Carencias corporales

Lengua de lagartija

 

He oído decir que a un ser humano le falta un pie y además una pierna; la pierna que acaba en ese pie, ya que ambas piezas vienen en un solo pack. Para colmo, también le faltaría la otra pierna con el respectivo pie, con dedos y todo. Para nuevo colmo, carece de brazos, y si es por faltarle, asi­mismo le falta el cuerpo y la cabeza, y me pregunto cómo, sin tener manos, se las arregla ese ser humano para hacerse el nudo de la corbata, ¿y de dónde pende la susodicha corbata?, aun­que tal vez el interrogante no tenga sentido pues ignoro si el presunto/a es hombre o mujer. Y si es hombre, ¿debe necesariamente usar corbata? En las últimas décadas se ha extendido la costumbre de no vestir corbata. Antes todavía, se impuso la moda del sinsombrerismo; quizás en la generación que comenzó con eso existiría una oscura intuición de que algún día la cabeza será del todo innecesaria y, en consecuencia, comen­zaron por prescindir de gorras y sombreros. Pero la cabeza todavía sigue siendo útil cuando se posee un cuerpo, es allí donde está la boca, por donde ingre­san los alimentos. También está la nariz, que sirve para captar el aire del ambiente y mandarlo a los pulmones. Hay otras cosas allí arriba, pero tienen menos importancia, me refiero a los ojos y los oídos, pues total, para lo que hay que ver y oír últimamente.

A finales de junio de 1995 el Congreso de los diputados de España se hallaba reu­nido, el tema central del inflamado debate tenía relación con cierto asunto de espionaje interno: al parecer un servicio de inteligencia dependiente del Gobierno central habría fisgoneado sin permiso en los asuntos de numerosos ciudadanos, y semejante proceder sería inconstitucional. Los miembros de la oposición protestaban con mucho encono y el Presidente del Gobierno pedía un respeto para las instituciones. Hasta ahora no se sabe por qué hay que respetar especialmente a las instituciones, o, como quiera que sea, respetarlas más que a los individuos reales, sin tener en cuenta que cada persona constituye en sí misma una institución. Tampoco se tiene muy claro, o al menos algunos no se aclaran, qué es con exactitud una institución. Menos aún si las instituciones están provistas de aparato genital. En todo caso, una institución vendría a ser una entidad instituida (¡ojo!, digo instituida, no prostituida). Hay quien supone que lo que ha sido instituido no debe desinstituirse, aun cuando algunas instituciones demuestren carecer de elementos primordiales para su buen funcionamiento, igual que el ser humano anteriormente mencionado al que le faltaban piernas, brazos, tronco y cabeza, pero si vamos a respetar a la humanidad y a las institu­ciones hemos de respetarlas incluso con sus carencias.

Acaso lo más importante en esa sesión parlamentaria no ocurría en el foro de los diputados sino algu­nos metros más arriba, en la galería reservada al público, donde un hombre y una mujer, ambos en posesión de sus respectivos cuerpos y todos sus miembros inferiores y superio­res dedicaban la tarde del ardoroso debate a otros ardores no menos trascendenta­les, cosa que no le pareció adecuada para el momento al Presidente de la Cámara, que en aquella época era un tal Félix Pons, el cual decidió llamar a la pareja al orden para que sus integrantes (dos) dejaran de besarse y acariciarse, aunque quizá para preservar la digni­dad de su cargo no lo hizo personalmente, como solía hacerlo con los señores diputa­dos, sino median­te un ujier. Ahora bien, yo me pregunto por qué las parejas pueden besarse en el cine y no cuando asisten a otros espectáculos, a menos que exista una norma que prohíba so­barse siempre que se trate de una función cómica. Hay quien cree que aquella tarde la realidad sólo estaba presente en la galería destinada al público.

Es sin duda desgraciado que a uno le falte algún órgano de la anatomía, pero to­davía es peor no tener ninguno, como el ser humano que no podía usar corbata ni som­brero ni camisa ni nada. También es una desgracia no haber ido al  colegio de pe­queño, pero aún es peor no haber nacido. Quizá haya alguien que nunca hubo nacido; no sólo él, tampoco habrían nacido sus padres y sus abuelos. ¿Pueden imaginarse ustedes un vacío tan grande? Casi podría decirse que es más desdichado no haber nacido que care­cer de cuerpo. Por eso digo que todos los que hemos nacido y tenemos cuerpo debería­mos estar agradeci­dos por semejante fortuna. Un cuerpo lleno de miembros y órganos es un don inaprecia­ble, aun cuando por los ojos nos lleguen imágenes deplorables y vergonzosas y con los oídos escuchemos toda suerte de estupideces, pues siempre tendremos las narices, que nos servirán para aspirar el aire no siempre demasiado puro y para olfatear los malos olores de Dinamarca o Panamá, pero la gran maravilla es la boca, y no me refiero al ha­bla, pues para lo que hay que decir… lo mejor de la boca es que por ella entra el pan, las patatas fritas, hamburguesas, pescaítos fritos y todo eso. La boca es la reina del aparato diges­tivo, así como el ano constituye el rey, y entre uno y otro extremo transitan y se trans­forman las sustancias de la vida. Vistas así las cosas nada nos impide apreciar al ser humano como fundamentalmente un aparato digestivo envuelto en un tronco del que sobresalen miembros y cabeza; una máquina de comer y descomer, que es casi lo único que hasta ahora se ha demostrado que se sabe hacer en serio. Si los señores parla­mentarios se contemplaran los unos a los otros tomando en cuenta la primordial condi­ción de tubo digestivo de uno mismo y de sus adversarios, quizá reinaría mayor com­prensión en el recinto, y hasta un poco de cariño mutuo, ¿por qué no?, aunque sin llegar a los ex­cesos de la pareja besuqueante de la galería. No me parece adecuado que diputados y diputadas empiecen ahora a manosearse en plena sesión parlamentaria. Otra cosa es la masturbación, pero dudo que en el Congreso pueda haber un masturbanómetro.

Como quiera que sea, la principal ventaja de haber nacido y de tener cuerpo es que le permite a uno poseer un yo. Es algo difícil imaginar un yo sin existencia física. Para ser yo antes tuve que haber nacido, yo. Y desde luego he de tener un cuerpo, pues un yo sin cuerpo es apenas poco más ilusorio que una Institución. Ahora bien, ¿qué pasa si me falta un trozo de cuerpo vamos a decir un brazo, o aunque sea sólo un dedo, reduce esta carencia mi yo? Aparentemente no es así, por cuanto el yo estaría conformado no sólo por mi cuerpo sino también por la totalidad de mis percepciones recuerdos y pertenen­cias, en especial por lo último, de tal modo que entonces mis parientes, mi coche y mis zapatos conformarían asimismo mi yo. Siguiendo esta línea especulativa, y suponiendo que fuera Presidente de un gobierno, ese cargo habría de ser una parte muy importante de mi yo, y no sólo el cargo; también la totalidad de la población sobre la cual gobierno. En cambio, como gobernado que soy, semejante asunto pone en entredicho mi propio yo, pues resulta que no me pertenece sino que forma parte del gran yo del señor presi­dente. Pero volvamos a ponernos en el lugar de éste e imaginemos que se nos pide que renunciemos al cargo, ¿cómo podríamos aceptar tal exigencia cuando ésta implica el re­nunciamiento al yo? ¿Es que no advierten quienes pretenden semejante cosa que de hacerles caso ingresaríamos en la inexistencia? ¿Dónde colgaríamos la corbata? ¿Y con qué manos?

En fin, cosas de la política.


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