Cambio libertad por felicidad

Solo, por favor

 

Verdadera felicidad encontré en una bolsa de pipas, paseando por el pueblo, en buena compañía, disertando sobre el tiempo y la infancia, presente y pasado, sin preocuparme del futuro. Verdadera felicidad hallé también cuando entendí la demostración de la desigualdad de Cauchy-Schwarz. O cuando —lo confieso— una vez me enamoré. O cuando entré en la ducha esta mañana. O cuando escribo esto.

Flirteando con el metalenguaje, no existe determinante para felicidad. Al menos para mí.

Qué parte entra en lo razonable y cuál entra en la parte loca parece hallarse en esa pseudoconvicción que por ahí guardo, acerca de que la vida es un gran juego, con o sin reglas, escritas y no escritas, sensorial o motor, simbólico o no, en paralelo o con otras personas, con motivo o sin motivo. Aunque, en general, sin motivo para seguir jugando más que por el propio placer de jugar. Sea un mandato genético o no, me trae sin cuidado; me da igual; voy a seguir jugando hasta que el cuerpo aguante. Tanto si sobreviene una catástrofe, como si nos amputan la libertad de expresión o nos esclavizan. Me da igual que un elenco de sátrapas traten de pisotearnos como a gusanos; no me voy a dejar. Tanto si les gusta como si no, que me importa un pimiento. En cierta forma, me creo la actitud volitiva ante la libertad que sugería López Aranguren como respuesta a la pregunta que presentaba el sociólogo Sergio Vilar, publicada en su obra Manifiesto sobre arte y libertad (ed. Fontanella, Barcelona, 1964, pp. 79-81), en una encuesta a intelectuales y artistas españoles. Esta era la pregunta: «¿Cree usted que para el artista es necesaria una libertad personal y política absolutas?», y esta fue la respuesta de López Aranguren: «No es absolutamente necesaria la libertad política, aunque sí conveniente (la prueba es que también surgen obras de arte en períodos de opresión). Lo necesario es la voluntad de libertad y la lucha por ella. El artista, como el intelectual, tienen que tomarse la libertad, según se dice en castellano. Esto y no que la libertad les esté dada es lo decisivo. No un estado de hecho, sino una actitud». Yo lo suelo resumir en una idea que cogí al vuelo alguna vez: «La libertad no es la que nos dan, sino la que nos tomamos», que me vale sin ser artista ni intelectual.

Recuerdo una foto impactante: un padre bañaba a sus hijos en un edificio desnudado de tabiques en Gaza, rodeado de montones de escombros y demás esqueletos de edificios circundantes. Desconozco si era un montaje fotográfico, pero me sirve como reivindicación de la serenidad contra la barbarie, ambas humanas. Una postura serena que es inalterable ante las bombas, que mediante la sonrisa sale triunfante bajo los escombros, que brinda por la vida frente a la muerte. Ese es el desafío del juego que nos toca vivir, ya caigan chuzos de punta. Sé que algunos me acusarán de un existencialismo rancio, pero no estoy seguro de que existan más opciones diferentes a tirar la toalla. Por eso, aunque veáis unicornios de colores en esta breve pieza, reivindico mi libertad, la que me tome, mientras desde púlpitos —no sólo religiosos— traten de embaucarme en soflamas felices. Vosotros podéis hacer lo que queráis.


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