Dahl, ¡qué grande!

Solo, por favor

 

En su camino al museo, la mañana lucía mejor que de costumbre: limpia, vívida, clara. Las sonrisas de los demás transeúntes parecían puestas por la primavera también, para deleite colectivo. O así lo veía él, inmerso en ese deambular de quién sabe a dónde va sin importarle. Así, el trayecto se le hizo corto. Llevó una mano al bolsillo, miró el edificio de cristal de abajo arriba, sacó un billete y lo introdujo de nuevo en el bolsillo del pantalón. Pasearía un rato más disfrutando de aquel ambiente ideal.

Pensó que la ciudad era mejor con esas calles peatonales salpicadas de terrazas. Se detuvo en una de ellas, la del café Abril. Pidió una caña y se entretuvo ojeando los libros de préstamo. El tiempo era perfecto para releer algún relato de Dahl. Regresó a la mesa justo en el momento en que le servían la cerveza. Hojeó el libro hasta llegar a ‘Placer de clérigo’, el del astuto anticuario que se hace pasar por cura visitando granjas y viejas casas para conseguir gangas que revender en Londres. Pagó la consumición tras la lectura y reanudó el paseo. Directo ya hacia el museo.

Para su sorpresa, se había formado cola en la entrada. No era exagerada: quizá treinta personas, alguna más. No le importaría esperar: el edificio era magnífico y merecía la pena contemplar su estructura diamantina. Las aristas de acero inoxidable conferían una apariencia robusta y a la vez liviana sosteniendo las caras especulares de enormes vidrios. Aguzando la vista, podía verse reflejado en la tercera planta, junto a las jardineras, junto al paso de peatones y cerca de los esporádicos taxis que descargaban viajeros, quienes, inevitablemente, volvían la mirada hacia el colosal envase que alojaba el museo, instante en el que se encontraban con las miradas de quienes ya guardaban fila en la entrada.

La cola había triplicado su longitud durante los escasos minutos que pasaron mientras admiraba el exterior del museo, y no avanzó; algo debía ir mal en los tornos de entrada, a juzgar por el número creciente de empleados del museo que se arremolinaban junto a la taquilla. Una mujer con corbata y americana se dirigió, walkie-talkie en mano, hacia una puerta doble e hizo el gesto de que acudieran hacia allí a quienes encabezaban la fila. Fueron pasando uno tras otro. Nadie tuvo que pagar entrada esa mañana.

Era suficiente la luz exterior que lograba atravesar los grandes paneles de vidrio de la fachada. Lo era antes de adentrarse en las salas de cada planta, así como en la tienda y en la barra de la cafetería, ubicadas en la planta baja. Fue en el preciso instante de quitarse las gafas de sol cuando reparó en el libro de relatos de Roald Dahl que debía de haber portado en la mano izquierda tras alejarse placenteramente de la cafetería Abril. Decidió que lo devolvería después de la visita —¿quién lo iba a echar de menos en apenas dos horas? Pese al traspiés de la entrada, mantenía esa aura de placer con que había iniciado la mañana: sin prisa, sin agobios, sonriente, respirando cada brizna de bienestar.

Nada mejor que empezar por los impresionistas. Levantó la vista del plano y advirtió que uno de los ascensores tenía las puertas abiertas. Inició el paso rápido, se metió en el cubículo y pulsó el botón con el número cuatro. Empezaban a cerrarse las puertas cuando, de repente, oyó una muchedumbre que corría hacia allí. Pulsó el botón de abrir puertas, estas se abrieron y enseguida se vio absorbido por una masa de veinte personas. El ascensor se detuvo en la primera planta y en ella se vació; él, simplemente, lo notó a su espalda mientras miraba a la calle a través de las paredes transparentes del ascensor. Se giró y se acercó a verificar si seguía encendida la luz del botón de la cuarta planta. Las puertas fueron cerrándose hasta que un brazo hizo su aparición entre los fotones del sensor fotoeléctrico: «¡Bendito Einstein!, ¿verdad?», atinó a decir un señor de enjuto rostro que hinchaba resoplando mientras pulsaba el botón de la tercera planta. Se sonrieron. Lentamente, se dieron la espalda: él para mirar a la calle, el admirador de Einstein como reacción al suave tirón que dio el ascensor en su subida. En la tercera planta ambos se volvieron para despedirse cortésmente. Tan solo quedaba ascender un piso más. Pero no fue así: en la tercera planta entraron dos personas más, que pulsaron el botón con el cero y, por el algoritmo que fuera, el ascensor comenzó su descenso.

