De nuevo, Jaime

Retales

 

La tarde aparece ventosa. Hace un viento racheado del norte que levanta y mueve las ramas y las hojas de los árboles.

Las alondras aprovechan las corrientes de aire para dejarse llevar sin apenas aletear. Parecen bailarinas en el estrado. Dibujan festones en el cielo.

Jaime, hoy, no ha salido en el tractor con padre. Se ha sentado en el poyete de la entrada, bajo el alero, y está absorto contemplando las alondras en sus vaivenes.

Van y vienen en líneas y describen círculos en el aire. Aletean de vez en cuando y dejan entrever un movimiento de la cola para fijar el rumbo.

En realidad son la escuela de vuelo antes de emigrar en setiembre.

De pronto, una se ha posado en una rama del lilo. Jaime quisiera tenerla en la mano, cogerla con su puño y preguntarle por las tierras de África. Quisiera que le contara historias de allí, de lejos. Pero ella, rauda, emprende el vuelo de nuevo y se pierde en la lontananza. Entorna los ojos y parece que se lamente; él no puede volar.

Ahora la luz de la tarde ha cambiado y ellas, observa Jaime, vuelan más bajo. Lloverá, augura. Dicen que cuando las golondrinas vuelan bajo llueve. Se lo ha contado su abuelo que siempre escudriña el cielo y acierta en sus pronósticos.

Madre le llama: ¡Sube Jaime! Y sin mediar palabra Jaime obedece. Madre le pone en su mano una rebanada de pan de hogaza y una porción de chocolate. Hale, come, que si no, no te harás un hombre – le dice.

Jaime desciende peldaño a peldaño y se dispone a despachar el pan y reservar el chocolate para el final para lamerlo poco a poco y alargarle la vida y su placer a un tiempo.

Sentado otra vez, se relame con el sabor dulzón del chocolate a la taza, granuloso, que le dio madre.

Las alondras se repliegan. No tarda en llover y Jaime comprueba que su abuelo nunca se equivoca.

Huele a tierra mojada y la boca le sabe a chocolate que todavía pasea por la lengua.

 

 


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