Caryl Chessman, condenado a muerte

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El día 2 de mayo de 1960, lunes, poco antes de las seis de la tarde, Caryl Chessman fue conducido hasta la cámara de gas de la prisión de San Quintín para ser ajusticiado y dar cumplimiento a la condena que le había sido impuesta doce años antes. Tenía 39 años y durante el tiempo que permaneció en el pabellón de la muerte, Chessman aprendió leyes y latín, escribió un par de novelas autobiográficas y luchó sin descanso para que le conmutaran la pena o se la retrasaran. Con diversas estratagemas legales, Chessman consiguió hasta ocho aplazamientos, alguno de días u horas, pero finalmente perdió la batalla contra el Estado y fue ejecutado sin remisión. El gobernador de California, Edmond G. Brown, católico convencido y contrario a la pena de muerte, no pudo o no quiso otorgarle el último favor, bien por razones políticas o porque “había jurado cumplir la ley”, y Chessman fue ejecutado en la fecha señalada.

Unos meses antes, el propio gobernador había presentado un proyecto de ley al Senado solicitando la abolición de la pena de muerte en California, una proposición en la que afirmaba que “la pena de muerte sólo ha servido para ejecutar a los débiles, a los pobres, a los ignorantes y a los miembros de las minorías raciales”. Parecía consciente del problema. Sin embargo, una vez que el Senado rechazó su proyecto por ocho votos contra siete, Brown se quedó sin argumentos y renunció a su postura abolicionista.

Miles de telegramas pidiendo el indulto de Chessman se amontonaron en su despacho, pues la difusión de las noticias emanadas del penal de San Quintín despertaron un extraño interés a nivel mundial. Las novelas de Chessman merecían continuas reediciones, los periódicos de todo el mundo se hacían eco de sus escaramuzas judiciales, la televisión y la radio mantenían enconados debates en torno a su figura. Personalidades de la política y el cine, deportistas, escritores, incluso el Papa y los medios del Vaticano, se manifestaron abiertamente contra la ejecución de Chessman.

A pesar de todo, el 2 de mayo de 1960, mientras sus abogados continuaban luchando por salvarle la vida, Chessman se enfrentó al ritual de la ejecución. Se despidió de sus compañeros del corredor de la muerte y anduvo con paso firme hasta la cámara de gas. Más de cincuenta personas le esperaban para presenciar el acontecimiento. El reo vestía camisa blanca deportiva y pantalón azul y, según testigos, mantuvo la dignidad y la sonrisa hasta el final. “Todo está en orden, amigos”, murmuró a los guardianes que le amarraron a la silla y le colocaron un estetoscopio sobre el pecho. En la cámara verde, a espaldas del condenado, un recipiente de sulfúrico esperaba las fatídicas bolas de cianuro.

Podemos imaginar las fases del proceso: alguien cierra la pesada puerta de la cámara de gas y deja caer las píldoras de cianuro en el sulfúrico. A su contacto, se forma el ácido cianhídrico que envuelve al condenado en una niebla delicuescente que huele a albérchigo maduro. El reo se estremece y contiene la respiración. Un minuto, minuto y medio, más de dos. A los tres minutos, Chessman cede ante la falta de oxígeno y aspira con vehemencia el veneno. Le arde la garganta; le queman los pulmones. Se revuelve en la silla, crispa las manos y agita la cabeza, cubierta por un paño negro. Chessman se desvanece y, ya sin conciencia, continúa respirando el gas mortífero. Once minutos después, el estetoscopio anuncia que el corazón del Chessman ha dejado de latir.

Cuando mataron a Chessman yo no tendría más de ocho años, pero conocía el caso porque mi padre lo leía en la prensa y solía comentarlo en familia. Mi padre no hablaba de la pena de muerte, de su conveniencia o exceso, sino del coraje de aquel individuo que durante doce años luchó por su vida desde el corredor de la muerte. Ni siquiera le importaba la culpabilidad del reo. Lo que realmente llamaba su atención era la rebeldía de Chessman frente a la ley.

En su primera novela (Celda 2455. Pabellón de la muerte, 1954), Chessman relataba su desdichada infancia, su precoz aprendizaje criminal, las sucesivas entradas en prisión y la acusación final por la que fue juzgado y condenado a dos sentencias de muerte y cadena perpetua, tras un proceso judicial plagado de irregularidades. Chessman nunca aceptó ser “el bandido de la linterna roja” y, aunque decía conocer al culpable, evitó denunciarle.

En su segundo libro (El rostro de la justicia, 1958), escrito de tapadillo en su celda (a partir de cierta fecha se le impidió seguir escribiendo y dando publicidad a su caso), Chessman llevó a cabo un alegato contra la pena de muerte, “esa siniestra cicatriz que atraviesa el rostro de la justicia”. En ese libro manifestó su confianza en que la Justicia acabara imperando en el mundo, una Justicia de trazado rectilíneo, una Justicia que actuase con el rigor de una Ley sustentada en una Ética Absoluta.

Ante la posibilidad de una condena de ese tipo, mi padre se inclinaba a favor de la justicia de los hombres, relativa y discutible. La Justicia Absoluta le daba tanto miedo como la Ley de Dios. En su opinión, el plan de Dios no ofrece alternativas; frente a él, las leyes de los hombres permiten al reo apelar al gobernador y esquivar la muerte.

La popularidad de Chessman alcanzó las salas de cine, las canciones folk y el ambiguo territorio de las ferias de pueblo. Poco después de su ejecución, apareció en la feria de julio de Valencia una barraca que representaba la muerte de Chessman. Recuerdo que presencié el espectáculo con mi padre y lo que vimos allí no se me olvidará nunca.

El público esperábamos de pie frente a un escenario cerrado por un cristal. En escena, un sillón con gruesas correas aguardaba al reo. Por los altavoces se anunciaba que íbamos a presenciar la ejecución de Caryl Chessman. Aparecían dos individuos que amarraban al reo, le tapaban la cara con un trapo negro y le colocaban un estetoscopio sobre el pecho. Luego, el escenario se iba llenando de un humo espeso y blanquecino. El reo aparentaba convulsiones y caía desfallecido. Se oía el latido de su corazón. A los pocos segundos, la sala quedaba en silencio. “Todo lo que han visto ustedes es lo que sucedió realmente en San Quintín. Lo que verán ahora es un milagro de la imaginación”. Entonces, la camisa blanca y el pantalón azul de Chessman se fundían, la carne del reo se disolvía y en su lugar aparecía un esqueleto con un estetoscopio sobre el costillar. Magia espectral.

Recuerdo también lo que decía mi padre sobre la gente capaz de enfrentarse a la realidad y cambiar las reglas del juego. Se refería, desde luego, a Chessman, pero también a los magos y faquires, a los feriantes y artistas de circo. “Son gente -decía- que hacen suyas las ilusiones humanas y nos llevan a creer que son posibles los milagros. Se trata de milagros pequeños, pero son los únicos que podemos contemplar. Los otros, si los hay, forman parte del Misterio con mayúsculas y ni siquiera sabemos si existen de verdad”.


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