Consejos al género humano

El sapo omnisciente

 

I

Tener todo el tiempo del mundo para la especulación crítica de la realidad es algo, hoy por hoy, sólo al alcance de unos pocos; es por esto por lo que me siento en la obligación de explicarles, al margen de los acontecimientos que la distorsionan, la realidad de los sentimientos humanos, tan compleja como paradójicamente ridícula. Más bien parece que el grado de sofisticación al que Vds. han llegado, lejos de favorecerles, frente a un sapo que, si bien omnisciente, no deja de ser una criatura menesterosa y solitaria, les aboca definitivamente al desastre: esto se debe a la insuficiente gestión de los sentimientos, cuyos resortes deberían ser acordes a la plasticidad infinita del tiempo y el espacio.

 

II

Observen con detenimiento la aparente placidez del sapo sobre una flor de loto que a su vez gravita en el agua del estanque: en cualquier momento mis ancas pueden catapultarme al agua o a otra zona de la charca, de manera instantánea. Imaginen que los sentimientos humanos funcionaran con la misma, exacta, inopinada e instintiva perfección, primaria y únicamente intuitiva, y, pongamos por caso, los sentimientos humanos fueran, incluso dentro de un mismo individuo, una miríada de sapos nerviosos saltando a troche y moche sin dirección determinada. Esta es la imagen que, desde mi cómodo pedestal, puedo ver, con apenado asombro, la mayoría de las veces, como trasunto orgánico del mecanismo intelectual que suele obrar en las conciencias.

 

III

Este mecanismo o resorte, por completo alejado de presupuestos filosóficos, legales, e incluso prácticos, se ha ido refinando tanto a lo largo de los siglos, que ahora, en la era de la comunicación digital y la calidad de vida, pasa por ser, por desgracia sólo en apariencia, el no va más, libérrimo, independiente y autodeterminado, de la evolución. Pero no es así. La contención reflexiva ha desaparecido casi por completo en la mayoría de los seres humanos, dando vía libre a la sacrosanta estupidez inmediata, cuando no a la abominable perturbación violenta de los sentidos.

 

IV

Por todo esto, han llegado (verdadero pánico me da constatarlo) Vds. a la cima más alta de la evolución, que no podría ser otra que esta que nos tocó vivir, con un arsenal de argumentos tan falibles como nocivos y la inveterada manía de comunicarlos alegremente. Justo todo lo contrario de lo que aconsejan la prudencia y el buen sentido, porque, si la plasticidad del tiempo y el espacio es infinita, ¿dónde está el plazo o la frontera que les impide pensar con un mínimo de omnisciencia?


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