Duermevela

Ultramarinos y coloniales

 

¿Cuál de aquellas olas que sobre los senderos iluminan astros, acarician mis sienes, encienden mi voz…? Cuando pienso en escapar, quiero subir a tu casa, pero no estás. Te escribo porque me robaste mi puzzle; piensa un plan mejor para que me quede y volveré a despertarme minúscula, sin responder a expectativas forjadas. ¿En qué momento pierde la cabeza el control de la vida que soportamos? Me aíslo en libertad y ahora soy presa de mis elecciones… Me pregunto qué sería de mí sin toda la soberbia. Estaría en otra estación seguramente, filmando la vida de los pájaros…

No, no piensen que me drogo, sólo estoy en estado de duermevela, suelo tener alucinaciones hipnagógicas que me llevan a narrar estas insensateces del pasado y del futuro que auguro descorazonador. Siento en roja erupción, nadie está a salvo, como si la libélula que duerme en mi páncreas supiera mi nombre. Habito un mundo en el que precipitarse es un sortilegio para ver a través de las paredes, oír a través de la lluvia y oler en el pecho de las nubes.

Despierto del todo y recuerdo una frase que me conmueve de James Thurber: “No mires hacia atrás con ira ni hacia delante con miedo, sino a tu alrededor con atención”. Avanzo por el pasillo y llego al comedor. Necesito salir de aquí, el bucle devorará mis días si me aparco en esta cueva donde nadie me visita, excepto mi vecino que me trae el pan de todos los días.

Son las doce, ha de ser él. Voy a abrir, no sea que piense que me he ido.

–Buenos días– me dice.

–Buenos, los tenga usted– le respondo.

–Recomponga el gesto, “bocado de soledad con cara de huevo pasado por agua”. Perdone el asalto, ya sabe que soy “migaja que hurga dolor adormecido”– me anima a su manera.

Salimos a la calle, el cielo está nublado, la calle casi desértica sin razón aparente.

Diseñaron nuestra existencia: métodos, instrucciones, reglas que seguir… mas nuestro resuello desecha tamaña insensatez.

Llegamos a la consulta, sita en la calle Sin número 53. Mi vecino se marcha por prudencia y me recuerda que mañana me llevará el pan a casa y que, si quiero, ya le contaré.

La doctora Cortés, neuróloga, consulta de lunes a jueves de 5 a 9, previa cita. ¿Por qué me fijé en ese nombre y no en cualquiera de los otros cinco? Sencillo, era la única mujer que me recordaba a mi madre. Por supuesto que tal confesión queda para mi fuero interno, no pretendo ser acusada de algún complejo freudiano, y en el caso de que me preguntaran, respondería que a los pacientes con alucinaciones hipnagógicas acompañadas de sandeces, les es indiferente el sexo de sus neurólogos.

La doctora Cortés parecía muy femenina y era pelirroja. Empecé a contarle sin previo aviso, algo de mi infancia: “Crecí siendo una timorata cuya cabeza daba vueltas. Mi miedo era lento y duro, venía de lejos, retumbaba en mis entrañas como las sordas sacudidas de un volcán dormido hace siglos bajo la tierra y sonámbulo todavía. Hasta que me enamoré desatadamente en plena adolescencia. Fue entonces cuando me aprendí de memoria el ritmo de su respiración, la musicalidad de sus suspiros. Nadie conoce, tan bien como yo, el pinzamiento de su cuerda…”.

Escuchó con atención aquellos episodios alucinógenos que tanto me preocupaban y que, en parte, consideraba responsables de mi soledad. La tragedia, el drama y la desesperación siempre fueron mi representación teatral. Luego me pasó algunos test pertinentes y me recomendó un TAC que me serviría para descartar cualquier tumoración.

Sus gestos eran de extrañeza, me pidió explicaciones que no le supe dar. Percibí falta de profesionalidad cuando en uno de sus comentarios insinuó que simulaba con la intención de llamar la atención.

–La atención… ¿de quién?, si estoy más sola que la una.

–¿Estos despertares tan surrealistas le provocan temor, ansiedad o desazón?– fue su siguiente pregunta.

–No –fue mi respuesta–. Sólo que siento la necesidad de narrarlos en voz alta, si no lo hago, una losa en la cabeza me tiene todo el día atrapada en un día nefasto. Casi no puedo pensar, ni menos inventar, le digo con toda sinceridad. Por esta razón, nadie ha soportado vivir conmigo, me juzgan porque creen de mí algo que no soy.

Pareciendo ajena a las elucubraciones que le contaba, apenas si levantó los ojos de sus notas y murmuró algo para su hombro, cuando un sonido abrumador entró por la ventana que estaba abierta por los calores que arreciaban. Y como si esa resonancia le hubiese traído un argumento tranquilizador, me cuenta que “los eventos externos son la expresión de algo profundo que se mueve en nuestro interior desdibujando las fronteras de tal manera que todo suele estar tremendamente entrelazado y que, por eso, estaba segura de que en ese caos que yo manifestaba había un orden que nadie era capaz de ver, ni incluso yo misma”.

Luego me recuerda una frase de David Peat que, cree, puede clarificarme: “Es posible que detrás de los fenómenos del mundo material haya un orden generativo y formativo llamado Inteligencia Objetiva”. Me deja pensativa, no sé qué decir, tal vez no haya que curar nada. Aceptar la diferencia que no dañe es una postura tolerante que me gusta y que asiento como plausible.

Para finalizar, le dije que una vez que soltaba mi perorata, el resto del día era “normal” y no acusaba gesto de desdoblamiento o despersonalización, pero que esta ausencia narrada podía darse en cualquier momento, no exclusivamente por la mañana, en mi casa, en el supermercado, o en el trabajo…

El motivo de mi consulta estaba claro: no pretendía dejar de ser yo; sólo ser capaz de controlar las situaciones y no provocar extrañeza a los demás, que me tildaban de loca, para justificar mis salidas de tiesto descontextualizadas… Aunque, en el fondo, nunca quise adaptarme a esa “normalidad” durmiente, que la ficción me permitía obviar. Ya sabéis que las sospechas que vienen de los otros no son de fiar.

Ahora necesito bailar por un surrealista porvenir y mandar al sótano esa soledad que muerde, arrojando los temores por el hueco del precipicio, donde lloran el recuerdo y los sueños que dejaron sus huellas. En estas fantasías comparto, con treguas, esas distancias. Intuyo cercano un bálsamo que me hará sentir. Disfrutaré, escaparé de mí, estoy mejor, mucho mejor pese a mi insistencia al drama.

De repente, llaman a la puerta. Es mi vecino, me recuerda que tenemos un hueco en el metro que coincide con una de las salidas donde la gente se detiene para ver carteles. Él toca la guitarra, pellizcando las cuerdas, mientras yo canto esas letras que ya conocéis. Hay deseos que, camuflados en la indiferencia de los días, se filtran en las entrañas y nos comen la sombra.


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