Cumpleaños infeliz

Ultramarinos y coloniales

 

Los antiguos egipcios creían que mientras se honrara a la persona muerta y se repitiera su nombre, esta permanecería viva. No debía de entenderlo así el protagonista de esta historia y quiso dar un paso más.

Este es el relato de un pasaje de la vida de don Juan Gabriel del Olmo Santiponce, rico hacendado mejicano descendiente de emigrantes españoles venidos a este país tras la Guerra Civil de 1936.

Don Juan Gabriel parecía estar señalado por la diosa Fortuna, porque a la cuantiosa herencia recibida por sus padres, sumó la herencia de su esposa María Alba, hija única de uno de los mayores terratenientes del país. María Alba, además de su patrimonio, le había dado tres hermosas hijas: María Gabriela, Juana María y Antonia Josefa.

Todo transcurría con placidez en sus vidas y a la hermosura de las hijas, se añadía inteligencia y disciplina para afrontar el futuro.

Ocurrió que doña María Alba, en los albores de la menopausia, quedó embarazada. Embarazo que, tras la sorpresa inicial, trajo aún más alegría a la hacienda.

Doña María, tras un plácido embarazo, dio a luz a un hermoso varón. Era el hijo soñado que estaba llamado a ser el continuador de la obra de don Juan Gabriel. Fue bautizado con los fastos pertinentes y le pusieron por nombre Juan Francisco, aunque todos lo conocerían por Juanín.

Pero las decisiones de los dioses son inescrutables y a veces se aburren y tejen los destinos de los pobres mortales con hilos enrevesados: doña María moría a los pocos días del feliz acontecimiento.

Su muerte trajo una pertinaz y dolorosa depresión a don Juan, que sólo aminoraba el ver a su hijo, la viva imagen de su difunta madre.

El niño crecía sano y feliz, hasta que el mismo día que cumplía cinco años, unas fiebres se lo llevaron.

Esta vez don Juan no aceptó la nueva llegada de la muerte y se negó a enterrarlo. Tras largas conversaciones y comprando muchas voluntades, hizo que embalsamaran al niño y lo guardó en su mansión. Pero en su desvarío, ordenó, además, que el cadáver estuviera sentado en el sillón favorito de la criatura. De este modo la idea de que todavía seguía vivo sería más real.

Al año justo de su muerte, celebró el cumpleaños y puso al niño en un lugar preeminente de la fiesta a la que obligó asistir a sus hermanas. En años posteriores siguió celebrándolos y obligando, de nuevo, a asistir a sus hijas, sin escuchar sus llantos y sus ruegos, inflexible en su macabra celebración.

Y ocurrió lo que es normal en la naturaleza: al transcurrir el tiempo, las niñas, ya en plena pubertad, cada vez eran más altas y más guapas; y el niño cada vez era más pequeño y más feo, acentuando, si cabe, el horror y esperpento de la historia.

Pero todo tiene su fin. A don Juan, a pesar de que fue muy longevo, le llegó el momento de morir. Ese día, las niñas, ya mujeres plenas, a duras penas podían disimular la alegría.

Don Juan fue enterrado en el fastuoso panteón familiar con todas las bendiciones y honores. María Gabriela, Juana María y Antonia Josefa, decidieron por unanimidad, sepultar a su hermano Juanín sentado en su sillón favorito junto a su padre, por los siglos de los siglos.

Antes de acabar, debo de hacer la salvedad de que esta historia, creo, me la contaron. Sólo son fruto de mi imaginación los personajes, su espacio y el final, pues toda historia que se precie debe tener un desenlace. Por desgracia, he olvidado dónde la oí, quizás me la narró algún amigo sudamericano, ellos que son tan imaginativos. También pudiera ser que sea una historia que está recogida allende los mares, en alguna prolífica novela, cuyo pasaje ignoro. Quizás lo escuché en algún cafetín en uno de mis viajes. Tal vez sea una leyenda urbana que corre por esos países hermanos, donde la ficción toma tanta fuerza que se torna verdad. O puede ser que, incluso, lo haya soñado tras una noche de calor inclemente un verano en mi Andalucía, donde también las leyendas son verdad y donde me ocurre a menudo, confundo sueños con realidad, que rivalizan, por la mañana, por cuál de ellos es más triste.

 


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