Caronte travels

Mercado Central

Para Mari Carmen

 

Había visto varias veces en el cine el spot publicitario de los cruceros Charon Maremagnum sin darle mayor importancia. A mí se me ha pasado la edad y la ilusión por los cruceros. Cuando era joven hice uno muy majo en un barquito heleno saliendo directamente del Pireo hasta la costa turca de los griegos antiguos —Troya, Mileto, Éfeso— y por las islas, con gran tormenta en la de Lesbos que casi nos echa a pique. Fue un viaje genial. Duró una semana y no estuvo exento de alguna penalidad, a causa supongo de la relación calidad-precio. Fui muy feliz comiendo poco y durmiendo en un camarote para tres cuyo diseño parecía inspirarse en una caja de cerillas. El desayuno consistía en agua marrón y pan de molde con margarina. Todo lo demás, a cuenta del viajero. Fue la vez en que, ante las puertas de las leonas de Micenas, comprendí por qué un amigo mío, al verlas, se emocionó tanto que gritó: «Datemi un capretto!», para el sacrificio, se entiende; en mi caso, para aplacar el hambre de aquel día, en que comimos un pedazo de musaca recalentada, regada, eso sí, con enloquecedora retsina fría, deliciosa orina de Dioniso. También recuerdo con fervor un crucero fluvial por Holanda y los Países Bajos, visitando Ámsterdam, Brujas, Malinas y Ostende, mientras veíamos por la tele en la sobremesa películas como Rembrandt, de Alexander Korda y La kermesse heroica, de Jacques Feyder. Allí no se pasó hambre, pero el atracón de patatas y queso fue monumental.

Como digo, hace unos días —o sea, unos cuarenta años después de la remembranza—, me dio por fijarme, en los anuncios del Paris Texas Cinema, en la publicidad de unos pedazo de cruceros con naves de tres cubiertas, dos superpiscinas —fría y caliente—, orquesta y comida de chefs. Ver a aquel monstruo blanco y elegante surcando el mar me produjo como un yuyu, no supe entonces por qué. Una seductora y mandona voz over animaba a que toda la familia se metiera en unos camarotes del tamaño de un salón de baile mientras cocineros superestrellas te preparaban mariscos frescos sin caparazón y obras de arte pop o cabezotas de Arcimboldo realizadas con frutas tropicales. Los músicos e ilusionistas que iban a amenizar la velada se preparaban en auténticos camerinos.

El larguísimo recorrido que anunciaba el cortometraje me pareció alucinante, pero no había fumado nada. Oí claramente: Mediterráneo, Turquía y Qatar hacia la India. Seis semanas a pagar en cómodos plazos y posibilidad de hipoteca. Mi cosmovisión geográfica y financiera vaciló (¿Qatar?), pero me centré en lo que venía después —en el cine, no ya en los barcos aquellos de ensueño—, que era el documental de Agnès Varda Visages villages, —os lo recomiendo, que no me hacéis caso y así os va—, y olvidé completamente los lujosos cruceros Charon Maremagnum como quien deja volar una quimera que se le hubiera posado en el hombro.

Pero amigos, eso no fue todo. En el Mercado Central, sucursal en mi ciudad de la Sede de Satán con todas sus tentaciones, me aguardaba una sorpresa. Muchos vendedores estaban como locos repartiendo a la clientela una especie de grandes vales con la forma y la estética de los pagarés de las películas de época, y haciéndolos rellenar con un boli las casillas de datos innumerables y diabólicos. A mí el asalto me tocó en la zona de los huevos, lugar que frecuentaba mucho desde que había aliviado el veganismo con una dieta lacto-ovo-vegetariana, mucho más saludable según Angelines.

—Tome, tome, rellénelo, doña Mariposa —me conminó la rozagante huevera Mariluz, enarbolando papelucho y bolígrafo.

—¿Pero esto qué es? —pregunté. Soy reacia a cualquier clase de ganga, rifa o tómbola, venga de donde venga.

—Es para el sorteo de un crucero por el Mediterráneo, por ser vecina del centro histórico y clienta del mercado. Cosas del Ayuntamiento.

Desde que el consistorio estaba en manos de una coalición bici-ecologista neoliberal, aquello era un no parar de recibir detallitos y chorradas. Me negué en redondo a coger el impreso.

—Pero, mujer, que le puede tocar, que rifan un crucero por el Mediterráneo —insistió la gallina humana.

—Que le den al crucero, con perdón, Mariluz. A mí no me gustan las tómbolas. Ni en Navidad juego un solo número de lotería —no le dije que aquello en mí era un gesto simbolista y libertario; no lo hubiera entendido la buena mujer, que de la vida sabía un huevo pero del activismo político personal, ni papa.

—Pues yo tengo el pálpito de que usted va a ganar… Venga, no sea usted así.

—Cójalo de una vez, señora, o vamos a estar aquí hasta las quinientas —dijo un jubilado de boina, pantuflas y garrota, que ya ves tú qué prisa tendría, el caballero.

Total, que lo cogí por no alterar el orden público, junto con una docena de huevos de corral ecológicos que costaban el doble, pero parecían más de verdad que los producidos por gallinas eléctricas a golpe de silbato. Cuando me disponía a salir por la puerta de las especias, envuelta en un aroma de canela y comino molido, tropecé con Angelines, mi gurú —nombre profesional: Ángeles de Saint Germain—, que cogiendo el papel que acababa de caérseme, lo leyó por encima y dijo:

—¡Huy, un boleto para el crucero!

