El camino del hombre recto

Solo, por favor

 

Disfruto apropiándome de las dos almohadas en días de soltería nocturna. Calculo que no me lleva más de cinco minutos abandonar la vigilia una vez me asgo como un koala. Cuando excedo ese tiempo y mis extremidades comienzan a divagar buscando nuevas posturas, sospecho que mis neuronas están de carnaval. Y, la verdad, entro en pánico, pues intuyo que no serán unas horas, sino varios días. Llevaba dos noches con el Jungle Boogie en mi cabeza. Ya pueden hacerse una idea de que dormir, lo que se dice dormir, no llegó más que a ser un sueño, un mal sueño.

No siempre es fácil dar con la demostración de un teorema en cuarenta y ocho horas. Imaginaba a mi director de tesis recitándome el salmo de Ezequiel 25:17 como Samuel L. Jackson al son de Kool and The Gang (pasarlo pipa cobraba nuevo sentido). Ya había pasado demasiados años arrepintiéndome de mi audacia y llegaba el momento de hallar la solución antes de dejar la tesis en depósito o de mandar todo a hacer puñetas. Surqué océanos de libros, escapé del Tártaro y alojé media vida sináptica en kilómetros de fórmulas jeroglíficas. Estuve viviendo el problema del viajante sin percatarme de que la respuesta la tenía ante mis narices: clara, cristalina. Estaba convencido de haber descartado que siempre existirá un problema cuya soluciones solo podrán verificarse, jamás demostrarse. Me quedaba transcribir la demostración: la demostración de que hay problemas indemostrables y de que, a su vez, el problema que estaba resolviendo sí era demostrable, claro. No estaba negando P = NP, pero casi.

Dos años después de aquello, me eché a dormir: primero, la defensa de la tesis; después, alguien debió de verlo como una interesante contribución a ese célebre problema del milenio, y desde entonces no he parado de dar entrevistas y conferencias. Resulta que me aceptan papers como churros, artículos que versan sobre el mismo asunto, atacado desde una forma o de otra. Soy CEO de una empresa puntera en grandes análisis de datos, colaboro con reputadas universidades… Parece que la vida me ha sonreído y debería corresponderla con agradecimiento. Pero no recuerdo haber hecho ningún pacto con Mefistófeles aunque elija esta frase del Fausto de Goethe para expresar lo que la vida me depara: «No sondees el sin igual destino: la existencia es un deber, aunque no sea más que un instante».

No soy ejemplo de perseverancia aunque me dediquen reverencias, pues no me considero referencia de nada. No soy yo. Y ni siquiera es mi obra, sino una feliz idea que fui capaz de comunicar con éxito. No entiendo que me traten como a un superhéroe de nuevo cuño y, por supuesto, no acepto que me erijan en ídolo posmoderno. Habría dado palmas con las orejas si de jovencito me cuentan que cualquiera de mis colegas científicos habría sido tendencia en este país antaño ajeno a la ciencia. Por tanto, ni perseverancia, ni reverencias, ni referencia, sino efervescencia. Debe quedar clara esta idea, ya que se me antoja pobre juzgar a quien sea por cualesquiera logros o fracasos que se le atribuyan.

Como viene siendo norma (no escrita) en este generoso espacio que brinda La Charca Literaria al diletante guionista de mis andanzas, puede ser realidad o ficción lo que están leyendo. Pero, en cualquier caso, les aseguro que una se aproxima a la otra cuando a este señor le viene en gana. Por consiguiente, harían bien en creerse lo justito y en sacar sus propias conclusiones. Aquellas que les lleven por el camino del hombre recto. Él eligió “solo, por favor”, pero no me extrañaría que a cualquier escritor o escritriz le hubiera dado por seguir el mismo camino. Así que, si aceptan mi consejo, no se dejen llevar por las celebridades ni por sus obras; ténganlas en cuenta —en eso no hay problema—, pero compongan sus propias obras, acciones o como quieran llamarlas. Porque en la verdadera persistencia de la memoria no se ablandan los relojes, sino los sesos.

Devaneos, ¡dos malditas noches seguidas!


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