El hombre más borracho del mundo

Las horribles historias de Sileno

 

De joven tuve problemas con el alcohol. No es que estuviera enganchado a la bebida o que bebiera en exceso; al contrario, mi problema fue no ser capaz de beber nada. Con un vaso de vino tenía suficiente para ponerme tonto y echarme a dormir. Falta de costumbre, sin duda. Ese poco aguante me avergonzó durante años. En los bares me preguntaban si estaba enfermo, y yo seguía bebiendo agua con gas mientras mis amigos se hartaban de cubalibres y whiskies. Pero eso duró mientras duró.

Una tarde, mientras tomaba un café con leche en un bar cercano al puerto, el hombre más borracho del mundo entró en mi vida y removió todas mis convicciones. Sin mediar palabra, aquel coloso del alcoholismo se plantó ante mí, tambaleante, y dejó escapar un formidable eructo que me envolvió en una nube etílica. Algunas salpicaduras de saliva me humedecieron la cara y no pude evitar un gesto de fastidio. Entonces, el hombre más borracho del mundo me preguntó arrastrando las palabras:

—¿Usted no bebe, verdad? Tiene cara de beber sólo cafés con leche y agua del grifo—. Sus palabras llamaron la atención de otros clientes del bar, que dejaron sus copas y nos miraron expectantes.

Yo estaba aterrado. Un sinfín de preguntas zumbaban en mi cabeza exigiendo respuesta. ¿Por qué me repugnaba la bebida? ¿Por qué no era capaz de ir más allá del cafetito y el agua tónica? Frente al hombre más borracho del mundo me sentía incapaz de presentar razones. Una cosa es justificarse ante los amigos y otra muy distinta hacerlo frente a la máxima autoridad del alcoholismo.

El hombre más borracho del mundo me escrutó con ojos enrojecidos y repasó con mano temblorosa el borde de mi taza y el libro que estaba leyendo.

—Aquí lo tienen, señores: un intelectual —dictaminó—. ¡Usted podrá leer muchos libros, pero es incapaz de beber como Dios manda! ¿Por qué no lo hace? ¿Se lo prohíbe su religión o es que padece alguna enfermedad inconfesable?

Intenté balbucir que simplemente sentía aversión por la bebida. Quise explicarle que había convivido toda mi vida con borrachos, gente idiotizada y fuera de control, y no quería caer en sus excesos, pero fui incapaz de articular palabra.

—¡A usted le falta carácter! —me esputó, sentándose a mi lado y fingiendo cierta camaradería. Su aliento pegajoso apestaba a tintorro—. Nada más verle pensé que no era de los nuestros. ¡Un abstemio, señores! —gritó, agitando los brazos para llamar la atención de los parroquianos—. ¡El primer abstemio que me encuentro en semanas!

Desde la barra y las mesitas del bar surgieron las primeras risotadas.

—Voy a darle un consejo, joven, —me amonestó— usted debe echarle voluntad al asunto. Un vasito hoy, dos mañana, hasta que le encuentre el gusto. Empiece bebiendo poquita cosa, pero con autenticidad. ¡Con dos cojones! ¡A ver si logramos hacer de usted un hombre de provecho!

Y para darme ejemplo, el hombre más borracho del mundo empinó su botella y la apuró hasta la última gota. Luego la arrojó al suelo y se desplomó sobre el mármol de mi mesita.

Entonces aproveché para huir.

A duras penas, esquivando borrachos y saltando por encima de la gente que dormía en las aceras, conseguí llegar a casa. No me esperaba nadie. Sobre la mesa de la cocina, un par de copas vacías, una botella de anís y cuatro moscas. Aparté los bichos de un manotazo y me amorré al vidrio, tragando con avidez los restos del líquido dulzón. Así fue como empecé a beber. Hoy puedo decir que todavía no he terminado.


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