Cada año por San Valentín

Rincones oxidados

 

—Esta curva, en quinta, no la haces, hijo…

—Conozco bien la carretera señor, la hago y deshago cuatro veces al día.

—¿Ah sí? ¡Qué raro que no hayamos coincidido antes por aquí! Te agradezco que me lleves. En fin, espero no aburrirte con mis batallitas…

—Nada de eso, señor, así me distrae durante el viaje.

Consciente de que su tono no había sonado sincero en absoluto, Damián quiso fingir interés por el relato de aquel hombre bajando el volumen de la música, pero el temblor de su mano suspendida en el aire le disuadió y la volvió a sujetar al volante. De reojo miró al pasajero, quien había detectado un repentino temblor en el muchacho y sonreía victorioso. Damián, ahora, no estaba muy seguro de que hubiera sido buena idea montar en su coche a aquel desconocido. ¡Cuanto antes pasara el tiempo, mejor!

—Siga, siga…— le apremió el conductor y aumentó la velocidad.

—Bien, gracias… pareces un buen chico, me resultará fácil abrirte mi alma —el hombre soltó una carcajada sonora y profunda. A Damián se le erizó el vello de la nuca y se lo acarició nerviosamente. —Pues prosigo: llegados a este punto, muchacho, ya no me importa la gravedad de lo que te confieso: la primera vez que la vi llevaba una cogorza de aúpa y aun así había cogido el coche. Volvía a casa de una cena de empresa, de las de Navidad, la peor de todas, la más humillante, la definitiva. No recuerdo el día exacto ni me importa porque, si te digo la verdad, no hay más fecha en el calendario de mi vida que el 14 de febrero, San Valentín.

A Damián no se le escapaba la coincidencia de fechas. Efectivamente, aquel día era 14 de febrero y su novia le esperaba en casa para celebrar el día de los enamorados. Ella en aquel momento estaría preparando la cena, decorando la mesa con gusto y él no veía el momento de llegar…

—Volvía a casa en mi coche, pues —continuó el hombre—, borracho perdido, fracasado, humillado y dispuesto a la autodestrucción absoluta. Todo me daba lo mismo. Durante toda la semana había aguardado con desvelo y excitación creciente aquella dichosa cena. Después de varias tentativas de invitar a Puri, compañera de trabajo y el amor de mi vida hasta entonces, a salir a cenar y de que esta me rechazara sin piedad, la cena de Navidad se convirtió en una oportunidad única, una excusa caída del cielo para salir con ella un rato, aunque fuera de forma encubierta. Así que me pasé varios días soñando con que nos tocara un lugar cercano en la mesa, que pudiéramos charlar, darle a conocer de mí algo más de lo que me dejaba mostrarle en el trabajo, tal vez, al fin, yo le resultara de su agrado -seguía yo soñando- y ella aceptaría tomar una copa después, quien sabe, si bailar. Le rogaba a Dios una pieza lenta que me permitiera estrecharla suavemente, olerla, ¡Dios mío, besarla!, llevarla a casa de vuelta, me invitaría a la última en su piso… Así que, pletórico de ilusión, la misma mañana del día “D” me envalentoné y me ofrecí para recogerla en casa y llevarla hasta el restaurante en mi coche. Y accedió. ¡Bueno, íbamos bien!

—¡Ah! ¿Así que ligó…? —preguntó Damián intentado obviar que el ambiente dentro del coche se estaba enrareciendo. Aquel tipo ya no le gustaba en absoluto. Sentía como si su acompañante consumiera, a la misma velocidad que hablaba, el oxígeno del recinto que ahora se le antojaba menguante. El parabrisas se estaba empañando. Bien, bajaría el cristal de la ventanilla. El botón no funcionó.

