Buscando a Jean Paul

Ultramarinos y coloniales

 

Juan Ángel llevaba casi un trimestre en la facultad de comunicación, estudiando historia del cine y tratando de aclarar su identidad sexual, cuando le propusieron participar en la cabalgata de reyes de Barcelona. Era un recién llegado a la ciudad; vivía en casa de sus tíos y aparentaba cierta formalidad, pero Juan Ángel tenía las hormonas en ebullición y ansiaba poner fin al lío que le atenazaba desde que cursó bachillerato.

Algo tendría la opción artística para atraer a la gente menos convencional de la zona. Juan Ángel se refugió en el arte, como tantos otros chicos ambiguos que esquivaban las opciones de ciencias y letras, donde la fauna sexual estaba más definida. Durante dos años vivió picoteando en los extremos: había días en que se dejaba acariciar por un chaval de segundo que tenía muy claro lo que quería ser de mayor (besos esquivos en los vestuarios, revolcones y risas en el césped que coronaba el jardín del instituto); otros se dejaba llevar por las chicas del grupo, niñas de diecisiete años, que lo cogían en brazos y le daban azotitos, porque Juan Ángel era pequeño y monín y se prestaba. Durante el descanso entre clases se le vio con frecuencia besuquear pechos femeninos, con fruición pero sin malicia.

Lo cierto es que, acabado el bachillerato y después de un ligero traspiés en la cena de fin de curso (el profesor de educación física lo acompañó en coche hasta un descampado, pero Juan Ángel se echó atrás en el último momento), entonces, digo, se matriculó en la Pompeu Fabra y emigró a Barcelona. Durante el primer trimestre se centró en los estudios y en las películas de la filmoteca. Dejó a un lado sus dudas sexuales y aparcó las hormonas hasta nuevo aviso. Mucho cine, mucha teoría del audiovisual, algo de técnica fotográfica y más cine en horas perdidas. La oportunidad surgió con la cabalgata de reyes. Juan Ángel se brindó a participar en ella porque le molaba quedarse en Barcelona y necesitaba algún dinerillo.

La tarde del desfile, a primera hora, se presentó en la nave industrial donde se preparaba la cabalgata. Allí le indicaron que formaría parte de la troupe del rey Gaspar, como paje. Ya en los vestuarios tuvo que enfundarse unos leotardos amarillos, calzarse unas bailarinas y ceñirse una especie de casaca bordada de oropeles. La peluca y un gorrito con pluma completaban un disfraz que feminizaba su apariencia.

—Pareces una putilla —le espetó el tipo que interpretaba al rey Gaspar y que apareció de improviso en el vestuario. Era un individuo atlético, de unos treinta años, labios gruesos y nariz de boxeador, que recordaba al Belmondo de las películas de Godard: un sujeto aparentemente curtido por la vida, algo gamberro y descortés, pero simpático. Quizá porque le recordó al protagonista de Pierrot le fou y À bout de souffle, Juan Ángel no se dejó ofender; sonrió ante el extraño e intercambió con él risas y comentarios mientras acababan de disfrazarse. Belmondo, de rey mago; él, de putilla.

Hacia las cuatro de la tarde, el grupo estaba listo: cinco pajes de aspecto equívoco y un adulto que disimulaba su chulería tras una vestimenta ampulosa, barba rojiza y una corona de rey en la cabeza. De vez en cuando, Gaspar se entregaba al pitillo, haciendo tiempo, y dejaba escapar algún comentario obsceno que hacía las delicias de sus pajes. Frente a la vejez santurrona de Melchor y el exotismo del rey negro, Gaspar ocupaba en el imaginario de Juan Ángel un papel indefinido. Aquel día, sin embargo, quedó a las claras su identidad. Gaspar no era sino un Belmondo disfrazado de rey.

Durante la cabalgata, Juan Ángel y el rey Gaspar cruzaron infinidad de miradas. El rey sonreía viendo cómo se agitaban sus pajes lanzando caramelos y cuchufletas al público infantil. Por su parte, Juan Ángel fue descubriendo a lo largo del recorrido lo mucho que le gustaban los tipos gamberros y descreídos como el que encarnaba al rey Gaspar.

Cuando acabó la cabalgata, su rey le invitó a cenar y Juan Ángel aceptó. Lo llevó hasta un ático de la zona alta, atestado de libros y piezas de arte, y allí se produjo la transformación. Ni Gaspar era Belmondo, ni Juan Ángel una putilla cualquiera. Se fueron mutuamente sorprendiendo con una cena fría, el cava, la charla y los libros. Su anfitrión le leyó en voz alta unos versos de Catulo, cuya traducción, según él, acababa de publicar en una editorial de prestigio. Juan Ángel habló de la nouvelle vague, que había descubierto aquel trimestre, de sus estudios universitarios, del Jamboree y de la filmoteca. Luego estuvieron viendo La jetée, de Chris Marker, en una sala con proyector y pantalla grande, sentados en unos sofás de cuero inmensos. Bebieron, se besaron y compartieron caricias en un lecho vestido con sábanas de seda.

A la mañana siguiente Juan Ángel abandonó el ático sin despertar a su compañero. Pensó que jamás volverían a verse y decidió guardar su historia en el cajón de las aventuras efímeras. Pero la cosa no terminó ahí.

Cuando empezó el segundo trimestre en la facultad, Juan Ángel descubrió que el profesor de Historia de la Televisión se parecía muchísimo al rey Gaspar sin barba, un tipo duro pero simpático que irrumpió en el aula con actitud chirriante:

—Ustedes no me conocen, pero ya me conocerán… Aquí hablaremos de la cultura de masas y de las estructuras que la sustentan —dijo, paseando una mirada irónica por la sala. Y cuando identificó a Juan Ángel entre los otros alumnos no pudo sino dedicarle una sonrisa cómplice que presagiaba nuevos contactos, más allá de la comunicación audiovisual.


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