Dos amigos que parten

La rana dorada

 

La muerte hace ángeles de todos nosotros y nos da alas donde antes teníamos sólo hombros…suaves como garras de cuervo. Jim Morrison.

Hombres inteligentes y cordiales, sencillos y espontáneos en el trato, eran don Gonzalo Puenteojea (1924-2016) y don Juan Ignacio Ferreras (1929-2014); compartí con ambos una amistad que me supo a breve en los años que transcurrió.

Don Gonzalo, como el inolvidable Beny Moré, era nativo de Cienfuegos (Cuba) donde vio la luz en 1924: el año en que los restos del repulsivo “calmuco”, como cariñosamente calificaba Baroja a Lenin, fueran introducidos en pertinaz y religioso mausoleo. Fundador y Presidente de Honor de Europa Laica, en un momento histórico tan confuso y peligroso como este para las libertades, fue un republicano insobornable y un librepensador consecuente. Ensayista y diplomático, primer embajador español ateo en esa auténtica cueva de farsantes e hipócritas llamada “Vaticano”, se calificaba a sí mismo de “disidente autodidacta”. Sabía perfectamente, como también lo hiciese Juan Ignacio Ferreras, que vino a este mundo en 1929 en Tetuán y con quien compartió republicanismo y ateísmo, que nuestro país (tan monárquico y europeo como se quiera, quizás incluso por ello) estaba gobernado ya a la luz del día por camarillas de gánsteres. Quizás una sentencia como esta extraída de su Elogio del ateísmo sirva para mejor dar a quienes no le conocieron alguna indicación sobre su carácter: “la creencia en una vida —celeste o infernal—en un ilusorio más allá, hace la mente disponible para la sumisión a los muy reales poderes del más acá.”

Juan Ignacio, a quien tuve el honor de oír hablar en bastantes ocasiones sobre cuestiones literarias en general y sobre literatura fantástica en particular, era un hombre de extensa cultura (un intelectual al que podríamos calificar de renacentista) con mucho sentido del humor y nula consideración hacia la estupidez y la corrupción a la que son especialmente proclives en España los ambientes políticos y literarios, que había vivido en su propia carne y con ánimo lúdico el París del 68; fue autor, en el marco de una obra abundante y plural en la que cultivó todos los géneros y en la que hay que destacar una edición comentada del Quijote, de uno de los mejores ensayos sobre la literatura de ciencia-ficción que se hayan escrito en lengua castellana. Conocedor profundo de la novela del siglo XIX y de sus engranajes, y autor de una monumental Historia de la novela en España, fue una de las mentes responsables de La fiera literaria, panfleto “samizdat” detestado por mediocres aprendices de mandarín, debido a sus incisivas admoniciones y crítica al patético canon literario que fuera establecido desde El País durante la moribunda Transición.

Hace muchos siglos un filósofo ateniense que también fuera bibliotecario (Juan Ignacio y Gonzalo amaban con ternura los libros), dejó dicho algo que muy bien podría servir de epitafio para esta ocasión. Si ellos estuvieran aquí, sin duda cogerían la onda: “Un hermano puede no ser un amigo, pero un amigo será siempre un hermano.”


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