Bus Stop

Oscuro, casi negro

 

Se subió al autobús como todos los lunes; se sentó mirando al suelo; ni siquiera se fijó en la gente que lo acompañaba.  Le esperaba un día de mierda en la oficina. Se respiraba un aire dulce y siniestro, sintió como un olor a almendras amargas. Hacía frío, las ventanillas estaban empañadas con una fina capa traslúcida que parecía un glaseado de azúcar. Cerró los ojos y recordó el sueño del que todavía no había acabado de salir. Estaba al lado del mar y alguien le ordenaba que contara todos los granos de arena que había en esa playa. Le pareció normal, empezó a hacerlo, sentía desesperación y alivio a la vez, era una tarea imposible, pero, por otro lado, no tenía que pensar en nada más que en números, y el tiempo iba pasando sin hacerle daño.

Al llegar a su parada, el autobús emitió un ruido seco como un gran suspiro mecánico, como si hubiera llegado a su destino final. Levantó la vista y vio que era el único pasajero que quedaba, la puerta del conductor estaba abierta y su asiento vacío. Bajó a la calle y se encontró en un lugar que no conocía. Entró en el bar que vio enfrente y la gente, sentada en viejas mesas de madera, bebiendo sus copas de un solo trago, le miró sin darle importancia. No entendía el idioma ni reconocía los rasgos de las caras. Pidió una copa señalando con el dedo, se sentó en una mesa y siguió contando granos de arena.


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