Corchetes

A veces digo cosas

 

Me mira de reojo mientras escudriño cada cajón, pero es que los necesito todos. Parecerá un absurdo, lo sé, pero esos corchetes son toda mi vida. Por lo menos mi vida ahora.

Ya me veo en mi nueva casa pasando frío porque no puedo pagar la calefacción, renunciando a las castañas asadas porque no puedo comprar castañas, acariciando el cojín de pelo porque no puedo permitirme un gato. Y, mientras tanto, acabando puntada a puntada mi última creación. Con la aguja en una mano y sin dedal. Si me ve mi madre se muere. Se ha pasado años insistiendo en que sin dedal no se puede coser, pero ya me acostumbré “cuando adolescente” a llevarle la contraria y ahora no hay manera de seguir ninguno de sus consejos.

El caso es que terminaré mi última obra cerrando el corchete que le confiera utilidad, y necesito amargamente que casen, que sean pares, que coincidan. Estas cajitas de los chinos se abren con facilidad. 1,20 euros no dan para más, y con el trajín de la vida se han ido desparramando por todos lados y ahora me temo que no estén todos y que mientras confío en que todo puede ir bien se me venga el mundo encima porque no tengo todos los malditos corchetes queyanosconcemos. Esas piezas imprescindibles e insustituibles, que crujen como los piojos bajo la presión de mis uñas (recuerdo que dejé de comérmelas en sexto, cuando murió mi padre), que encajan perfectamente, que se acoplan y hasta parecen acariciarse. A veces creo que son puro sexo. Puro tampoco, que tiendo a la exageración, algo así como una pobre metáfora más bien. Un micro pene siempre erecto y una sutil y suave vagina con una función clara en la vida: estar eternamente unidos o, en su defecto, saber que encajarán perfectamente cuando vuelvan a unirse. Pero ya sabemos que eso es mentira. Por lo menos yo lo sé. Ahora, digo, que antes no sabía nada. Antes no compraba corchetes, antes no cosía.

Me pregunta si hay otra persona y estoy tentada de contestarle que sí, que yo soy la otra persona, que si no es capaz de ver que hace tiempo yo soy la otra persona, que claro amor que hay otra persona… Pero ya no es mi amor, y así, a ojo, veo que todavía me falta la mitad de la caja, que la angustia me sube por la garganta y temo que voy a vomitar porque llevo fatal la presión y que no estén todos los asquerosos y brillantes corchetes que no he conseguido que permanezcan fundidos, anclados, unidos uno al otro. Corchetes de los que depende mi vida. Por lo menos mi vida ahora.


Comparte este artículo