El cuarto amor

Amores brujos

 

Me aterran, desde el espejo de mi estudio, los ojos de diosa vertidos hacia adentro. En el pensativo rostro de Vesta, cuya cabeza cubre el manto como una sombría nube de tormenta, se percibe la pena sin dolor de los olímpicos. Mientras escribo una escena de la novela péplum que me ocupa, veo relampaguear las habituales centellas divinas alrededor de sus sienes. Pero de pronto se apagan como si se hubieran fundido los plomos, y una sonrisa suave ilumina el rostro melancólico y casto como el de las muchachas de mármol de los templos, regalo de las familias de la alta burguesía mercantil. He de hacer una pausa. Mi cabeza empieza a calentarse y escribo anacronismos.

Cuando vuelvo al estudio con el café que acabo de prepararme, veo que, al otro lado del espejo, en el suelo, sobre una piel de cordero, juegan a las tabas varios niños divinos: Eros, Anteros, Ganimedes y Harpócrates. Se hallan entre la infancia y la adolescencia, bellos hasta decir basta, y parecen un poco brutales. Están vigilados por Vesta, que no ha cambiado de postura ni ha dejado de posar los claros ojos sobre los míos hasta el momento en que los desplaza hacia los mozuelos.

Mientras juegan a las tabas, se pelean los dos hermanastros que devastan a la humanidad con su je t’aime, moi non plus; el rojo Ganimedes está un poco ebrio a causa de su obligación de probar las copas de Júpiter, y Harpócrates se pelea con su pájaro charlatán, una oca de plumaje algo percudido, para imponerle silencio. Temo que lo ahogue con sus manos exquisitas apretadas en torno al cuello, con los nudillos blancos. Vuelan plumas por el aire. El niño da una patada al animal con su pie descalzo.

Todos exhiben la noble desnudez masculina, mientras que la deidad del hogar lleva una amplia toga y sandalias que algún Cíclope se ha entretenido en fabricar con piel de serpiente y pequeñas lunas de plata.

—¡Que te calles, ave charlatana, maldita sea tu estampa!

En lo más alegre del jaleo, observo profundamente a los niños y me pregunto cuál de ellos podría ser el regente de mi personaje femenino. Los Erotes me parecen demasiado frívolos, aunque haya peligro en cada célula de sus cuerpecitos esbeltos y redondeados, en sus cabellos lacios y en sus ojos de fuego. No fallan una sola de las flechas que lanzan apoyando el arco en la rodilla: Eros, para suscitar amor con el dardo de oro o desamor con el de plomo; y Anteros, para tratar de paliar los abusos de su hermanastro. Si Ganimedes es tan bello como para enamorar al dios de los dioses, ¿cómo no va a ser capaz de volver loca a una mujer como mi protagonista? «No compaginas mal tú, Baco, con el hijo de Venus», dice el divino Ovidio en sus Amores. Un pellizco suyo en la elegante grupa podría embriagarla de deseo hasta caer desmayada a la primera mirada de su futuro amante, al cruzarse en las callejuelas del Forum Olitorium. Harpócrates, el guapo adolescente que impone silencio llevándose traviesamente el dedo índice a los labios, sería quizás el mejor protector de tales amores, espectaculares por fuera y, por dentro, silentes, secretos, abyectos en su cruce de infierno y mundo terrenal.

¿Pero qué digo? No puedo contar aquí la novela… Diré algo que no revelará nada: Eros y Anteros no son hermanastros. Mientras contienden, se mientan la madre, los muy traviesos.

—Tu puta madre —dice Eros a Anteros.

—Entonces, también la tuya, porque son una y la misma.

—Que te crees tú eso. Tú eres hijo de esa zorra de Afrodita, mi criada, y de Marte, que sólo ama la guerra. Yo soy de otra cepa.

Un muchachito pasa por allí y todos le miran con terror, incluso la diosa. Es Thanatos, que interviene con cierta petulancia.

—No nos cuentes una vez más que provienes de un huevo negro puesto por la Noche y fecundado por la Tiniebla, Eros. —Y añade—No te vistas con negras plumas ajenas, propias de lo oscuro infernal, siendo tú más bien manchado como una bestia felina.

Thanatos desaparece por el foro. El juego se ha convertido en batalla. La nodriza olímpica abandona su lánguida contemplación de los jovencitos y reparte unos zarandeos y pellizcos que hacen subir la nieve de su piel al color rosa —a Ganimedes, por el contrario, el contacto con la divinidad le ha hecho palidecer, quitándole de los mofletes la púrpura de copero—. Entonces los flechadores Eros y Anteros levantan la túnica a Vesta con el extremo de sus arcos, dejando ver la pierna escultural hasta la nalga divina, y ella, definitivamente enfurecida, les propina sendos bofetones que les hacen salir llorando del espejo y refugiarse en mi seno, sobre el que ahora tengo mis dos gatos, Cupido y Amor, y delante, en el ordenador, una página más de mi novela. Leo en ella que sólo Eros, el amor brujo, puede hacerse cargo de mis protagonistas, aunque es más malo que la tiña.


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