—¡Ligar dice! Espera que te cuento… afloja Damián, afloja ¿no corres demasiado? No es que yo quiera enseñarte a conducir… —El pasajero olió el ramillete de flores que llevaba en la mano y continuó su relato—. A las ocho estaba como un clavo delante de la puerta de su casa. Puri también fue puntual. Apareció preciosa ante su puerta, sobre unos tacones altos, el pelo suelto, un top escotado, una falda corta, unas medias traslucidas, una chaqueta ajustada a la cintura, dispuesta a morirse de frío. A pesar de haberme visto no me saludó, se paró a hablar un momento con el repartidor que entraba en el bloque, besó a un vecino y le felicitó las Navidades, acarició a un perro y sonrió a su dueño, se subió a mi coche y me dijo sin mirarme siquiera “arranca”. La noche no empezaba bien y muy atento tendría que haber estado el Todopoderoso a mis plegarías para que mejorara. ¡Dios mío, pon un amor en mi vida!, suplicaba yo. Pero Dios, ni caso, o eso me parecía a mí.

Y la noche no mejoró. La muy zorra se sentó aposta lo más lejos que pudo de mí, charló con todos menos conmigo, bailó con todos menos conmigo, se besó con todos menos conmigo y desconozco con quién volvió a su casa. El caso es que yo volvía a la mía en el peor estado posible.

Y entonces la vi. En la carretera.

—¿La vio? ¿A Puri?

—¡Qué leches iba a ver a Puri en la carretera! ¡Esa fresca debía estarse tirando a toda la oficina! ¡Quieres estar atento, chaval! A la que vi fue al ver-da-de-ro a-mor de mi vi-da.

A Damián jamás se le había hecho el camino tan largo.

—Prosigo: estaba en la carretera, como te iba diciendo, sola, descalza, con un camisón blanco, con las manos en alto pidiéndome que me parara. No lo hice. Tal era el estado en que me encontraba que, sinceramente, pensé que la muchacha era producto de mi mente intoxicada. En cuanto llegué a mi cama la habitación daba vueltas a mi alrededor y la chica en el interior de la mi cabeza. ¿Y si aquella visión no era producto de mi embriaguez? —me decía—¿Y si la muchacha era real y necesitaba mi ayuda?

Damián ahogó una risotada nerviosa reduciéndola a mueca. La descripción de la muchacha le resultaba más que familiar.

El pasajero mirándole de soslayo y presionando las yemas de sus dedos sobre su rodilla, le dedicó una sonrisa cómplice que heló la sangre del muchacho.

—Por la mañana, de vuelta al trabajo en un estado catastrófico, aminoré la marcha al llegar al punto de carretera en el que creí haber visto la muchacha, pero no vi los restos de un accidente, ni cristales, ni frenazos…ni nada. Nada… hasta la noche. Durante mi viaje de retorno a casa de nuevo allí estaba; la muchacha no era producto de mi imaginación y, como la vez anterior, con las manos en alto, me pedía que parara el coche. Esta vez lo hice.

—¿Paró?

—¡Paré!

—¡Dios mío de mi vida!

—¡Tshhh, no me interrumpas! Ella subió al coche y con extrema delicadeza se sentó a mi lado. Se pellizcó elegantemente el camisón para subírselo antes de sentarse, mostrándome unas rodillas delgadas, unos muslos blanquísimos, una piel que se me antojaba exquisitamente suave. Sus piececitos descalzos sobre la alfombrilla sucia me conmovieron, aunque he de confesar que lo que agitó mi corazón fueron sus generosos pechos. Libres de corsés y de parapetos, se revelaban orgullosos y tersos bajo la ropa, los pezones delataban lo demasiado helada que estaba la noche para ir en camisón por esos mundos de Dios.

Para Damián aquello ya era demasiado, ya no le cabía ninguna duda: ¡aquel tipo era un loco que jamás debería haber subido a su coche! Decidió parar en el arcén y obligarlo a apearse. Quiso embragar para reducir la marcha, pero el cambio estaba atrofiado. Se sobresaltó y apretó el pedal del freno. Tampoco respondía. Lo presionó repetidamente con furia, pero lo notaba flojo, conectado al vacío. En cambio el acelerador sí funcionaba, a pesar de que ningún pie lo estaba pisando. Damián estaba desesperado: nada podía hacer para controlar el auto que se debocaba, solo, a toda velocidad por una carretera de curvas como si lo espoleara el mismísimo diablo.

