8 de marzo: una vez más el mismo grito

Cartas al director

 

Apreciado señor director:

 

Me gustaría celebrar este ocho de marzo proclamando que  ha disminuido la brecha salarial; que nuestra protestada doble jornada es cosa de otros tiempos; que ocupamos más puestos importantes en los órganos de decisión académico, judicial, empresarial y político; que este último año hubo grandes mejoras en la vida de las mujeres. Pero no. Nada ha cambiado y no se ven indicios de mejora.

El machismo continúa instalado, acomodado, en lo más profundo de las entrañas de la sociedad. Si no fuese así, no se atreverían a poner anuncios en la prensa solicitando camareras “algo putitas”, con mucho pecho; obligarlas a que se vistan como si en lugar de vender hamburguesas, estuviesen ofreciéndose ellas mismas.

No se atreverían a reírse del terrorismo machista, como en la viñeta que apareció en un periódico de Terrasa el día de San Valentín, en la que un agresor de violencia machista, le dice al juez que ha pegado a su pareja porque pensaba que era “el día de los morados”.

¡Qué confianza destilan! ¡Qué seguridad de que no les pasará nada!

No me imagino una viñeta que trate de forma banal y jocosa al terrorismo yihadista. Nunca se hubiera publicado. Existe una conciencia, un gran empeño de la sociedad y los poderes públicos por evitar ese tipo terrorismo. El estado se ha organizado, coordinado a sus policías, establecido acuerdos e intercambio de información con otros países. Pone todos los medios disponibles para evitar atentados. Y es lo correcto.

Entonces, por qué en los casos de terrorismo machista el estado no interviene de la misma forma, si día tras días, año tras año, son asesinadas montones de  mujeres a manos de  terroristas machistas -doce en los escasos dos meses que llevamos del año-  que también matan a sus hijas y a sus hijos por venganza. Por qué no ponen todos los medios a su alcance para evitar estos atentados contra las mujeres.

Además, ¿por qué esa condescendencia con el agresor?

¿Cómo puede ser que el homicida tenga derecho a ver a las hijas e hijos de la madre que  él acaba de asesinar; que no se le retire la patria potestad y posea todas las decisiones sobre estas criaturas; que se le entregue el destino de sus vidas a un asesino?

¡Cuánta comprensión! ¡Cuánta complicidad!

¡CUÁNTA INJUSTICIA!

 

Carmen Cuenca


Comparte este artículo