los malos rollos y la impotencia, se acabó también mi alcoholismo. Por fin me he construído mi torre de marfil, una torre de marfil en una isla paradisíaca. En realidad, ni la isla ni la torre existen sino en mi cabeza. Pero qué más da. Me basta con amarrarme a mi mesa de trabajo, bolígrafo en mano y montones de papel delante, para alcanzar la redención.

Por fin, a fuerza de una introspección exhaustiva, he empalmado vida y filosofía en una sola línea maestra. Ahora sólo tengo que dibujarla, tarea sin embargo nada fácil, puesto que jamás se ha visto línea tan enrevesada y encima me tiembla el pulso.

Pero antes, antes he de expulsar de mis entrañas a todos los demonios que las corroen y a toda la mierda que las anega. Operación de limpieza que sólo puede llevarse a buen término mediante la aplicación de la vieja técnica curativa homeopática. Debo, pues, dejarme barba, ponerme los cuernos y el rabo, y lancinarme con el tridente. Debo volverme un excremento.

A fuerza de tenacidad e incontinencia en todos los vicios, lo he conseguido. He caído lo más bajo que se puede caer. Me he vuelto un degenerado absoluto; un borracho, una babosa, un blasfemo, un sacrílego, un pervertido –puta, homosexual y sadomasoquista–, un violador, un asesino. Me han golpeado, pisoteado, violado, sodomizado y crucificado. He golpeado, pisoteado, violado, sodomizado y crucificado. Me he perdido todo el respeto y se lo he perdido también al mundo. No queda en mí ni un solo vestigio de valía. Ya nada tengo que perder, ya nada puede hacerme daño. He aquí, desnudo, el fundamento sobre el que identificar mi identidad, el estiércol de abono para un espíritu en proceso de purificación. Pero es duro, muy duro, acostumbrarse a la negra y áspera miseria de uno mismo. Es difícil sostenerse la mirada: uno se marea, y siente miedo de sí mismo, pánico de los pozos negros de su alma. Hace falta valor para afrontar la propia Leyenda negra, ésa que cada cual porta en su interior. Tiene uno que armarse de un ánimo bien templado a fin de no sucumbir ante los terribles hallazgos que le depara el escarbar, a fondo y decidido a no detenerse ante nada, en las zonas prohibidas de su persona. Porque bien puede averiguar que es aún más asqueroso de lo que creía ser.


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