—Otra que tal. ¿Esto del crucero es un virus o qué?

Se quedó mirándome traviesa con sus ojos violeta y la naricilla respingona aspirando mi perfume, que le gustaba mucho. Nunca la hubieras confundido con Anjelica Huston ni con ninguna otra dama tenebrosa. Era toda luz.

—Oye, ¿y si lo rellenáramos? Es para dos personas… Porque no lo irás a malgastar con la gañana de tu hija, que te llena de energías negativas y te cierra los chacras cada vez que discutís por tonterías… Podríamos ir las dos y pasárnoslo divinamente haciendo la salutación al sol todos los amaneceres en cubierta.

Era broma, pero una de esas bromas de Angelines, temibles como milagros del infierno. Vi en sus ojos gatunos algo tan potente y hechiceril que todas mis reservas se derrumbaron. Yo creo que lo que siguió fue a causa de lo desmesurado y ridículo de la propuesta. O cosas de la ficción literaria.

***   ***   ***

¿Adivinan lo que pasó? Efectivamente, que nos encontramos como por arte de magia recibidas por una señorita elegantísima —relaciones públicas, se llaman, lo sé por haber sido yo concejala y haber cargado con una, que me hacía la vida imposible—. Nos condujo a una sala vip, donde unos muchachotes barbudos muy sexis nos hicieron fotografías y un vídeo para el Ayuntamiento y para la naviera. Chanchullos legales, seguramente. Nos hicieron firmar un montón de documentos vagamente calificados por la secretaria como «papeleo sin importancia sobre derechos de imagen…» Luego nos acompañó a una puerta que daba a cubierta y dijo: «Bueno, ya son libres. Pueden hacer lo que deseen, dentro del reglamento y las normas del barco, que encontrarán sobre sus camas. Salimos en dos horas. Esperen a bordo, no vayan a quedarse en tierra». El aire marino era una delicia, pese a que, efectivamente, todavía no habíamos zarpado y venía alguna que otra ráfaga de brea y pescado podrido, que Angeles de Saint Germain aspiraba con fruición.

Durante dos semanas, antes de que nos acometiera el aburrimiento mortal de los cruceros, nos divertimos como muchachas traviesas explorando lo inexplorable, haciendo yoga al sol con el aire yodado del mar y pasando de todo lo recomendado en los panfletillos firmados por el hortera del Capitán. Tanto pasamos, que ni nos dimos cuenta de que una tarde, poco después de una comida opípara, todo el mundo fue convocado en las terrazas de popa para una gran sorpresa.

La «sorpresa» de aquellos cínicos consistía, según nos enteramos más tarde, en que no viéramos una lancha que se nos venía encima por estribor, saltando sobre las olas, empujada por un inicio de viento tormentoso como un soplo funesto. La orden fue que nadie debía verla. Nadie tenía que oír nada, por lo que comenzó a tocar la orquesta. En la cubierta de babor, aparecieron bebidas en vasos y copas helados, regalo para la vista tanto como para el gusto. El cielo crepuscular vertía plomo resplandeciente en la mar picada. La gente pensó que la sorpresa era el bellísimo paisaje y se entretuvo haciendo fotos y bailando. Angelines y una servidora nos escabullimos gracias a las malas artes de mi gurú y presenciamos el oscuro evento del que había sido separado ladinamente el pasaje. Advertimos que en la zona de estribor reinaba cierto nerviosismo entre la tripulación. Una nube densa iba extendiéndose por el cielo sin perder una consistencia marmórea. «Cielo cuajado, cielo maldito», susurró Ángeles de Saint Germain con su expresión más sacral, que pocas veces dejaba ver, tanto que yo no la hubiera reconocido como mi Angelines si no hubiera sabido que era ella. Le hice una seña para que se callara porque sentía una amenaza que, aun no siendo para nosotras, nos podía alcanzar.

La lancha hinchable de color naranja que se acercaba, sucia y medio fláccida, con un cortejo de gaviotas y otros carroñeros nos pareció vacía, pero iba hasta los topes de gente oscura, amontonada. Muerta. El olor a corrupción se entremezclaba con ráfagas de frescura salina y perfume de yodo. Algunos se aferraban aun a botellas de plástico vacías, otros a niñitos secos como pulpos al sol. Una muchacha con turbante malva yacía de costado sobre el vientre de una mujer preñada. Había tantos… Fue una pesadilla para mi amiga y para mí, que lo pudimos ver todo desde donde nos encontrábamos, mascando nuestros pañuelos en silencio para no delatar nuestra posición con nuestros gritos. Enseguida la curiosidad prevaleció sobre el horror. Era sobre todo de admirar la profesionalidad de la tripulación, que hizo desaparecer aquello con pericia y celeridad, con cuerdas y poleas, en sabe dios qué bodegas del vientre de nuestra gran nave blanca, mientras el viento traía retazos de la música de la fiesta.

Desde entonces no he dejado de pensar que aquella circunstancia, al repetirse y perderse con ello la vergüenza, pasará de abyecta a espectacular y será ofrecida en las atracciones temáticas del Charon Maremagnum en alguno de los programas del barco, según sople el viento y con permiso de los guardacostas.


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