Dormir en Bucarest

La sombra liberada

 

Nunca estuve en Bucarest. Cuando viví en Lérida, cerca de mi piso estaba la calle de los rumanos, en donde hay un garito llamado Bucuresti, no sé si con algún acento exótico en una o dos de sus nueve letras. Más de una vez pensé que me gustaría entrar, como distraido o atontado, y pedir un café para observar un poco y largarme pronto, sin levantar sospechas. Los tipos que entran solos en los bares solo pueden ser policías secretos o poetas fracasados por completo, y no quiero que me consideren nada de eso. Pero no me atreví. Siempre pasaba ante la puerta, repleta de banderas y símbolos patrios para impedir la mirada del curioso y seguía para allá. A veces, bajo el dintel, había dos o tres tipos de aspecto muy rudo, fumando un pitillo. Incluso en invierno (y el invierno de Lérida es rotundo) los tipos del dintel cubrían su torso con tan solo una camiseta, siempre blanca, agarrada a su musculatura solemne, las mangas enrolladas hacia el sobaco para mostrar bíceps. Cabezas ralas, mandíbulas anchas, ojos grises. No fumaban, solo mantenían un pitillo encendido en la mano para justificar su presencia allí. La calle de los rumanos, en Lérida, lleva el nombre de un poeta catalán del XIX que ya ni aparece en los libros de texto de los bachilleres. Es la calle de los rumanos, y el antiguo compositor de églogas y gozos pastoriles se pierde, arrastrado por el eco de un Danubio muy lejano y, sin embargo, capaz de tragarse poetas catalanes de la Cataluña interior.

En Al-larida también está la calle del Norte, cerca de la estación de trenes. La calle del Norte es la primera calle completamente habitada por los inmigrantes magrebíes. Tiene su gracia, que sea la calle del Norte la elegida por los moros. Dijeron que se iban para el Norte y dieron con sus huesos en esa ciudad triste, gélida, cerril. Calle del Norte. Ese es el norte adonde llegaron, el remitente de las cartas que mandan a sus parientes de las soleadas laderas del Atlas.

Cuando me disponía a cumplir los 50, alguien me preguntó si iba a celebrarlos de alguna manera especial, porqué parece ser que la mayoría lo hacen así: por una parte está la manía de los números redondos y por otra la creencia en que, haber dado una vuelta más a una bola de lava ardiente montado en una piedra que gira, alocada y ciega, es algo digno de celebrar. Los moros, por ejemplo, no celebran los cumpleaños porqué les parece un acto de vanidad (algo de razón llevan). A la pregunta sobre la celebración respondí casi sin pensar: me iré a dormir a Bucarest. Aunque, en verdad, lo que meditaba era seguir más allá de la ciudad, por el curso del Danubio hasta el delta, y contemplar la desembocadura mientras recitaba (leyéndolas) las frases que escribió Claudio Magris sobre aquel lugar, las frases finales de su libro sobre el río. Esas cosas pasan cuando uno cree que lo mejor de la vida es leer sobre la vida y siente que, limitarse a vivirla, es un acto indigno.

Así que nunca estuve en Bucarest. Jamás dormí en aquella ciudad. Aunque he soñado muchas veces que lo hacía, unas despierto y otras dormido. Despierto cuando leo “El burdel de las gitanas” de Mircea Eliade o esa catedral de la literatura que es “Solenoide”, del otro Mircea, Mircea Cartarescu. Su apellido lleva acentos raros pero me da pereza consultarlos. Creo que nunca fui a Bucarest y nunca dormí en esa ciudad porqué algo me dice que, de hacerlo, ya no despertaría jamás. Y a esa posiblidad le tengo miedo, aunque no sepa decir por qué motivo. Vaya embrollo lo de la repatriación, me digo, morir en Bucarest, vaya mala idea. Eso debe ser un lío burocrático de narices, de adjetivo kafkiano bien empleado. La verdad de mis temores, como siempre, es otra. Pero desde luego que no la voy a contar.

Debería haber tomado un café en el bar Bucuresti de Lérida, eso sí, eso por supuesto, eso sí lo lamento. Vivir durante unos minutos como un tipo que simula ser un poeta fracasado habría estado muy bien.

 


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