El hijo de Gil de Biedma

La sombra liberada

 

De entre lo que mi padre me dejó en herencia cabe señalar la calvicie y ese perfil semítico que se acentúa con el paso de los años. Ahora caigo en que “semítico” y “semen” comparten etimología, por lo de los hijos de Sem. Me gusta la etimología, y es muy caro para mí experimentarla en casos como ese, cuando la etimología está en el organismo, en el cuerpo. Empecé a quedarme calvo a los 25 y el proceso fue bastante rápido. Al principio ensayé algún peinado camuflador y piadoso, pero enseguida abandoné cualquier esperanza, como los que se hallan ante la puerta del infierno. Hice como aquel general norteamericano que, en 1944, se dio cuenta de que una derrota en las Ardenas era la oportunidad para una victoria superior y poco después barrió del frente occidental a los nazis. Así pues, pronto empecé a cortarme el pelo muy corto para acentuar esa línea de la cabeza, que es muy buena.

Por el mismo tiempo en que me quedaba calvo, descubrí “Las personas del verbo”, la obra poética concentrada de Jaime Gil de Biedma. En el texto de la contraportada (por lo menos en la edición de Seix Barral de 1988), el propio autor resume maravillosamente su vida en menos de 50 líneas y escribe: “me quedé calvo en 1962; la pérdida me fastidia pero no me obsesiona -dicen que tengo una línea de cabeza muy buena”. Enseguida me enamoré de Gil de Biedma, como cabe suponer. La fotografía que reposa al lado del texto es un perfil del poeta en blanco y negro, de Colita, mirando hacia la izquierda con una leve sonrisa de seductor maduro, casi como un emperador romano cuando el mensajero le susurra: hemos conquistado Alejandría, pero recuerda que eres humano. (¿Cómo demonios puedes pensar que eres humano y mortal cuando has conquistado Alejandría?). El perfil de Jaime Gil es ligeramente parecido al de mi padre a los 60, y creo que me voy pareciendo a ambos con el paso de los años. Debe de ser por todo eso que varias veces especulé con la idea de que yo bien pudiera ser el hijo secreto del poeta, un bastardo concienzudamente ocultado a la luz pública, y qué mejor estrategia para el ocultamiento que cederlo a una familia obrera del suburbio barcelonés. Y así como siempre me esforcé en no parecerme a mi padre, sí intenté parecerme al escritor de la “Albada” y de “De vita beata”. Los dos trabajos fueron vanos, huelga decirlo.

Releo a Jaime Gil a menudo pero sin premeditación. Me vienen a la cabeza (a esa cabeza semítica, calva y de buena línea) versos suyos en momentos especiales, y eso me obliga a buscar el libro, hojearlo de nuevo una y otra vez, reencontrarme con el poeta y ejecutivo de la Compañía de Tabacos de Filipinas. El libro de Seix Barral tiene el don maravilloso que solo poseen los grandes libros: uno lo puede abrir al azar por cualquier página, la que sea. Nunca decepciona, siempre fascina. Tal como sucede con “El libro del desasosiego” de Pessoa, “La rama dorada” de Frazer o “2666” de Bolaño, por poner algunos ejemplos. Aunque a decir verdad no hay muchos más ejemplos por poner.

Gil de Biedma pertenecía, como es bien sabido, a una familia riquísima. Mi padre, en cambio (eso lo sé yo, y con una seguridad atroz), procedía de la rama desheredada de una familia pobre, de las que emigraron del campo a la ciudad a causa de la miseria y la filoxera, que son más o menos lo mismo, ya que la pobreza y sus causas suelen ser tautológicas. Sin embargo, la vida del poeta catalán no fue feliz: solo hay que leer sus poemas, su “Diario del artista seriamente enfermo” o el fascinante “Diarios”, donde cuenta el viaje que hizo siguiendo los pasos de Walter Benjamin hasta Portbou, escrito cuando ya había abandonado la vena poética. Me lo imagino en Portbou recién llegado de Colliure, a donde había visitado por enésima vez la tumba de Antonio Machado. De otra forma, yo también hice ese trayecto varias veces, y creo que debo volver a hacerlo pero con las palabras de Gil de Biedma conmigo, en la mochila, junto a una -o dos- botellas de vino joven de los viñedos de Banyuls. Y detenerme a contemplar Portbou desde lo alto del cerro siempre calcinado, ese lugar “ominoso y siniestro” según palabras del poeta barcelonés. Me horroriza Portbou.

Quizás no he abandonado nunca la idea de ser el hijo bastardo de un poeta catalán, el mejor poeta catalán del siglo XX. Pero debo ser justo: mi padre lo hizo lo mejor que supo, creo, y Jaime Gil es un escritor que solo se nos parece un poco, semítico y calvo y puesto de perfil y bajo el objetivo de la cámara de Colita. All the rest is silence.


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