Tranvía nocturno

Lengua de lagartija

 

Cuando era chico aún circulaban tranvías en Buenos Aires. De hecho, continuaron rodando hasta 1961, y por aquellas fechas yo tenía veinticuatro años. Pero diez años antes, a mis catorce, realicé innumerables viajes nocturnos en ese medio de locomoción. Es que por entonces yo era un adolescente problematizado, en constante conflicto con mis padres y otra gente de más edad. Además, como estudiante era un desastre, lo cual hacía sufrir a mi papá, que deseaba para mí un brillante porvenir profesional y no sabía que escribía poemas (muy malos, por cierto) y que salía de casa para ir —supuestamente— al colegio, y optaba por deambular en las calles o asistir a las primeras sesiones cinematográficas de la tarde.

A última hora de la noche, cuando toda la familia se iba a dormir, yo no podía pegar ojo. Mi cabeza se hallaba invadida por multitud de fantasías y angustias de adolescente; dibujaba y escribía poemas o manifiestos contra el mundo adulto y la dictadura de la educación gratuita y obligatoria, pero sobre todo unas doce mil quinientas veinticuatro poesías dedicadas a María Inés F. G.

Vivíamos entonces en una casa grande y antigua, situada en el número 446 de la calle Teniente General Eustaquio Frías, entre la avenida Corrientes y Aguirre, en el barrio de Villa Crespo. La casa tenía dos patios que prácticamente la dividían en dos secciones. En la primera estaba la sala y, seguidamente, otras tres piezas, todas adyacentes al primer patio. Allí también estaba la cocina A continuación venía una suerte de territorio de nadie en el que señoreaba una higuera y donde había un par de baños. En la segunda sección había otras tres piezas, dos de ellas desocupadas; la tercera era mi guarida, la que me permitía habitar lejos de la familia. Allí, además de mi cama, había una mesa escritorio en la que dibujaba y escribía mis textos iniciales. En un cajón de esa mesa yo escondía la foto de María Inés F. G., que era una belleza de treinta y tres años y también la madre de mi amigo Quique, del que recuerdo sus constantes resfríos y también que le colgaban los mocos y le daba por secárselos con la manga del pulóver. Quique tenía mi edad, y además de amigo era vecino y condiscípulo.

María Inés solía ser muy simpática, muy afectuosa, muy seductora. Seguramente era una buena mamá, y además llevaba siempre vestidos escotados porque tenía mucho que mostrar y yo miraba con suma codicia lo que enmarcaba ese escote, aunque sólo cuando suponía que ni ella ni su hijo me veían mirar. María Inés tenía una piel tentadora y siempre andaba sobre altos tacones, circunstancia que permitía admirar su redondeado trasero. Yo la amaba, pero el amor y el deseo hacían que en su presencia me mostrara siempre amedrentado y, sobre todo, muy preocupado en evitar que se notara el grosero promontorio que por su causa se hacía en mi pantalón. Yo soñaba con que María Inés enviudara de su estúpido marido, evento que tal vez me permitiría hacerla mi esposa, sin importar que entre nosotros hubiera una diferencia de diecinueve años. Claro que el problema, en ese caso, sería Quique. Me resultaba difícil imaginarme como padrastro de mi amigo, coetáneo, condiscípulo y vecino, y debo admitir que en lo profundo de mi consciencia tal vez deseara que él desapareciera del mapa, al igual que su padre.

Pero ni Quique ni su estúpido padre, y tampoco María Inés, debían de imaginar que en las solitarias noches de mi habitación de la calle Eustaquio Frías 446 ella se convertía en mi amada esposa, aunque representada por una mullida almohada cuyo recuerdo perdura en mi indecorosa memoria. La adorada almohada María Inés F. G. que tantas noches lujuriosas me brindó. Almohada que debía tener cuidado de no salpicar con los efluvios de mi pasión; de no mancharla con el producto de mi adolescente concupiscencia.

Terminado el acto amoroso el sueño no venía a mí, de modo que me ponía a escribir poemas que el recato me impide reproducir. Así y todo no me dormía, entonces, en las noches de invierno, me abrigaba bien y salía en puntillas de la casa (por entonces ya tenía llave) para dirigirme a la avenida Corrientes a esperar algún tranvía, siempre con pocos pasajeros o con ninguno, y preferentemente de la línea 12, que hacía un largo recorrido. Desde mi asiento veía pasar las calles que la noche de invierno despoblaba, y ese turismo desolado, oscuro y de módico precio, servía apenas de paliativo para mis frustradas ansias de amor (por María Inés F. G.; sólo por María Inés F. G.). Al llegar a la terminal tranviaria bajaba del transporte y volvía a subir, teniendo que pagar un nuevo boleto. En cierta ocasión el guarda me preguntó: «¿Qué te pasa, pibe; no te podés dormir?». «No, no puedo», le respondí honestamente, y pretendí quedarme a su lado con la esperanza de que el hombre accediera a escuchar mi drama, lo cual me serviría de catarsis, pero él me dijo: «Andá, andá a sentarte… cómo se ve que no laburás». Así volvía a hacer un nuevo recorrido de casi dos horas hasta la otra punta de la línea.

Hubo una vez en que a eso de las tres de la madrugada subió una chica maravillosa que no debía de tener más de dieciocho años. Era realmente muy bonita, hasta el extremo de borrar en ese momento, del territorio de mis fantasías, la persistente imagen de María Inés F.G. La muchacha se ubicó en un banco de la otra fila del pasillo; un banco paralelo a aquel en el que yo me hallaba, lo cual me permitió observarla con sumo detenimiento y dar por sentado que era toda una belleza. En esos momentos éramos los únicos pasajeros y yo hubiera querido abordarla, pero mi timidez, mi pusilanimidad y mi cobardía no me lo permitieron. Ni siquiera cuando la chica se puso a llorar, porque era una belleza triste y eso me inhibía aún más y hacía que me dijera que no sería un acto muy oportuno ni deportivo el aprovecharme de la situación, sobre todo porque ella debía de estar sufriendo la pérdida de algún ser querido o tal vez la incomprensión de un amor traicionero; quién sabe si acaso sus lágrimas no fluían por causa de un remordimiento, o quizá tenían como afluente la angustia opresiva de saber que la juventud, la belleza y la vida tienen fecha de caducidad; los deseos son infinitos, y nunca se logran del todo.

Sin embargo, hubo un momento en el que me decidí a actuar porque me dije que a lo mejor podía hacer que se desvaneciera su tristeza mediante un acto de amor que también acabaría con la mía, pero pensé que debía darme tiempo. ¿Cuánto tiempo? Tal vez un minuto y medio. De modo que me puse a mirar con fijeza la esfera de mi reloj, dispuesto a saltar sobre la presa en el momento en que la aguja marcara el minuto y medio que me había concedido. No obstante, cuando alcé la vista la muchacha ya se había levantado de su asiento y estaba a punto de bajar. Sentí que las piernas me pesaban y sólo atiné a quedarme sentado.

Cuando media hora más tarde se acabó el viaje entré en un bar y pedí un café con leche y tres medias lunas, eso que en España llaman cruasán. Eran las seis y media de la mañana y las calles se iban poblando de multitudes que se dirigían a sus respectivos trabajos.


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