El arcón de las advertencias

Amores brujos

 

Dramatis personae:

Procris Erecteida: princesa, hija de Erecteo, rey de Atenas. Laélape: perro mágico, regalo de Diana, que alcanzaba siempre su presa. Zorra Teumesia: animal mágico que desolaba los campos de Tebas. No se la podía atrapar. Céfalo: príncipe de la Fócide, gran cazador, marido de Procris y amante de la Aurora. Polia: amada desdeñosa de Polífilo en El sueño de Polífilo de Francesco Colonna (1499). Nastagio degli Onesti: personaje del Decameron (8, V) de Giovanni Boccaccio.

 

Mi cadáver preferido es el del cuadro de La muerte de Procris de Piero di Cosimo, que actualmente se encuentra en la National Gallery de Londres. ¿Quién no conoce esta pintura sobre tabla, seguramente el frontal de un cassone o arcón de bodas que contuvo algún tipo de dote de una novia, vestidos o textil hogar? Representa, según la crítica, a la princesa Procris, hija de Erecteo, muerta. Yace en un hermoso paisaje límpido, tapizado de hierba, con un horizonte lacustre o marino, flanqueada por un joven sátiro y un perro. En el largo cuello muestra una heridita de la que fluyen gotas de sangre como rubíes. Su posición es preciosista, rebuscada y al mismo tiempo simple, un tanto infantil. Sólo le faltan las alas y las antenas para ser un grueso insecto.

El sátiro, arrodillado, está volteando el cuerpo de la joven —que tal vez cayó de bruces—, para verla o para mostrárnosla, apoyando una de las manos en su hombro liso y blanco como una perla. De su acción resulta nuestra visión —y la suya— del cuerpo y el rostro, pequeños y bellos como una almendrita, rizados como un zarcillo, dorados como un pubis rubio.

El perro es Laélape, regalo de Diana a Minos y de éste a Procris, en agradecimiento por haberle curado de una enfermedad venérea. Laélape tenía el don de atrapar siempre a su presa. Cuando el perro hubo de cazar a la zorra Teumesia —azote de los tebanos, como la esfinge—, cuya virtud era no ser alcanzada nunca, los dioses debatieron el caso. Había que idear algo para que cazador y presa no dieran continuamente la vuelta al mundo en su loca carrera de huida y persecución. Júpiter sonrió y lo zanjó sin titubeos, convirtiendo a ambas bestias en piedra. Además de entregarle al perro, Minos regaló también a Procris un venablo diánico que siempre iba a clavarse en su objetivo, por desviada que estuviera su trayectoria.

Eros malmetió mucho con estos regalos, diciendo a Diana que ella se los había dado a Minos y no a Procris, por lo que Procris merecía un castigo; pero la diosa se remitió al destino. Ningún dios o diosa era quién para castigar a una inocente, ni siquiera el propio Eros, el llamado dios del Amor por quien tantos amantes sufrían y que sentía por Procris una fuerte inquina. El niño Eros se marchó mohíno, arrastrando el arco por el suelo. El surco que iba dejando en la tierra se llenaba de sangre.

Céfalo amaba a Procris, que le correspondía, y se casó con ella. Eran un matrimonio enamorado y sumamente celoso. Todo fue bien hasta que la Aurora —condenada por Venus a enamorarse de mortales por haber descubierto sus amores con Marte ante todo el Olimpo— raptó a Céfalo y lo violó. Juntos tuvieron un hijo. Guardián de esos amores adúlteros era Eros, partidario de la diosa. Éste estaba cada vez más furioso por no haber conseguido que Céfalo sucumbiera al ardor que provocaban sus flechas, pues, pese a ellas, Céfalo perseveró en el amor de su mujer mortal y en la querencia a su tierra, sin dársele un ardite del Olimpo y su esplendor. Cuando logró desasirse de los brazos rosados de la diosa y volvió a su hogar, Procris estaba muy mosca, porque todo aquello había durado nada menos que ocho años; pero se reconciliaron, con algún episodio digno de una comedia y otros trágicamente inspirados por el pequeño arquero.

