Baby Boy, asesino a sueldo

Casa de citas

 

Frankie Bono (Baby Boy) es un sicario que viaja desde Cleveland a Nueva York para cumplir un encargo: asesinar a un mafioso de segunda fila, un tal Troiano, al que debe dar muerte durante las fechas de Navidad, precisamente cuando “los mamones olvidan que el asesinato también es un negocio”. El pitido del tren al salir de un túnel evoca los gritos de su madre durante el parto, un chillido que nunca cesa. Entonces, su voz interior le recuerda que él también llegó al mundo con dolor. “Naciste con odio y rabia dentro. Te pegaron en el trasero para sacarte el llanto, y entonces supiste que estabas vivo. Ocho libras y cinco onzas. El pequeño Frankie Bono ya está aquí”.

Las luces navideñas, el turbio resplandor de algunos escaparates y el trasiego de las últimas compras dibujan el espacio sombrío del crimen. Frankie Bono recorre la calles de la ciudad vigilando a su presa. Estamos en Manhattan, en 1960, cuando la indigencia de las clases populares se combina con una feroz segregación racial y se multiplican los robos, los homicidios y las violaciones. El centro de la ciudad se ha convertido en una jungla peligrosa y la gente con recursos se ha largado a los barrios periféricos, pensados para blancos. En uno de esos barrios vive Troiano, la víctima. Cada mañana, a las 9:30, se desplaza a la ciudad para supervisar sus negocios, siempre acompañado por dos matones. Pero hay quien quisiera verle muerto y en ese juego macabro participa nuestro protagonista.

“Los que te contratan, odian a los asesinos como tú, Frankie —le dice la voz—. Cuando te miran, ven la muerte al otro lado del mostrador. Esta vez el blanco es un jefe mafioso con demasiada ambición y un bigote con el que disimula sus labios afeminados. No te será difícil acabar con él. Tiene el tipo de cara que odias, y tú sabes cómo gastar tu odio”.

Frankie Bono (Baby Boy) es parco en palabras, no le gusta la gente, evita las celebraciones. Solo quiere cumplir con su trabajo y hacerlo bien. Pasea solo, fuma solo, cena solo. Incluso hubiera preferido no darse de bruces con Pete, un antiguo compañero del orfanato con el que coincide en un bar. Si le soporta durante unos minutos es porque Pete menciona a su hermana, una chica por la que Frankie se interesó en el pasado. También los asesinos a sueldo tienen recuerdos y alguno de esos recuerdos es inoportuno. Quizá por eso sea mejor no conocer a nadie, no hablar con nadie, no interesarse por nadie. Hay que pasar desapercibido y que el mundo te ignore.

Aparece la hermana de Pete, que se llama Lori y es preciosa, y Frankie accede a acompañarles a una fiesta. Su voz interior, ese chirrido que nunca calla, se lo advierte: “Sabes que te equivocas, Frankie, aunque quizá sea mejor tomárselo con calma. Ve con ellos, tómate algo, baila un poco y luego vete. Quizá te estés equivocando. Así que cuidado”.

Frankie no sabrá comportarse en la fiesta ni cómo tratar a la chica. En un encuentro posterior se dejará atrapar por el deseo y no podrá contenerse. Empleará la fuerza y Lori le rechazará. En otro momento la sorprenderá con un “amiguito” y se sentirá avergonzado. Tomará conciencia de la oscuridad y el silencio en que naufraga su vida. Y cuando quiera redimirse será tarde. Engrasará la pistola, acabará con Troiano y descubrirá que en Long Island no hay sitio para él.

Estamos contando una película. Frankie Bono (Baby Boy) es el protagonista de Blast of Silence (1961), un film negrísimo, descarnado, capaz de noquear al aficionado con un directo a la mandíbula. Frankie Bono (Allen Baron) es también el director, su guionista y actor principal. Presentado en Cannes en 1961, el film cayó inmediatamente en el olvido, a pesar de ser una obra maestra del género, hasta que se reeditó en DVD (2008) con el beneplácito y la admiración de Martin Scorsese, que la considera una de sus películas favoritas y una fuente de inspiración para su Taxi Driver (1976).

