El hombre que lloraba en un Banco

Zoom impertinente

El hombre se despertó. Cegado por la luz del amanecer se incorporó en el banco que ocupaba en la Gran Vía e irrumpió en llanto. Durante un tiempo el río de lágrimas resbaló por las mejillas sucias con una barba de muchos días, atravesó los labios resecos, impregnándolos de un sabor amargo, y se escurrió hacia el interior del cuello ennegrecido de la camisa; luego, enjugándose los ojos con la manga de la chaqueta, caminó mecánicamente hasta una fuente ubicada a unos doscientos metros; se aseó la cara, con las manos puso orden en los cabellos blancos y engreñados, y se dirigió hasta la sucursal bancaria que visitaba diariamente desde hacía dos meses.

La oficina aún no estaba abierta y se apoyó en la pared, junto a la entrada, haciendo constar su presencia por si llegaban otros clientes.

Al fin, un hombre joven, diferente al de los otros días, descorrió el pestillo de la puerta y Narciso accedió a las dependencias del banco. Conteniendo la respiración, por el rabillo del ojo miró al despacho acristalado del fondo de la oficina y, una vez más, la mirada del director llena de recelo y desprecio, le arañó la cara como garras de un ave de rapiña.

Cuando el empleado que le había franqueado la entrada le hizo un gesto para que se acercase a su mesa, Narciso se sentó frente a él.

– El dinero del paro- musitó sin apenas levantar la cabeza, sacando de su cartera manoseada y sucia el carné de identidad.

El hombre tomó el documento, lo examinó durante unos segundos y, durante un tiempo que a Narciso le pareció interminable, tecleó con los ojos fijos en la pantalla del ordenador.

– No hay nada- dijo al fin, negando con la cabeza.

– Imposible- replicó Narciso con la firmeza que confiere el deseo de volver a dormir bajo un techo, en una cama.

– Hace dos meses que ya no le ingresan la prestación. Vaya a la oficina de empleo de la zona y reclame. Está muy cerca – prosiguió el empleado queriendo infundir un poco de ánimo a aquel hombre que le miraba fijamente y que parecía estar a punto de llorar.

Narciso se pasó la mano por los ojos. Necesitaba aquel dinero para regresar a la pensión, para dormir bajo un techo.

El ruido de una silla en el despacho acristalado del director, le impulsó como un resorte de su asiento y salió del banco. Se detuvo en la puerta mirando a un lado y a otro, encogiendo los hombros, abriendo los ojos, gesticulando como un cuerpo sin control, sin sentido. Repentinamente sintió que se le descomponía el estómago y corrió al bar de la esquina. Antes de que el camarero le impidiese el paso, le pidió un café con leche y corrió al servicio. Cuando salió, con la ansiedad de un enfermo, buscó el café con la mirada

El café es uno cincuenta- dijo el camarero dando golpecitos en el mostrador con una gesto en los labios que parecía que fuese a escupir en cualquier momento-. Pagas primero y luego te lo sirvo.

Narciso, tembloroso, sacó la cartera del bolsillo de la chaqueta.

– También quiero un bocadillo de tortilla- dijo sin levantar los ojos, contando las monedas. Si no comía iba a morirse allí mismo.

– Entonces serán cinco cincuenta- replicó el camarero con acritud, mirándolo fijamente.

– ¿Puede ser medio? – preguntó Narciso con un hilo de voz.

– A ver si nos aclaramos- respondió el camarero con fastidio.

– Cóbrame a mí el desayuno de este señor.

Narciso y el camarero se volvieron al unísono hacia la voz intrépida que había irrumpido en la conversación.

Quien hablaba era una mujer que parecía tener poco más de veinte años. Se había detenido, pues marchaba en ese momento, y extendía su mano con un billete de diez euros. Llevaba las cejas llenas de piercings y un tatuaje a lo largo del brazo desnudo que alargaba al camarero con el dinero. No había ni lástima ni compasión en sus gestos.

– Cobra el bocadillo entero- continuó con la seguridad de una marquesa que ordena a uno de sus sirvientes.

Narciso enrojeció hasta los ojos ante la visión de la muchacha; su indolencia y su soltura le enfrentó a la imagen del pobre desgraciado que era él, y la voz se le bloqueó cuando quiso darle las gracias.

– Estamos para ayudarnos, no para joder al personal- continuó la chica con voz recia clavando su mirada incisiva en el camarero.

Narciso observó cómo el camarero, con los ojos llenos de ira y los labios apretados, apoyaba fuertemente las palmas de las manos sobre el borde de la barra. Inmóvil, esperó que una lluvia de insultos cayera sobre la muchacha, temiendo no tener fuerzas para defenderla; pero, sorprendentemente, el camarero no dijo nada. Arrojó el cambio sobre el mostrador y se puso a ordenar unas bandejas de dulces.

– No se atormente señor- dijo la chica, como si le leyese el pensamiento, mientras guardaba el cambio.

Narciso cabeceó, intentó sonreír y sólo pudo emitir una mueca de tristeza.

Cuando la joven salió, mortificado por lo que consideraba una prueba más de su desgracia, se deslizó hacia una mesa que quedaba casi escondida al fondo del bar y hundió el rostro entre las manos. A pesar de sus intentos por controlar el llanto, sintió las lágrimas alcanzándole los labios y, aunque se resistía a creerlo, le pareció que tenían un cierto sabor dulce.


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