Carmen

Retales

 

Los plátanos de la plaza se han desnudado, casi no les quedan hojas y las pocas que tienen son de un marrón incierto. El otoño se ha cobrado su precio. Las ramas más finas de las copas se mecen al compás del aire.

Una mujer al frente de su casa pone la llave en la cerradura que cruje al girar. El portón se cierra y ella agarra a la niña, que está a su lado, de la mano.

Lleva una bolsa para el pan. Es de tela de rayas con un bordado de espigas y amapolas y unas letras de estilo manuscrito que ponen: pan.

Van las dos tapadas de arriba abajo. Un abrigo les cubre el cuerpo y la niña lleva en la boca una bufanda. Así no te entra el aire frío por la boca –le dice la abuela–. Vamos, compraremos pan, pero primero iremos al bar de Pepe y yo me tomaré un café.

Corren hasta la esquina y entran.

Pepe les da los buenos días diciendo: ¿Como siempre Carmen? ¿Café? Ella sonríe y añade: y una cafiaspirina, a ver si me espabilo.

Se coloca bien las gafas, sorbe el café despacio, saboreándolo como si fuera un buen vino y disuelve la cafiaspirana en la cucharilla con un poco de azúcar. Su rostro despide claridad, sus ojos risueños contemplan, satisfechos, a la niña con trenzas. Se dirige a ella y le dice: ¿Nos vamos? Pepe, que es un hombre seco y poco amistoso al que no le gustan mucho los niños, tolera muy bien a la niña de las trenzas. Se dirige a ella: ¡Qué guapa vas hoy! La niña sonríe y dice: Gracias, Pepe. Buenos días.

Salen. El viento arrecia. En la calle hace frío. Noviembre es este año crudo. Carmen pregunta: ¿Tienes frío? La niña asiente con un leve movimiento de cabeza. Corramos –replica Carmen– que andando se quita el frío. Y las dos corren calle abajo hasta alcanzar la puerta del horno.


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