Crónica de los días que pasan

Cartas al director

 

Enlucida, la vida pasa por la retina de los pobres, de los abatidos por la pereza, y se nos cierran los ojos de sueño a las doce de la noche.

No hay mucho más que recorrer, acaso espacios vacíos por los que transitan imparables las cuatro docenas de personas que nos suenan de vista. Paisanaje aburrido entre copas sucias y bandejas de aceitunas; viejas fachadas regias son testigo. Bares que nunca debieron ponerse de moda porque falta el hilo conductor y musical que los ensalce, y en los que sobra la pantalla del televisor anunciando cadáveres recién estrenados.

Mujeres casi desnudas han decidido que la ciudad es un gran campo verde, por donde transitar a su antojo, calzando chanclas transparentes.

En la sobremesa, las calles aparecen barridas por un anuncio de tormenta. El aire esparce el polvo, la precariedad de las carteras, la hoja, el poco polen que aún se resiste a desaparecer bajo los autobuses despistados del domingo.

A esta hora lenta, en esta bofetada arenosa de la tarde, don Antonio Gala continúa su agonía de príncipe Penibético.

Nuria Viuda


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