Desde la otra cara de la Luna

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El escéptico de la otra cara de la Luna, la que se esconde tras el vértice del cuarto menguante creía:

Que la verdad es un acto de arrogancia.

Que la gloria no es más que el aroma del amor propio.

Que la gloria arde como una hoguera de estopa.

Que la guillotina se oxidó demasiado pronto.

Que las pátinas sobre el bronce no siempre indican que sea noble el metal.

Que sólo los hipócritas se ponen cínicos.

Que la noticia de que Dios había muerto llegó demasiado tarde.

 

El descreído que vive en la otra cara de la Luna, la que se esconde tras el vértice del cuarto menguante creía:

Que el verde del musgo imita los colores de Lorenzo Lotto.

Que la naturaleza sigue al arte y las ideologías quedan muy atrás.

Que las estatuas son más bellas que los cuerpos humanos.

Que el arte tiene más vigor que el conocimiento.

Que después del capitel dórico no ha habido más que plagios.

Que hay muchas antígonas posibles.

 

El escéptico duda y acierta y cuando intenta hacer alguna reflexión sobre el ser humano acaba burlándose de él.  No cree ni en las sombras y acaba convencido de que  “tutto in questo mondo è burla”. El escéptico sostiene que Diógenes es silente y Prometeo un desengañado y tampoco acaba de creérselo.

Sospecha, el descreído, que puede sobrevivir con la tiranía de su incredulidad echándole, eso sí, una conveniente dosis de buen humor.

 


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