Cenizas

Perplejos en la ciudad

 

Hay demasiada ceniza en las ciudades, en el campo. ¿Ceniza de árboles, de bosques quemados? ¿Cenizas de incendios de edificios, de guerras?, preguntan los perplejos, los descarriados del barrio. No, es otra clase de ceniza, tiene otra composición: es la ceniza de los muertos. Ceniza contaminante, ceniza cuya composición es un peligro para la naturaleza. Cenizas de muerte, de los muertos, que al ser recogidas en los crematorios de las Compañías de Pompas Fúnebres y arrojadas al mar o esparcidas en el campo, provocan la contaminación de los vivos. Y del mar, de la atmósfera, según los expertos en vida y muerte contaminantes.

¿Muchos vivos -hay vivos y vivos- no son en realidad más contaminantes que los muertos? ¿Alejarán a la muerte y la llevarán a plantas purificadoras? ¿Repudiarán el mito de los muertos y reciclarán sus cenizas para restituir la virginidad perdida de la diosa Naturaleza?, se preguntan los perplejos, los descarriados del barrio.

De tal modo, pues, los humanos resultarían ser, por culpa de sus cenizas, más perjudiciales muertos que vivos. Doblemente perjudiciales: tanto en vida como en muerte, sin remisión alguna. Contaminantes, más contaminadores aún de la vida que los vivos, los muertos serían excluidos de aquí y de allá, sin ninguna contemplación poética, incluso con violencia si fuere necesario, y caerían para siempre del Parnaso, del pedestal lírico de aquellos versos de Quevedo: Su cuerpo dejará, no su cuidado; serán ceniza, mas tendrán sentido; polvo serán, mas polvo enamorado.

Si los vivos, pues, confirman el nuevo efecto contaminador de los muertos y quitan toda trascendencia al polvo, las cenizas de los seres queridos, previo consentimiento familiar, serán recogidas y trasladadas a las plantas purificadoras de más alta y cualificada tecnología, para ser recicladas y transformadas en abono transgénico del futuro humano.

Mientras tanto, las almas, muy suyas ellas, rebeldes, pasarán una larga temporada en el infierno condenadas por haber sido agentes provocadores de cenizas. No hay escapatoria, vivo o muerto, con o sin cuerpo, no hay escapatoria, ni en la ceniza.


Comparte este artículo