El alma es de cristal

Rincones oxidados

 

El alma es de cristal, de cristal templado, y, a pesar de ello, cuando se nos cae a los pies no se desmenuza en mil añicos granulados de bordes inocuos, como cabría esperar, sino que estalla formando hirientes armas afiladas. En algunas ocasiones, sin previo aviso, notas apenas un tsssszaasss quirúrgico en las corvas de tus piernas y el cuerpo, todo, se quiebra de rodillas sobre los cristales. Irremediablemente te ahostias contra el suelo. No te imagines que siempre es como desplomarse tras un desmayo, no. En ocasiones puede parecerse más a que te empujen desde un punto infinitamente alto. La caída, entonces, se eterniza vertiginosamente rápida y puede matarte en el acto. Como le pasó a Fernando, el mejor amigo que he tenido en la vida. Un hermano.

A Fernando se le cayó el alma a los pies cuando encontró las cartas en casa de su padre. Yo llegué tarde, no tuvo quien le sujetara mientras el mundo se le rompía dentro, aunque no puedo asegurar que fuera eso lo que le matara. También confieso que me fui a toda prisa por lo que tampoco tuvo, el pobre, quien le recogiera, ni a él ni a sus pedazos.

Tras la muerte de su padre alguien tenía que ir a su casa, hacerse cargo de sus efectos y ordenar sus asuntos. Fernando era el único familiar vivo y, aunque deseaba con todas sus fuerzas poder evitarlo, fue. Me rogó encarecidamente que le acompañara y por ser Fernando quien era tampoco pude negarme. Por otra parte, la casa deshabitada nos brindaba la posibilidad de responder a una de las incógnitas más inquietantes en la vida de ambos, así que me cité con él. A pesar de ser una persona puntual, cuando se acercó la hora acordada, aún no había sido capaz de reunir el valor que necesitaba para volver a aquella casa y me dirigí, angustiada, al parque que hay frente a ella, al otro lado de la plaza. Allí la vegetación es rica y los niños juegan a vivir aventuras, ajenos a todo lo que no sea su propia alegría. Me senté en un banco desde donde se distinguían dos de los balcones. Al poco tiempo vislumbré la figura de un hombre abriendo los postigos, primero los de una ventana, luego los de la otra custodiado por mi mirada atenta. Me pareció reconocer a Fernando. Tal vez solo quería dejar entrar la luz en la habitación de su padre que daba a la plaza, pero se me antojó que, a lo mejor como yo, también estuviera entreteniéndose en nimiedades entre las que dejar escurrir el tiempo. Salió al balcón, permaneció en él un rato, quizá me buscaba a lo lejos, inquieto porque no llegaba. Pero lo más probable es que se entretuviera trazando el camino más largo entre él y el centro de un laberinto del que habíamos huido durante gran parte de nuestra vida. Luego él entró en la casa y yo permanecí allí sentada, en el banco que me helaba el culo, sin apartar la vista de las ventanas, retrasándome expresamente y planteándome no acudir. El temor de volver a la casa me aturdía tanto que permanecí en el parque durante largas horas, intentando reponerme de la presión que sentía en el pecho robándoles el oxígeno a los árboles del parque y el valor a los niños.

Viví acogida en aquella casa por un tiempo indeterminado durante mi infancia — felizmente lejana—, por motivos que no logro recordar. Fernando tampoco lo recordaba. Ambos, incomprensiblemente, habíamos olvidado un largo periodo de nuestras vidas y al intentar responder por qué, nos asaltaba un pánico abrumador. Eso era algo que nos inquietó de forma obsesiva durante nuestra adolescencia, pero a lo que supimos poner remedio. Al hacernos mayores y perder ingenuidad, la lógica, aunque no nos desveló el misterio, sí señalo que la magnitud y naturaleza del trauma habían de ser proporcionales a nuestro grado de amnesia. ¡Algo terrible debía de haber sucedido para que nuestra mente se negara recordarlo! Poco a poco el propio misterio, o tal vez el temor de dar con su solución, nos fue distanciando. Si alguno de los dos recopilaba datos y unía puntos, se lo callaba. Casi sin proponérnoslo decidimos seguir con nuestras vidas y optamos por no hablar más del tema. Lo conseguimos espaciando nuestros encuentros, primero, evitándonos en la medida de lo posible, después. Ahora, nos seguíamos queriendo, sí, pero apenas nos llamábamos. Hasta que murió el padre de Fernando y sonó el móvil en mí bolsillo y algo volvió a conectarse.

