El fantasma de Federico

La sombra liberada

 

El local es ancho y espacioso, el techo altísimo, el aire quieto, silencioso y fresco. Lo construyeron en la época dorada de los casinos y los ateneos obreros. Hay cuatro columnas falsas y enormes, de mármol gris, y un patio al fondo resguardado del sol por la sombra de dos nísperos gigantescos. En el techo, un inmenso tragaluz de cristales esmerilados, blancos y ambarinos, arroja un resplandor tenue que desciende lentamente hacia las mesitas en donde unos pocos ancianos algo metafísicos dormitan simulando que leen los periódicos.

Suspendido encima del mostrador, que parece perdido y diminuto en un lateral, hay un antiguo reloj con molduras art-déco. Perdió la aguja de los minutos y las horas se detuvieron algo pasadas las siete. En la parte posterior hay un rincón con estanterías y mesas repletas de libros de segunda mano. Están amontonados sin orden aparente, en hileras o en estalagmitas. Puedes encontrar clásicos del siglo de oro, novecentismo catalán y best sellers americanos entre un sinfín de géneros. Me gusta la segunda vida de los objetos: de los libros y las lámparas de sobremesa en especial.

Ahí es donde encontré La luz prodigiosa, la novela de Fernando Marías publicada en 1991 por Ediciones Libertarias. Estaba justo debajo de un enorme tomo de ciencia ficción que levanté sin motivo alguno. En este texto breve, Marías fabula sobre la posibilidad de que el poeta granadino Federico García Lorca no hubiese muerto en el fusilamiento sino que, gravemente herido en la cabeza, hubiese sobrevivido para llevar una vida vagabunda, loco y olvidado de sí mismo, deambulando por las tabernas mudo, borracho y harapiento.

Como cada año, en mitad de agosto, la prensa dedica páginas a la efeméride del fusilamiento de García Lorca. Eso de las efemérides parece más propio de otro tiempo y de una prensa ya extinguida, pero sin embargo todavía está ahí. Los artículos sobre el aniversario del fusilamiento de Lorca insisten en un dato: España es el segundo país del mundo en número de fosas por excavar y muertos por enterrar dignamente. Aunque la atrocidad y su olvido sistemático son asuntos universales, España goza de una posición destacada . Los griegos antiguos contemplaban la amnesia como un regalo de los dioses y en este país es muy posible que los gobernantes le recen a Zeus para que obsequie al pueblo con la desmemoria. A decir verdad, hablar de la dignidad de los vencidos y sus muertos es algo muy raro y muy extemporáneo, imposible de encontrar en los libros que tratan la historia de la humanidad.

En los artículos periodísticos sobre la efeméride lorquiana hay algo que induce a la literatura. Se insiste en la ausencia del cadáver, como en las intrigas de la novela policial: si no se encuentra el cuerpo ¿se puede hablar de asesinato? Y si no se puede hablar de asesinato, tampoco de delito. Ni de culpable. Vuelvo a la hipótesis de Fernando Marías. Me imagino a un Lorca viejecito, alcohólico y desahuciado hojeando las páginas del periódico, en cualquier bar cochambroso de la piel de toro, deslizando la mirada de unos ojos aguados y ausentes por el artículo de su efeméride, ilustrado con la foto del poeta repeinado, guapo y sonriente. Aunque esta novela ya existe, uno puede ponerse borgiano e imaginar muchas otras. Es raro que la novela negra española esté pasando por un mal momento y que apenas haya literatura gótica mientras la realidad insiste en ofrecer tantos temas, argumentos y personajes.

La mejicana Valeria Luiselli tiene una magnífica novela breve (Los ingrávidos) en la que aparece el fantasma de Lorca viajando en el metro de Nueva York en compañía de Gilberto Owen, otro poeta de los años treinta. El músico canadiense Leonard Cohen versionó poemas de Lorca en un disco de los 90, y poco después el genial cantaor Enrique Morente versionó la versión de Cohen en Omega, en compañía del grupo Lagartija Nick, que eran más bien punkis. Eso es otra forma de acceder a la categoría fantasmal de Lorca, aunque en esta ocasión más oscura, especular y rocambolesca. Si los guardias civiles del pelotón que fusiló al escritor granadino hubiesen intuido alguna consecuencia de su acto, y si ese conocimiento les hubiese llegado de repente, en un fogonazo de luz blanca, hubiesen enloquecido. Quizás serían ellos los que hoy irían dando tumbos, erráticos y perdidos, por las tabernas y los burdeles de las carreteras secundarias.


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