El color rosa de tus mejillas

La sombra liberada

 

Un día aparecieron tres gotas de sangre que, al mezclarse con el esperma, se pusieron rosas, rosas con aquel rosado de salud jovial que tenían las mejillas de Magdalena, a los veinte años, cuando se inauguraron de novios. Rafael contempló el color rosa y lo primero que pensó fue que ese color era como el rosa de las mejillas de Magdalena, cuarenta años atrás. Y al cabo de un rato, por fin, cayó en la cuenta.

Las tres gotas de sangre eran, sin duda, los primeros compases de la sonata que iba a cerrar la sinfonía. La canción de las tres gotas de sangre es la canción del cáncer de próstata. O de algo parecido. O de algo peor. La escena sucedió un miércoles a media mañana, en un mes de noviembre sin frío. Ella estaba en el trabajo y él, ocioso, en casa, decidió masturbarse solo para comprobar que su capacidad de amor todavía estaba en pie a pesar de todo. Se acordó entonces del principio, de la obertura, allegro (ma non troppo). Rafael fue un jovencito audaz y muy vigoroso. Tanto que, a los quince años, salpicó con sangre las sábanas a consecuencia del ímpetu que ponía en el empeño onanista: se infligió un desgarro en el frenillo que tardó semanas en curarse. Por la impaciencia.

El noviazgo con Magdalena le llevó sosiego, fue un buen amor. Se casaron. Sin embargo, no le fue fiel. Sus amantes, esparcidas a lo largo de los años, le reprocharon muchas cosas, pero jamás el ímpetu amatorio. Con el paso del tiempo, las aventuras disminuyeron y al fin desaparecieron en medio de una niebla blanca, amnésica. Ese cambio no obedeció a la llegada del tormento de la culpa: su solvencia copulatoria era cada vez menor. Así que Rafael aprendió a retirarse a tiempo, con discreción, en el momento preciso. Cuando sabía que la mujer estaba dispuesta al ofrecimiento, él se esfumaba sin más, en silencio, y se fundía en la noche de la ciudad, con sus neones rosados y azules, sus calles recién barridas con chorros de agua y detergente por las brigadas de la limpieza. Le bastaba con saber que seguía dominando la artesanía de la seducción. Las erecciones eran cada vez más infrecuentes y más laboriosa su consecución, hasta que eso le resultó demasiado humillante. Odió los caprichos de su pene, esa tendencia del miembro viril a una emancipación burlona, inaceptable: a veces le abandonaba la virtud ante el cuerpo desnudo de la nueva conquista -estando ella ya desparramada ante él- y, sin embargo, en la madrugada siguiente, se levantaba solo en el hotel pero con una erección enorme, desproporcionada, incluso dolorosa, que debía mitigar con el agua fría de la ducha mientras recreaba en su mente la imagen de la momia peruana que había visto en un reportaje de National Geographic.

Llegado a esta época bochornosa, solo la paciencia de Magdalena le daba sentido al amor. Antes de los treinta, escribió que la vida ideal consiste en leer y hacer el amor. Y nada más. Cuantas más novelas, mejor, y cuantas más mujeres, mejor. Las dos aspiraciones producen ansiedad y frustración, lo sabe ahora. Y algo más: una horrible percepción del vacío. A los doce años, una noche, contemplando el cielo estrellado del verano, en el balcón de un edificio ruinoso del valle de Bielsa, se dio cuenta de que no hay nada más terrorífico que ese vacío gélido que algunos poetas estúpidos loan, la negrura en donde brillan estrellas muchas de las cuales murieron millones de millones de años atrás, eones de nada, la eternidad de la nada. Le entraron unas ansias enormes de masturbarse.

Magdalena (la vida con Magdalena) le proporcionó una pausa en el tránsito de ese malestar angustioso, y ambos decidieron llamar amor al paréntesis compartido entre el horror y la nada. Como también había leído algunos libros a lo largo de los años, ese miércoles de noviembre en que vio como sus tres gotas de sangre se diluían en el esperma blanquecino, se acordó del relato del caballero Perceval, leído décadas atrás.

En el cuento del caballero Perceval (escrito hace unos 900 años) se habla de las tres gotas de sangre roja que vierte en la nieve su contrincante herido, y que se funden con el hielo para trocarse en rosado, como el de las mejillas de la amada. De modo que el caballero se acuerda de ella, en ese instante, y de que la dejó esperándole en el pueblo mientras él se marchaba para construirse un porvenir de caballero andante por esos mundos de Dios.

Quizás habría sido mejor leer menos, se dijo Rafael.


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