Reuní un poco de valor y subí. La puerta estaba entornada y entré. A pesar de que recordaba perfectamente haber visto a alguien abrir los postigos de par en par ahora solo dejaban entrar menos de un dedo de haz. Con un hilo cobarde de voz llamé “¿Fernando?” y nadie me respondió. Estaba oscuro y no conseguí dar con el interruptor de la entrada del cuarto así que, entre penumbras, me dirigí a la ventana para abrir los postigos de nuevo. Al darme la vuelta lo vi. Fernando yacía sobre la cama de su padre, tenía una hoja de papel sobre su pecho, aprisionada bajo sus manos. Al principio pensé que se había quedado dormido leyendo, su cuerpo no presentaba, a primera vista, señal alguna de violencia ni ajena ni propia. Luego reparé en ellas: un buen número de cartas escapadas de sus sobres se esparcían desde la mesita de noche hasta el suelo. Me acerqué a la cama y me senté en el borde. Fernando había envejecido, tal vez demasiado, no podía ser tanto, era extraño. Busqué el interruptor de la lamparita de la mesa de noche y lo prendí, efectivamente Fernando había envejecido inexplicablemente una exageración. Algo no andaba bien, nada bien, incluso peor de lo que me temía. Su cara evidenciaba un rictus que hacía de sus párpados, sus labios y sus mejillas un conjunto inerte. De un respingo me senté un poco más hacia atrás y, aun incrédula, observé su pecho. No se movía. Fernando no respiraba. Fue al zarandear su cuerpo rígido cuando me sobresaltó el espeluznante sonido de cristales rotos golpeándose en su interior. Retrocedí aterrorizada, parecía que mil recuerdos deshilachaban mi voz cada vez que entre sollozos pronunciaba acuciante su nombre ¿Fernando? ¿Fernando? De un zarpazo rescaté el papel que mi amigo sujetaba contra su pecho, apenas media cuartilla escrita con letra urgente en la que podía leerse: “ANITA, SAL CORRIENDO”. Miré a mi alrededor buscándole una lógica a lo que ocurría, pero me estaba asustando y las ideas se me atropellaban. Decidí salir de la casa. En el preciso momento que me puse en pie, como si yo misma, al moverme, hubiera dado la orden, los postigos empezaron a batirse contra la ventana, golpeando los cristales con violencia, rompiéndolos, dejando entrar la oscuridad del mundo en la habitación y al viento que hacía volar las cartas y sus sobres a mi alrededor, como si un tifón de viento y papel quisiera arrollarme sediento…

Y salí corriendo.

Mientras escribo esto en mi portátil apenas amanece el día sin saber desprenderse de la oscuridad. La luz repentina de la tormenta fustiga el cielo y se refleja en los cristales de una habitación cualquiera en la que he decidido esconderme. La lluvia los apuntilla y llora formas sobre el polvo que no les quito. Ni siquiera abro las ventanas. Me obsesiono pensando que dejé abandonado el cadáver de Fernando, que yo estuve allí y salí corriendo. Que las respuestas a mis miedos están en aquellas cartas, a los pies de amigo muerto.

Si quiero respuestas, solo he de volver. Reunir valor y volver, antes de que alguien descubra el cadáver y recoja las cartas.

Tal vez lo haga.

En ese caso, si encontráis esto tal vez signifique que no queda de mí más que mis cristales.

Fdo. Ana.


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