Camisas 1

Moda al tuntún

 

¿Existe alguna prenda más desgraciada que la camisa masculina de mangas cortas o largas? Lo dudo.

Pensemos. Dicha prenda presenta básicamente cuatro retos: ajustar el ancho del cuello, el largo de las mangas y faldones, y abrochar con comodidad los botones en los ojales. Raramente se consigue dar satisfacción a estos cuatro requisitos. La combinación de mangas y cuellos, a menudo da como resultado mangas largas con cuellos estrechos, mangas cortas con cuellos anchos. Respecto a los faldones, se quedan cortos o superan en treinta centímetros el ombligo y siempre son difíciles de mantener cautivos en la cintura y dentro de los pantalones.

¿Y qué decir de los botones y los ojales? Se deshacen los ojales, caen los botones, no entran los botones en los ojales, y no es raro que los botones bordeen la pechera derecha, los ojales la izquierda, y que, al abotonarlos, quede entre botón y botón una ventana en forma de huso, consiguiendo un aspecto asalchichonado del cuerpo entre las pecheras.

Sobre la superficie de las camisas caen toda clase de desgracias, las más evidentes son los bolsillos pequeños, a veces superfluos, absurdamente desplazados y sobrantes. No olvidemos tampoco las trabillas, los botones supernumerarios y los galones, etc. Y hagamos un silencio generoso sobre el ancho misterioso de la sisa cambiante de las mangas, los cuellos caprichosos y los estampados delirantes.

En fin, para las camisas de manga corta alguien debería decir a los “diseñadores de la moda” que, a partir de cierta edad, la manga corta es deseable que cubra el arrugado natural del codo.

Algunos colores connotados por la historia es mejor olvidarlos: el negro, el pardo y el azul. Salvemos el rojo garibaldino, en total desuso.


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