Azaharea

Chamanita Muskaria

 

Escribo mientas azaharea el limonero que respira en mi patio. Gordo –el perro– se recuesta al sol; Etta James me incita a deslizar los dedos sobre las teclas. En un movimiento centrífugo extraigo mis palabras caverna para que se tiendan también al sol. La luz de otros ojos puede contemplar las hojas de mi savia interna.

¿Hoy qué puedo resaltar?

La soledad trae alas a la creación. Me debato entre un grito y un silencio. ¿Cuál ganará el embate? La vanidad es perpleja. Se muestra como bailarina oriental: Salambó o Salomé como la primera jíbara. En bandeja de plata expongo mis palabras-rana que saltan para lengüetear en la charca. ¿Cómo será comerse de un bocado la vanidad? ¿Es vana y banal? ¿O es venal? ¿Para qué escribimos?

Para compartir mundos me susurra mi voz más comunal. Por exhibicionista, me chirría la voz cabrona. Por necesidad fisiológica, escupe mi voz pragmática. Para extraerlas como piedras de locura o briznas de hierba, repiquetea mi literata. Por levedad, resuenan las voces ausentes de Kundera y Calvino. Yo qué sé, dice mi contestataria mientras deja la taza de té sobre la mesa, haciendo un surco redondo. Tal vez por todo eso, por nada de eso, por algo que aún no sé y me mantiene en el dique… y que siga el oleaje.


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