Bigger than life?

Un salacot en mi sopa

 

No sabría decirles si el arte imita a la vida o si, por el contrario, es esta la que toma como modelo al arte. Douglas Sirk era de los que creían en la primera opción; al menos, así se deduce ateniéndonos al título de uno de sus melodramas más celebrados: Imitation of Life, traducido aquí erróneamente como Imitación a la vida, uno de esos fallos que se perpetúan en el tiempo y cuya raíz es la confusión del régimen: el preposicional y el franquista.

Pero no, no vengo a hablarles de dramas raciales en technicolor ni del suntuoso vestuario de Lana Turner. Tampoco de ese concepto estético tan sirkiano que bordea el kitsch sin anidar del todo en él y que, años después, Pedro Almodóvar retomaría para convertirlo en su seña de identidad. No. De lo que quiero hablarles es de las coincidencias que a veces se dan entre cine y vida, y también entre películas que parecen compartir un mismo código genético.

Tal vez recuerden Detour, una producción de 1945 dirigida por Edgar G. Ulmer y considerada de serie B (en mi opinión, otro fallo, en este caso no achacable a ningún régimen). Su protagonista, un pianista que actúa en un garito neoyorquino, de repente decide marcharse a Los Angeles en pos del sueño americano, aunque la impresión que da es la de alguien que anda huyendo de algo. La película es una road movie narrada con cierta ambigüedad a través de un flashback y de una voz en off en primera persona.

El desarrollo de la acción está focalizado exclusivamente en el personaje principal, de forma que el suyo es el único punto de vista del que disponemos; por tanto, dejamos en suspenso la credulidad y aceptamos que lo que él nos cuenta es solo producto del hado y no una concatenación de asesinatos cometidos por alguien de mente tan nebulosa como las carreteras nocturnas por las que transita.

Carreteras, músicos, nocturnidad, crímenes, mentes disociadas… Parece que esté refiriéndome a Carretera perdida, la película que David Lynch rodó en 1997 y en la que despliega todas sus obsesiones y su particular sintaxis narrativa. Ignoro hasta qué punto Lynch es deudor de Ulmer y si Carretera perdida es un homenaje al viejo film de 1945 rodado en apenas una semana. En cualquier caso, las coincidencias entre ambas ficciones son evidentes, pero no son las únicas, y aquí radica el meollo.

Recordarán que Lynch se inspiró para el guion de su película en el caso del astro mediático O.J. Simpson, acusado de matar a su mujer. Pues bien, uno de los actores que intervenían en Carretera perdida, Robert Blake, el Baretta de aquella serie de los 70, también fue juzgado en 2002 por un delito de las mismas características. Simpson salió absuelto, pero Blake acabó en la cárcel, igual que Tom Neal, el intérprete de Detour, que pasó seis años entre rejas por -¡adivinen!- dar matarile a su mujer en 1965.

Neal arrastraba fama de pendenciero desde hacía tiempo. Ya en 1944, su primera esposa alegó crueldad mental en el proceso de divorcio, y son legendarias sus peleas con el actor Franchot Tone a causa de los amoríos que los dos compartían con la también actriz Barbara Payton. Como curiosidad les contaré que Neal acabó sus días trabajando de jardinero y que su hijo, llamado como él, protagonizó en 1992 un remake de Detour de cuyo recuerdo prefiero escapar como alma que lleva el diablo.

Una azarosa mezcla entre cine y vida, entre ficción y ficción que nos remite a las bandas sonoras de ambos films: la música compuesta por Leo Erdody para Detour, muy en los cánones del género negro, y el inquietante I’m deranged de David Bowie que suena mientras aparecen los títulos de crédito de Carretera perdida.

Si me disculpan, les dejo para escuchar el gospel que canta Mahalia Jackson en el funeral de Imitación a la vida. Quizá así logre quitarle algo de hierro a todo este asunto, siempre, claro está, que el fantasma de Johnny Stompanato lo permita.

 


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