Los lectores también mueren

Cartas al director

 

Ah!… la muerte ineluctable  e inconcebible. En mi imaginario… estoy sentado en un cómodo sofá, leyendo un libro amado. Entra por la ventana la luz tamizada de una tarde entre primavera y verano.

A mi alrededor, en las paredes, penden objetos para mí significativos, “elaborados o ennoblecidos por las manos humanas”, a los que miro de vez en cuando para “entrar en relación con toda la humanidad”.

Oigo un juego lejano de adolescentes mezclado con otros ruidos no identificables. Me pregunto si juegan a pelota y si hay alguna  posibilidad que entre un balón por la ventana. No, me digo, están bastante lejos. Súbitamente, por el centro de la ventana, entra un balón, lo veo suspendido en el aire por un instante, un segundo antes de que toque las paredes. Y ya no estoy.

Será un  relámpago impensado,

o despertar en el volumen del olvido,

acariciando del tiempo los labios.

O quizás

cazar con los párpados la última luz,

o como un viento negro

que aniquilará todas las huellas en un caos de polvo.

Será,

y es inesperada,

insoslayable.

Blai Espinet Llovera


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