Algún resquemor quedaba, no obstante, en el corazón de Procris la Erecteida. Céfalo salía a cazar antes del amanecer con el perro y el venablo mágicos, y ella recelaba, no fuera a ser que tanto madrugar se debiera a alguna clase de cita con la Aurora, antes de que ésta enganchase los caballos al carro del sol. Tras la partida, Procris se levantaba y seguía sigilosamente cada mañana a su esposo. Un día de mucho calor, Céfalo se tumbó en el suelo al mediodía, cantando una cancioncilla en la que llamaba a la Brisa para que aliviara sus ardores. Procris, oculta entre el follaje, se estremeció agitando las ramas, pues creyó que, por influencia de Eros, su marido se dirigía a la que consideraba su rival, la Aurora. Él tomó la agitación del follaje por la presencia de una fiera y le lanzó a ciegas el venablo mágico, que la buscó y acabó con su vida. Cuando Céfalo vio lo que había hecho, se desesperó. Acabó sus días suicidándose en el salto de Léucade, acantilado donde tenían lugar las muertes por mal de amores, como la de Safo por los desdenes de Faón, según cuentan los cuentistas.

Otros frontales de cassone, no menos preciosos que el de La muerte de Procris, son los del Nastagio degli Onesti pintados por Botticelli [1], en los que un grupo de comensales es sorprendido por una aparición, consistente en una joven perseguida y despedazada por una jauría y por el fantasma ecuestre de su amante, muerto de amor por sus desdenes. Entre los invitados se encuentra otra joven, que desprecia a su pretendiente Nastaglio y tiene el mismo problema de frialdad que la muchacha cazada por la jauría espectral. Curada en salud por la contemplación del fantasmal espectáculo, ya sabe lo que valen estos peines y pide boda con su pretendiente cuanto antes.

Las mozas no deben ser remisas al amor y menos cuando Eros revolotea sobre sus cabezas con tanta insistencia, sea para unirlas a mortales o a dioses. En la Hypnerotomachia Poliphili de Francesco Colonna (1499), ilustrada con más de cien grabados en madera, leemos la historia y vemos la ilustración de algo muy semejante a la historia de Nastaglio. Dos tiernas muchachas se muestran indiferentes al amor y son raptadas y despedazadas personalmente por el niño alado, tras arrastrar su carro desnudas, todo ello como advertencia a la protagonista, Polia, a causa de su frialdad hacia Polífilo. ¡Cuantos cassoni no habrán inspirado estos grabadillos en madera, que muestran los castigos de amor a las mujeres indiferentes o altaneras, insumisas con sus pretendientes o maridos, o que los fastidian con algún otro vicio, como Procris con los celos!

¡Ay, estos arcones, señor! Llenos de malos presagios para la pobre novia, de amenazas, de castigos y de heridas. La sangre de la garganta de Procris, la enorme herida por la que el caballero desdeñado saca las entrañas a su amada y se las arroja a los perros, el campo sembrado de pedazos y cabezas de las adolescentes rebeldes que advierten a Polia sobre los peligros de su frigidez!

“Y no sólo el temor de la dama fue factor de aquel bien, sino que todas las mujeres altivas se tornaron medrosas, y en lo sucesivo mucho más que antes se plegaron al placer de los hombres.” —dice el bueno de Boccaccio al acabar su historieta. ¡Y pensar que las recién casadas tenían ante los ojos estas moralejas en su alcoba! ¡Menos mal que todo cuanto se ha hecho por negarles la felicidad y aplastarlas con la sumisión ha sido en vano! Pues ¿acaso no se convierte la novia finalmente en la bruja risueña y vividora que barre a puro escobazo de su umbral al niño alado, ése que insiste en entrar en la casa y armar bronca en la familia?

 

Notas

[1] Estas pinturas se inspiran en La historia de Nastagio degli Onesti, contenida en el Decamerón (8, V) de Giovanni Boccaccio. Los cuadros están en el Museo del Prado. El cuento de Bocaccio y su ilustración por Botticelli son fuente de inspiración del rarísimo y excelente mediometraje Ritesti, de Ivan Zulueta, incluido dentro de la serie de TVE Crónicas del mal (1992).

 

Glosario

Cassone: arcón.
Diánico: de Diana.
Céfalo: príncipe de la Fócide, gran cazador, marido de Procris y amante de la Aurora.
Léucade: isla del mar Jónico.
Safo: poetisa griega de Lesbos.
Faón: personaje mítico bellísimo de quien se enamoró Safo, quien, no siendo correspondida, se arrojó del salto de Léucade y murió.


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