El centrifugador de emociones

Lógica (pati) difusa

 

Asistí a una segunda boda, resultado de un experimento científico de mi prima Fifu (Federica, como nuestra difunta abuela). Cuatro matrimonios fallidos y unas ganas locas de casarse y ser famosa le han  trastornado el entendimiento.

Sé que no leerá La Charca Literaria porque, a pesar de ser psiquiatra, es una iletrada incapaz de leer nada que se salga de su profesión. Odia la lectura, así que puedo desahogarme sin temor a represalias familiares. Además, aquí escribo en calidad de escritora clandestina, con nombre falso. Nadie, ni familia ni amigos, conocen esta afición que tanto consuelo me proporciona.

Después de llegar de Berlín, apenas tuve veinticuatro horas para vaciar y llenar  la maleta, lavar la ropa, planchar el vestido de seda azul –el de las bodas- y sentarme en el AVE con destino a Sevilla y de allí, directa  a las playas de Matalascañas.

Una boda andaluza con  agenda oculta. Mi prima Fifu es un ser maligno; me repugna que compartamos genes y apellido. Pondré un ejemplo de su  retorcida personalidad. ¿Por qué eligió Matalascañas si ella vive en Mataró, una ciudad preciosa en la que da gusto casarse? Pues no, prefirió una boda cuanto más lejos mejor, para fastidiar a los invitados, ninguno de los cuales era andaluz.

Matalascañas, chiringuito engalanado según la moda falsamente Zen: budas de escayola catatónicos, velas, banderines tibetanos de oración y música espeluznante. El marido es un camillero del hospital donde trabaja mi prima y nunca antes había salido de los parajes frondosos de la cordillera prelitoral catalana. Es un joven tímido y con una gran sensibilidad ecológica. El novio es veinte años más joven que Fifu. Un ser inocente que no conoce la maldad, esa bendita candidez es lo que atrajo el interés de mi prima.

La criatura en cuestión ha sido programada con los más sofisticados métodos de la actual neurociencia. ¿Qué como lo sé?, porque  Fifu me lo confesó, ahíta de soberbia y  chardonnay frío, loca por dar a conocer su descubrimiento científico.

Eran las dos de la madrugada y el alcohol -y alguna que otra sustancia fumable- le había soltado la lengua. Yo estaba sentada en la arena, las olas mojaban mis talones y algo más. Sonaba en el chiringuito: Fallaste corazón, en la versión de Maria Dolores Pradera, una atrocidad de reproches y despechos, la peor letra para una noche de bodas. Y sin embargo, con cada tonada  me  sentía más romántica, tierna y meliflua. Adiviné, en mi repentino atolondramiento, que estaba aquejada de la hipocondría del corazón, ese antiguo mal que invita a llorar por los rincones, a escribir coplas amorosas, incluso boleros, si se está en vena de inspiración. En tal estado mental neblinoso, noté unas cálidas manos sobre mis hombros desnudos.

— Prima, ¿qué te parece mi maridito? Está un poco verde, pero ya irá madurando. A los treinta y cinco años un hombre aún no está hecho, dame tiempo y lo verás convertido en un tipo famoso, le voy a poner una peluquería en Palamós. Tiene unas manos…

— ¿Qué pasa, que ahora eres Pygmaliona? Lo vas a desgraciar… Pero déjame escuchar esta canción, prima: y tú que te creías el rey de todo el mundo y tú que nunca fuiste capaz de perdonar, hoy imploras mi cariño aunque sea por piedad. Hoy que estás acabado, qué lástima me das…

— ¡Escúchame tú a mí! ¿Acaso los hombres han sido buenos conmigo? Y además, esto es parte de un gran experimento que tendrá una relevancia capital en el futuro de la humanidad. Es por el bien de la ciencia.

Temblé ante el brillo diabólico de sus ojos, enmarcados por las ojeras oscurecidas de rímel. Mi prima siempre se ha pintado muy mal.

— ¿Sabes que la música triste, la de amores frustrados, condiciona la sinapsis neuronal y favorece el placer emocional?

En ese instante, Armando Manzanero cantaba Esta tarde vi llover. 

— Eres una individua repulsiva, pero es tan linda esta letra: la otra noche vi brillar un lucero azul y no estabas tú…  

— ¡Bah, pamplinas! En esa música, que yo misma he seleccionado y  retocado, he introducido infrasonidos.

— ¿Infrasonidos? ¡Déjame tararear!: Yo no sé cuánto me quieres, si me extrañas o me engañas, solo sé que vi llover, vi gente correr y no estabas tú…

— ¡Atiende! Puedo hacer lo que quiera con la gente. Mírate a ti misma, estás a punto de caramelo. He creado un ingenioso método de ondas vibratorias, en una determinada tonalidad, que  capta el cerebro pero no el oído. En la música que estás escuchando,  he inducido nostalgia y necesidad de apego, de sentirse amado por el primero que pasa.

Y entonces me percaté de que estaba a punto de llorar. Me acababa de enamorar de un señor de noventa años, el abuelo de  su joven marido. ¡Tenía razón!

— ¡Pobrecillo chaval! ¿Y qué harás luego con él?  ¡Y a mí qué me importa, calla, no quiero saber más! ¡Ay, ahora la canción ¿Por qué te vas?, de Jeanette! Me chifla, qué congoja siento. ¿Te has fijado en ese tipo que está recostado en la hamaca? No  para de mirarme, qué porte gasta, y qué distinguido es.

Ella continuaba con lo suyo, nunca escucha a nadie, ni siquiera a sus pacientes, con atizarles un puñado de pastillas tiene bastante.

— ¡Me darán el Nobel! ¡Mi ingenio de manipulación es revolucionario! ¡He creado un centrifugador de emociones!


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