Bolsillos y bolsos

Moda al tuntún

 

Bolsillos y bolsos están pensados para transportar objetos. Un bolsillo es un bolso pequeño. La vestimenta masculina disfruta de abundantes bolsillos: en verano entre cuatro y seis, en invierno pueden sumarse a los anteriores los tres o más de la chaqueta.

Los bolsillos, en general, son sobrepuestos o son interiores con bolsa colgante, y es deseable que permitan introducir la mano o como mínimo dos dedos (pulgar e índice), lo que asegura una cierta funcionalidad. Los bolsillos decorativos son ridículos.

Salir de casa comporta cargar con cierto número de objetos, en mi caso: el billetero y la calderilla, el móvil, las llaves de casa (además, a veces, las del coche y parking), una agenda, un pañuelo (de tela o desechables), una libretita de 7,5×10 cm con espiral metálica (para apuntar las ideas cazadas al vuelo), un bolígrafo o un lápiz, un pastillero, las gafas de sol en su funda, y también un libro de bolsillo (11×17 o 15×21 cm) para el infortunio de las esperas.

Ni por su número, sus dimensiones, su acceso o su distribución, etc. hay bolsillos suficientes o adecuados para tanto objeto. Si se intenta distribuir la citada parafernalia entre los bolsillos del vestido se conforma un volumen y perfil de cuerpo incierto, maltrecho y achichonado.

La solución dada ha consistido en reunir, más o menos, la suma de los bolsillos en un único contenedor que varía de forma, volumen y anclaje en el cuerpo. Así, hemos disfrutado del bolso de mano (la “mariconera”), la riñonera, que en su peor momento dio incluso volumen a la bragueta, el macuto paramilitar o guerrillero y la bandolera de asa larga (el asa, dicen, aportación de Coco Chanel) que cuelga de un hombro o se cruza sobre el pecho y, finalmente, la mochila, que confiere un aspecto de parlamentario engagé, de excursionista o de escolar cansado.

La vestimenta femenina, con menos bolsillos o carente de ellos, está condenada, nolens volens, al uso obligado del bolso que a veces va acompañada de una insana logomanía.

Sea maxi o mini, de un solo volumen o con compartimentos, abierto o cerrado, pesado o ligero, rígido, flexible (o flácido), austero o lujoso, etc., o fabricado en los más diversos materiales (los hay incluso de piel de anguila), se considera a los bolsos una “extensión del yo”, una proyección de la personalidad y también un aliado de confianza.

Me comenta el psico-socio-antropólogo que este objeto nunca inerte es comparable a una banda de Moebius o a la botella de Klein, en las cuales no tiene sentido hablar de interior y exterior, y que se confunde con el cuerpo femenino en una única superficie.

El bolso es un espacio de raras percepciones, desapariciones o encuentros inesperados, de pérdidas y recuperaciones insólitas. Frases como: “Oye …estoy más que segura de haber puesto la llaves (entradas, billetero, factura, etc.) en el bolso y ahora no está … ¿Me estás escuchando? … ” hacen zozobrar, obnubilan, aterrorizan al cerebro más templado.


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