Bailando con un muerto

Amores brujos

 

Estaba yo pensando en el amor, y concretamente en quienes vuelven de la muerte por su causa, para una novela que quiero que eche chispas por los cuatro costados, cuando la televisión me ofreció un manjar insólito: El amor brujo de Manuel de Falla en la última versión de Víctor Ullate. Dejé de divagar y me puse a contemplar y escuchar embriagada la obra, que como por milagro no perdía en la pequeña pantalla, aunque lo mejor es verla en el Teatro Real de Madrid o en el Liceo de París. A partir de la emoción que me suscitó la música de Falla y la voz de Estrella Morente, me puse a buscar datos sobre la obra y encontré lo de siempre: pedazos de mi propia novela futura esparcidos por El amor brujo del gaditano, sobre todo la infernal aparición del espectro amante o marido de Candela, el revenante que viene a por ella, atraído por sus brujerías, para llevársela al inframundo. Ella, que no ha dejado de amarle, se queja de sus infidelidades por medio de la voz iluminada de Morente y le devuelve al infierno por medio de una treta amorosa.

Este año se celebra el centenario de la obra. El primer Amor Brujo o Gitanería en un acto y dos cuadros fue escrita y dirigida por Manuel de Falla en 1915, a su vuelta de siete años en París estudiando música con lo más granado del impresionismo francés y la cultura artística de la época. Dos mujeres contribuyeron o empujaron el proyecto: La Mejorana, abuela de Pastora Imperio, que quería una obra en la que su nieta pudiera brillar como estrella del cante y el baile, y María de la O Lejárraga, que escribió el libreto, en colaboración quizá con el dramaturgo Gregorio Martínez Sierra, su marido. Falla compuso una música extraña, moderna, con aires orientales y de una pureza y emoción intensas, para contar la historia de la gitana Candela y sus hechicerías que tienen como resultado las idas y venidas al más allá de su amado infiel y muerto. Esta pieza duraba más de una hora, era de cámara, con pocos instrumentos, compuesta por música, baile, cante y recitado; un ballet pantomímico, en suma, para narrar una historia de amor lúgubre y brujesca que no pertenece al imaginario gitano propiamente dicho, sino más bien al gótico simbolista europeo.

La primera versión, de 1915, no tuvo mucho éxito y su formato no es el que ahora nos hechiza. En 1925 Falla la reescribió, condensando fragmentos musicales, suprimiendo el recitado y añadiendo tres canciones “populares”. Convirtió la obra en sinfónica para orquesta. A lo largo de su siglo de vida, la partitura se ha mantenido prácticamente incólume, pero las puestas en escena han sufrido recortes, variaciones, versiones con voz y sinfónicas sin voz. Son interesantes, aunque no necesariamente más ricas, las más modernas: la de Rafael Amargo de 2003 y las dos de Víctor Ullate, una de1994 y otra de 2015. Esta última ha sido estrenada con motivo del centenario de la obra en el Teatro Real de Madrid, con cante y baile, vestuario muy moderno, escenografía audaz —suelo de espejo— y un añadido de punk gothic para la parte de visiones entre la vida y la muerte a cargo del grupo de dark ambient In Slaughter Natives. Las tres acentúan el aspecto lúgubre y fantástico de la obra sacando a escena criaturas infernales y vestuarios vanguardistas, así como atracciones visuales que animan la obra y a veces la recargan: las hogueras, el humo, la luna de neón, los vampiros, etc.

El cine tiene dos películas notables sobre el tema, versiones libres que juegan a hipertrofiar el ambiente gitano folklórico en detrimento de aspectos más profundos de la obra original. La primera es El amor brujo de Francisco Rovira Beleta (1967), con Antonio Gades, la Polaca, Morucha y Rafael de Córdova, declarada de interés especial como estampa gitana andaluza. Fue rodada íntegramente en Cádiz en un exótico ambiente de mar, donde los gitanos se ganan la vida pescando o trabajando en los astilleros y viven en un bonito barrio blanco. La banda sonora de Cristobal Halfter juega con gracia con la base de Falla, pero el film adolece de falta de ritmo y de tensión a pesar de haber participado en el guion un escritor como Caballero Bonald. Pura españolada, estuvo a punto de obtener un Oscar de la Academia.

La segunda, El amor brujo de Antonio Saura (1976), de nuevo con Antonio Gades y su cuerpo de baile, Cristina Hoyos, Laura del Sol y Juan Antonio Giménez, ambientada en una escenografía de estudio que no oculta el carácter artificial y teatral del profílmico, representando un campamento de gitanos chatarreros tan pintoresquista como el de Rovira. Saura ha clarificado, sintetizado y rellenado la primitiva historia contada en el libreto, dándole un toque romántico en virtud del cual la gitana recién casada Candela (Cristina Hoyos) pierde a su marido (Juan Antonio Giménez) en una reyerta y, obsesionada por su recuerdo, se siente perseguida, lo ve por todas partes y danza sola todas las noches en el sitio en que él cayó herido en el corazón, cuya sangre le mancha la camisa blanca. Un nuevo amor, Carmelo (Antonio Gades) trata de protegerla y, por consejo de una hechicera (Emma Penella), recurre a la magia del fuego y le pone como cebo una bella gitanilla, antigua amante del esposo. Éste se enamora de ella porque es muy mujeriego, dejando libre a Candela. El baile final de la película de Saura es de antología: cada oveja vuelve con su pareja en una pantomima danzada cuyo diálogo mudo puede seguirse con facilidad y emoción.

El final de la película de Rovira Beleta enlaza con el principio y es, al contrario del de Saura, algo insípido, sin elementos fantásticos, ya que Diego es un falso muerto que habita en los sueños de Candela y vuelve a por ella no como revenante sino como vivo fugitivo, que quiere recobrar lo que es suyo y vengarse de la familia que le quiso matar. Lucía (Morucha) juega un papel secundario, y es lástima porque se trata de una bailaora muy bonita y salerosa.

Cuanto más contemplo estos materiales más me reafirmo en el realismo espectral de sus partes fantásticas, tan lejanas del imaginario gitano español como cercanas a ciertas tradiciones anglosajonas y grecolatinas que constituyen el núcleo de mi futura novela. Cuando Pere Montaner me invitó a croar en La Charca —y tras el buen resultado de nuestra colaboración en El Butano Popular—, decidí hacerlo con un híbrido de narrativa y ensayo basándome en mi futura novela. Sé que es difícil pero no imposible, y espero que pueda interesar a algún aficionado a lo excéntrico y lo fantástico, como la gitanilla que baila flamenco con el amante muerto de un navajazo en el corazón…


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