Cuento alegre, cuento desafinado

La termita y la palabra

Me pienso muerto. Tengo los ojos cerrados y un algodón en la boca. Una gran vitrina de cristal cubre el ataúd abierto. Acaban de instalarme. Así lo llaman: Ins-ta-la-ción. Nunca antes me había instalado en lugar alguno. Miento, una vez ocupé una carta, una silla, una fotografía, un escalofrío, una tiza, quizá una pizarra. Una vez. De eso hace ya mucho, demasiado tiempo. Ahora estoy donde estoy. Aquí. Ante ustedes. Con este polo rojo que siempre detesté. Con estos pantalones azules tan… en fin. Muerto de frío. Muerto. A punto, puntito, de recibir a las visitas…

Es una extraña sensación la que se siente.

Quisiera levantarme. Sentarme a su lado. Susurrarles al oído. Decirles que no se está del todo mal.

Quisiera ofrecerles refrescos, anchoas, aceitunas rellenas; acaso un Kopi Luwak con cariño y croissants; alargarles la mano, acariciarles, recoger sus lágrimas y en su defecto, prestarles las mías. Pero no puedo llorar. No como lo hacen ustedes.

Si les soy sincero, desde que sufrí el derrame (hemorragia subaracnoidea, la llaman, tiene gracia) no he hecho otra cosa que llorar. Llorar, llorar, llorar y achicar las vías de sangre que anegan mi cráneo como anega, el mar, las calles de Venecia. Les parecerá banal, tonto, incluso pueril, pero me gusta hacer ese paralelismo entre mi cerebro y la ciudad de Venecia.

Cuando vivía, amaba esa ciudad.

Y me pasaba horas imaginando a un novio, en la escalinata de mi metencéfalo, tratando de emular la foto que alguien le hiciera, junto a su novia, a los pies de La Fenice; imaginando a una adolescente, en la plaza desierta de mi epitálamo, dando de comer ,a las palomas, los anhelos del Sol contra San Marcos; imaginando a un viudo, recostado en mi área de Wernicke, tratando de encontrar la intimidad de las palabras, el hueso lexical de sus sesenta años de relación bajo el mismísimo útero gótico de la Basílica dei Friari. Amaba esa ciudad.

Una chica muy guapa, vestida de riguroso azul marino (otra vez el azul) abre la puerta sin ni siquiera mirarme. Y alcanzo a ver a mis padres y a mi hermana. Descompuestos.

Tras ellos Marcos, su novio, no sabe qué decir ni dónde anclar la mirada. La vida es azul. Azul en Venecia. Suena un tema de Queen Don´t stop me now. ¿Escuchan? Soy una estrella fugaz atravesando el cielo como un tigre… Como…

Por ahora, no hay nadie más… Nadie.

Y me sigue doliendo, como nunca me había dolido, la cabeza. Y sigo viendo borroso. Me cuesta mantener el equilibrio y no puedo mascar bien las palabras. Tengo anestesiado el lado izquierdo de mi cara. Me hallo confundido. No sé dónde estoy. Y escucho, vagamente, el grito atonal de la ambulancia y una voz apacible embozada en una bata blanca. Y una aguja en el brazo. Y un beso de oxígeno. Y… todo es una balsa de niebla… Hablo pero nadie me escucha. Quiero ir al lavabo pero nadie me atiende… Y una línea recta… Y una sábana blanca… Y esa chica de azul… Esa chica tan guapa, que aún no me ha mirado…

Ardo en deseos de coger el teléfono y mandar un msn, con la buena nueva, a mis antiguo/as (ya amigos/as) compañeros/as de trabajo, de facultad.. Una cosa sencilla, sin ambages: “¿qué tal estás? yo… bien, me morí el martes y me enterrarán mañana. Me gustaría volver a verte: Capilla 320. Sancho de Ávila.”
Ardo… Arderé…

¿A quién quiero engañar? Salvo familiares cercanos, exnovias y vecinos, no vendrá nadie. La gente tiene cosas que hacer: ensayar su pieza de teatro, poner una lavadora; asistir a clases de asamés, malayalam, guyaratí en la Escuela Oficial de Idiomas; ir a clases de arpa renacentista; hacer mil abdominales sobre una flor de loto… Mil cosas por hacer… No vendrá nadie.

Y al cabo de una semana un vecino recogerá la urna. Y dos días después, mis padres, ay, mis padres, cogerán un avión; un tren rumbo a Santa Lucía. Y sus manos trémulas, trenzadas con las de mi hermana, desenroscarán la tapa cuando nadie los vea. Y el pico de una gaviota me alzará en volandas sobre el Palazzo Mocenigo y el Palazzo Ducale.

Y ocuparé, sin estar, el dorado esplendor de las fotografías; la piel amarillenta de los ancianos enamorados, la leve lentitud de las adolescentes, la última promesa de los gondoleros…

… Sobre el algodón del cielo (o de mi boca) sobre mis ojos cerrados, Venecia y mi cerebro se darán la mano y echaré de menos la vida no vivida, la alegría no contagiada, las buenas palabras que no llegué a decir, la felicidad que no supe dar, el cariño que no pude repartir… Y romperé el cristal de la vitrina, el tufo bien pensante del alcanfor, el fúnebre silencio del instante. Y me pondré en pie y correré a la calle, con ganas o sin ganas de orinar, en busca de un bar, un teléfono, una voz reconocible. Y te invitaré a tomar un aperitivo. Y brillará el sol como un arácnido en mitad de la cerveza…


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