Como un tren

Solo, por favor

 

Recibía las postales adornadas de perfume. Barato o no, que no importaba. Pachuli de veinte duros, violetas, malvas o espliego, qué más daba. Ración de besos enjaulados de cartoné en el reverso tenebroso de fotos espléndidas, de lugares inalcanzables que perfumaban mi fantasía. De todas, la de la torre Eiffel. De fondo, el Campo de Marte, salpicado de flores y parisinos brindando con burdeos. Fue la tercera que envió la más sentida. ¡Cómo la extrañaba! Abrazándola, sujetándola antes de marchar, como si aún no hubiera partido el tren.

Partir, dividir, repartir kilómetros de tiempo sin alcanzarnos, hasta sumirnos en el letargo de sentirnos siempre unidos.

Posamos caricias en bucles caligráficos para apagar la sed de dos bobos que se enrolan en el bando perdedor, apostados tras la misma mata. Apostando a matarnos de pena. Raudos nos embebimos del cariño físico que desapareció en los raíles, ignorando que el sexo no viaja tan rápido como la luz.

En el vacío, de cuando en cuando, en el filamento de tungsteno que surca el interior de una bombilla a veces incandescente, condescendiente cuando ilumina. Ideas de coito interruptor. ¡Ideas de bombero, maldita sea! Nos visitamos en montones de paja todas las noches, nos revolcamos en sábanas de aguas cristalinas que dejaban adivinar la piel. De la dicha quebramos el dicho que lleva al hecho tras mucho trecho, recorriendo “como hormiguita las espaldas, andando por la quebrada dulce de la seda, viniendo de las alturas de las nalgas hacia el oro que se derrama y nos enreda” — silviando mientras hacíamos de Rodríguez—. Derramamiento de gemidos en el mutismo nictálope de luciérnagas que montan guardia generosas. Apagón de vigilia, onírica visita en brazos de Morfeo a los escasos días en que de veras nos tocamos, y, si acaso, a los lejanos sitios que llegaban en sus postales (cierro los ojos).

Si fuera posible, tan sólo si fuera posible, la seguiría hasta el confín del planeta. Pero, por vueltas que le doy, no hay fin que justifique los medios. Es la bola enorme en que vivimos.

Ya peinamos canas, ya no hay postales recientes. El mundo sigue siendo una bola enorme, la gran mentira. Imágenes en retina que vibran como gelatina al tictac del devenir, esa línea indefinidamente incierta que constantemente huye. O dos líneas si son en ferrocarril. Una, dos… trescientas, da lo mismo si corren paralelas para lelos que contemplamos pasar vagones de mercancías, ansiando uno de pasajeros, uno en el que tan sólo viaje ella. Pero desde el Barcelona-Mataró ya hemos visto pasar locomotoras diésel, eléctricas y de alta velocidad, a sabiendas —repito— de que la luz viaja más rápido que la belleza, que es el sexo disfrazado.

Necios motivos para lo imposible siembran de yerbajos el terreno que se desliza bajo nuestros pies de barro, anclados a la seguridad efímera de un punto sin perspectiva, perdido en medio de una recta infinita que fue senda antes de morir de amor. Prenden anaqueles en muros atiborrados de literatura ante nuestros ojos, ajenos a la comprensión de sabios, y prenden en llamas Amadís de Gaula, Pintiquiniestra y el pastor Darinel. Sofocos nublando la visión. Otra gran bola, de fuego esta vez, que consume sueños abandonados, ahora que son falsedades humeantes. Se consuma la intimidación del miedo a nosotros mismos, al futuro que no existe. Y, si no existe, ¿por qué  creemos que somos nosotros mismos?

Justo ahí, al borde del acantilado, hallo la respuesta, cuando ya nada cuenta más que yo, cuando un brazo de la enredadera de fuego comienza a trepar por una pierna para arrastrarme al averno. Justo entonces retomo mi vida sin más: con postales y sin postales, con ella y antes de ella, en el colegio o en casa, leyendo o de jarana, explotado o rebosante de alegría, pero consciente de mí. De lo que sea o haya creído ser, creyendo en que seguiré siendo. Porque, de milagro, olvidando que no apagué el móvil, recibo una vídeo-llamada: no es ella; ella enviaba postales. ¡Es Cristina! Mi compañera de oficina: que me he dejado el ordenador encendido; si me lo apaga, pregunta.

Quizá aún no me lo crea, pero ese tren no lo voy a perder.


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