Allen Baron rodó Blast of Silence con veintiséis años, sin experiencia previa y en tan solo 15 días, sin apenas dinero y aprovechando el trabajo de cuantos amigos aceptaron colaborar. Entre ellos, Peter Falk (el que posteriormente se haría famoso con Colombo); el compositor y músico de jazz Meyer Kupferman, autor de la trepidante banda sonora; el guionista Waldo Salt, que escribió la voz en off que acompaña a Frankie Bono durante toda la película, y el actor Lionel Stander, que se encargó de recitarla sin ahorrarse un gramo de crueldad. Blast of Silence se rodó deprisa y sin permisos, en orden cronológico, con equipo reducido y sin luminotecnia, aprovechando cualquier circunstancia que acentuase el aire velado de la película: las calles vacías de Nueva York, las marquesinas agonizantes de algunos cines, la gente sin rumbo que pasea al atardecer, la lluvia que azota Long Island durante la secuencia final…

Allen Baron tampoco tenía experiencia como actor, pero asumió el papel protagonista cuando Peter Falk, que debería haberla protagonizado, prefirió atender una demanda de Frank Capra, que le ofreció un papel secundario en Un gánster para un milagro (1961). Entonces Baron decidió interpretar él mismo al protagonista, acentuando el aspecto taciturno y silencioso del asesino. La película tuvo que compensar la ausencia de diálogos con ese poderoso monólogo en off que escribió Waldo Salt y que ayuda a mantener su pulso narrativo, un texto que constituye un magnífico ejemplo de contención literaria: seco, poético e impresionista, en la estela de la mejor novela negra americana.

“Al mediodía estableces contacto. Al acercarse el ferry, el viento es frío, pero te empiezan a sudar las manos. Es el primer mal momento. Siempre hay alguno cuando no actúas solo. Sabes que únicamente puedes contar contigo mismo. Una lección que has aprendido por las malas”.

Waldo Salt, guionista que posteriormente sería premiado con los Óscar al mejor guión por Cowboy de medianoche (John Schlesinger, 1969) y El regreso (Hal Hasby, 1978), no pudo firmar el monólogo de Blast of Silence con su nombre, por hallarse bajo sospecha del Comité de Actividades Antiamericanas. Y firmó como Mel Davenport el texto que reproduce el diario mental de un asesino. ¿Quién habla a Frankie Bono desde dentro? ¿Quién le advierte y recrimina? La voz en off es la de un solitario que no dispone de otras voces, la voz necesaria que acompaña a alguien que solo se comunica consigo mismo, la voz de sus recuerdos y sus expectativas. Una voz que solo calla cuando la realidad —el acoso, la huida, los disparos— se impone al silencio interior.

Aclaremos que toda la secuencia final está enmarcada por la endiablada música de Kupferman —xilófonos, congas, base rítmica…—, mientras el monólogo enmudece. Solo cuando Frankie cae abatido, la voz renace para acompañarle en su doloroso final: “Los caminos del Señor son misteriosos —le dice—, pero quizá el Señor esté de tu parte, dado cómo ha salido todo. Ahora recuerdas otras Navidades en que deseabas algo, algo importante, especial. Algo que no llegó y que ahora tienes, pequeño Frankie Bono. Ahora ya estás solo. Completamente solo. El chillido cesó. Ya no hay dolor. Has vuelto a casa. De vuelta al frío y negro silencio”.

Hoy traemos a colación la película de Allen Baron porque nos gusta el tono del film, su dureza verbal y ese mensaje tan funesto sobre el acontecer del hombre solitario. Hay días en los que uno se siente especialmente solo y sabe que no hay mucho más allá del silencio, el fracaso y las voces interiores. En esos días nos da por repetir la película de Allen Baron y sentir como algo propio el dramático final del protagonista.

 

Post Data: Allen Baron solo realizó dos largometrajes en su vida  (Blast of Silence, en 1961, y Terror in the City, en 1964). El fracaso de ambos filmes le llevó a trabajar en televisión. Allí escribió y dirigió innumerables capítulos de las series más populares de los 70 y 80: Hank, El inmortal, La tribu de los Brady, Kolchak, Canción triste de Hill Street, Dinastía, Los ángeles de Charlie o Vacaciones en el mar. Desde 1986, fecha en la que se retiró, Allen Baron vive en California dedicado enteramente a la pintura.

 

 


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