Supuso que eran madre e hija. La más joven comentaba entusiasmada las virtudes de su pareja, una estudiante de Bellas Artes que debía de esperarlas en la cafetería: «Mamá, Julia es un pelín tímida. No me la asustes, que te conozco». Pero, desgraciadamente, el ascensor se detuvo de golpe antes de la primera planta. Sus miradas formaron un triángulo isósceles de contrariedad. La joven comenzó a apretar algunos botones del panel del ascensor. Obviamente, sin resultado. «Será mejor que llamemos por teléfono», sugirió con calma la madre. Todos asintieron. En su preciosa paz interior, nuestro amigo había olvidado conscientemente el teléfono móvil en la cómoda de la entrada. Afortunadamente, la hija ya estaba con el teléfono en la oreja, presta a avisar del infortunio. Su madre y él, expectantes; ella, alzando los párpados, cerrándolos, en silencio, a punto de pedir ayuda… Nada. Daba señal, pero no se lo cogían. Marcó otro número. Con el mismo resultado. Y otro, y otro, y otro. Incluso envió un correo electrónico al servicio de atención al cliente del museo. Él buscó atención en la calle, pero nadie los veía; eran tan transparentes como las paredes de aquel cubículo. Empezó a recordar la suerte que corrió José Luis López Vázquez en La cabina. Se vio a sí mismo calvo, con bigote y en un traje oscuro. La joven se abrazaba a la madre, la madre buscaba esperanza mirando al compañero de viaje que acaba de sentarse en el suelo del ascensor, desistiendo de hacer más gestos ante el cristal.

Al cabo de media hora, el ascensor empezó a moverse. Subían. La urna se detuvo en la segunda planta. Las puertas se abrieron. Madre e hija salieron pitando. Él decidió quedarse; estaba decidido a alcanzar la cuarta planta en el maldito ascensor. Las puertas se cerraron sin que entrara nadie. Iba a pulsar de nuevo el botón con el número cuatro, cuando vio que aquel ya estaba iluminado. Todo parecía correcto, salvo por un detalle: el ascensor permanecía inmóvil. «Bien, está claro que, por mucho que el botón reciba la señal sensorial, no ejerce la debida sinapsis motora. Así que, lo acepto: subiré por la escalera», pensó. Tarde: comenzaron a iluminarse uno tras otro todos los botones del panel, del cero al siete, incluidos los botones de abrir y cerrar puertas. Que, por cierto, no se abrían por más que apretaba el condenado botón. Ni aporreándolas. Por un instante, tuvo la sensación de caer. Efectivamente, la cabina estaba descendiendo suavemente. Él se refugió en un rincón, asiéndose a sendas barras de acero que recorrían las paredes del cubículo a media altura. Hizo bien, pues el descenso fue acelerándose hasta frenarse de sopetón al nivel de la calle, para, enseguida, iniciarse un veloz ascenso con fuertes sacudidas laterales. Hasta que, felizmente, el cacharro paró y convino en abrir sus puertas. Pero él estaba sin aliento, blanco y mareado. Sencillamente, se desplomó.

Los vapores cálidos de las lilas, el sol confinado tras el horizonte escalonado de cemento, cuando chicos y mayores apuran el final del domingo, entre la luz y la oscuridad, un hombre de mediana edad camina solo por la calle. Porta el gesto de la victoria amarga, de haber alcanzado la cima tras sucumbir en el ascenso. Guarda en su memoria reciente algunas esculturas de Moore, Dubuffet y Kirili que fue dejando en el lánguido descenso de unas escaleras eternas. Pero, por muchos que fueran los escalones, jamás montaría en ascensor. Ni se pasaría por el café Abril, pues no volvió a ver el libro de Dahl tras ser atendido por los servicios médicos del museo.

No me miren así, que uno puede ser médico y cleptómano perfectamente. Además, ¿quién va a echar de menos un manoseado librito encuadernado en rústica?


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