—¡No corras, Damián, no corras, que nos matamos! —se burlaba el extraño pasajero desternillándose de risa—. Bien, bien, prosigo: ella empezó a soltarme que si esto que si aquello, que si yo tuve un accidente aquí, que si cuidado con la curva, que si la abuela fuma ¡qué sé yo! en fin, ya sabes… ¡pero servidor, ni caso! Me resultaba imposible atender a lo que me decía. Me quedé embelesado con cada una de las formas que dibujaban al hablar sus labios delgados, celestes. ¡Y con qué gracia asomaba y desaparecía entre sus dientes la puntita de la lengua juguetona! ¡Ay, su lengua! Parecía un caracol gris perla saliendo de su concha. ¡Qué preciosidad de muchacha! De verdad que no había conocido a nadie igual… ¡Y no pude más!

—¿No pudo más? —balbuceaba Damián, agarrándose con fuerza al asiento. ¡El coche se iba a estrellar!

—No, no pude más. ¡Y cálmate, coño! —el hombre se sentó de lado e inclinó su cuerpo hacia Damián. El muchacho se aferraba al volante como si eso sirviera de algo y podía notar el aliento del hombre en su mejilla mientras proseguía con su relato: ¡me abalancé, chico, me abalancé sobre esa lengua! Y ella me respondió, ¿quién lo iba a decir? ¡a mí! ¡a mí! ¿entiendes? Me respondió a mí con la pasión que siempre había deseado y siempre me había sido negada. ¡A mí!, que toda la vida había sido un don nadie invisible para las mujeres. ¡Era a mí a quien por fin Dios escuchaba! ¡Qué revolcón, “chacho”! ¡Qué forma de abrazarme con brazos y piernas! ¡De sobarme!¡De besarme! ¡Te digo, chaval, que esa mujer no era de este mundo! — Esta vez la carcajada retumbó dentro del auto como si fuera una tormenta. Damián se ahogaba, hacía un calor espantoso dentro del coche, el parabrisas se había empañado por completo y no se veía la carretera.

—¡Pare esto, por favor! —, gimoteaba Damián.

—Sí, sí, ya acabo… bueno, pues total… una noche para morirse… pero no fue lo mejor. Lo más fantástico es que nos fuimos viendo, ella me esperaba en la curva y yo acudía puntual a la cita noche tras noche, noche tras noche y así hasta la noche de San Valentín…

—¿Has-ta San Va-len-tín? —Preguntó Damián, sobrepasado por el miedo y esperándose lo peor.

—¡Siiiiii, hasta San Valentín!¡Oh, chaval! Fue increíble, ese mismo 14 de febrero acudí a nuestra cita, le llevé un ramito como este —el hombre lo olió con fruición—, y me declaré. Ella, emocionadísima, me juró amor eterno… empezamos a hacer el amor como lobos hasta que nos despeñamos por este barranco ¿lo ves?

—¡No, no veo nada, quiero bajarme del coche! —Damián era un manojo de nervios, le pegaba patadas a los pedales y puñetazos al volante y a la ventanilla. El hombre, repentinamente, agarró el volante esquivando el precipicio y estampando el coche en la otra dirección.

Alguien abrió la puerta del coche desde fuera.

—Muchacho, ¿estás bien?, ¿qué te ha pasado? ¿Te has dormido? ¡Vaya volantazo!

Damián, abrió los ojos, se secó las lágrimas con el reverso de las manos. En el coche no había nadie más que él y en el asiento de al lado… un ramito de flores.

—Sí, estoy bien —respondió—estas curvas no las das… en quinta.

 


Comparte este artículo


Más artículos de Galera Montse

Ver todos los artículos de