Auge, caída y flotación de un anonimato en el siglo XXI

Solo, por favor

 

No les he contado cómo gestioné mi aparición en las redes sociales. De hecho, jamás habría hablado de “gestionar mi aparición” antes de dejarme caer por estos lares. Supuse, como sigo suponiendo (y ese es un error ya que lo mejor es preguntar), que uno debe hacer lo que viere allá donde fuere. No obstante, como es probable que esta breve crónica llegue a ustedes por el mencionado canal, no les sorprenderá mi registro lingüístico.

Tomé la decisión tras unas semanas observando avatares (¿del destino?). Reparé en la lozanía que mostraban muchas de las imágenes identificativas (o no). Rezumaban juventud y encanto, ya fueran de un viejo carcamal o de una linda vedete entrando en los noventa (en este siglo, se entiende). Así que ¿por qué no lograr una imagen propia que transmitiera la eterna juventud? Una imagen que evocara un sueño que se remontara a los orígenes de la alquimia y todo eso, ya saben. Además, tratándose de una incursión en el no va más de las telecomunicaciones, habría de crear algo con un mensaje que combinara la innovación tecnológica con, pusiéramos, la tradición milenaria de Extremo Oriente: un plano detalle de rostro aqueo con toques tártaros y cuya piel estuviera recubierta de una textura mágica, ¡claro que sí!

Nada mejor que un encuadre vertical a toda pantalla donde se apreciaran las facciones armoniosas de un bello efebo, sin pliegues, arrugas ni manchas. Un lagrimal y los labios debían situarse en los puntos fuertes de la izquierda de la imagen; los de la derecha se reservaron para la mejilla. Composición estratégicamente diseñada para transmitir perfección, casi alcanzando la proporción áurea. A lo que había que unir un aire de paz interior del personaje (¿servidor?) con una mirada sosegada, alejada de la cámara y con los párpados cubriendo un tercio del iris. Detalle que se realzaba, como no podía ser de otra forma para un rostro bello, con curvas suaves, sin ángulos; transmitiendo calma, bienestar y, hasta cierto punto, voluptuosidad en las curvas de los labios. Sin embargo, no optamos por el color natural de la piel, sino por unos tonos violetas que denotaran prestigio y dignidad pero, sobre todo, y más allá del sosiego, espiritualidad. Una espiritualidad esotérica conseguida al resaltar el grano de la textura, jugando a la ambigüedad: que no se distinguiera si era resultado de la aplicación de un ungüento tecnológicamente sofisticado o si era por la aplicación de un mejunje milagroso (que asemejara una purpurina maravillosa en cualquier caso). Únicamente los ojos mantenían el verdadero color, sin cambio de textura, destacando en azul y blanco para transmitir también dulzura. El rostro se fundía en un ambiente más oscuro y del mismo color: la luz, fundamental, iluminando el rostro, aunque, en realidad, era el rostro lo que iluminaba todo el ambiente. Sin quemar la imagen, permitiendo las sombras para percibir mejor las curvas en las facciones. El mayor contraste se daba en los ojos pero levemente, persiguiendo la armonía. Aunque con angulación normal, una mirada ascendente transmitiría cierto efecto similar al contrapicado para resaltar, una vez más, la significativa belleza del personaje retratado. Tuvimos especial cuidado en no deformar la imagen. Para lo cual mi amiga Laura se las componía sola: sin macro, con un objetivo de 135 mm y una profundidad de campo sensacional consiguió que los elementos más prominentes, como la nariz, mantuvieran la misma nitidez que los más hundidos, como las cuencas de los ojos o los cabellos, para destacar todo el rostro. El lenguaje verboicónico no debía dejar lugar a dudas: «un hombre es malo, y sobre su mal está la piel». Sí, bueno, no era una óptima adaptación de la famosa frase de Shakespeare (todo hombre es malo, y en su mal él es el rey); pero, si han leído hasta aquí, ha debido quedarles claro que la literatura no es lo mío.

El problema fue que ese no era yo. Vamos, ni por asomo.

Al principio, mi presencia fue bienvenida en todas las redes sociales donde me alisté. Aunque bien es sabido que aquellos eran otros tiempos; cualquiera podía expresarse como le viniera en gana sin estar sometido a la estricta lupa de la controversia. Belleza y bondad iban de la mano dijeras los que dijeras. Pero quienes ahora me conocen saben que no era así. No soy así.

Habíamos creado un monstruo. Un tipo anodino había pasado a ser influyente. Cabe preguntarse si el mundo es tal y como lo conocemos a partir de entonces (si Eurípides nos mostró la vida como era o si la vida es así de trágica desde su Hipólito, salvando las distancias, por supuesto). Tomarme un café, tender la ropa, afeitarme o leer un libro pasaron a ser actividades en las que mucha gente empezó a mirarse. La palabra reflexión fusionaba todos sus sentidos; parecía que todo el mundo se veía reflejado en mis reflexiones de andar por casa. Varias veces fui tentado para escribir un libro. Descabellada idea que siempre he desechado. Hice más amigos que enemigos. También amantes. Los hijos eran inconcebibles, afortunadamente. La realidad virtual comenzaba a devorarme. La virtualidad real empezó a poseerme. Fui escondiendo cadáveres de mi mediocridad a medida que iba ganando seguidores. Se fueron añadiendo algunas loas con renombre, me pidieron entrevistas, me animaron a dar charlas e incluso a montar mis propios canales de difusión. Estaba surfeando en la cresta de la ola.

Hasta que llegó Moisés y, de un toque con el cayado, se abrió el mar y me fui con mi ola a hacer puñetas. Por despecho, alguien filtró una foto reciente y se descubrió el pastel. De nada sirvieron mis mensajes de buen rollo. Ni mi sincera naturalidad. Ni mis disculpas ni mis lamentos. Ni siquiera me valió mentir para negarlo. El de la foto era más yo que los diecisiete meses de «excelentes» opiniones aquí y allá detrás de aquella máscara de diseño. Sabe Dios si venció la ética a la estética o si ambas se dieron la mano para jugármela.

Como las penas nunca vienen solas, también caí en desgracia en mi actividad habitual, doblar tenedores con la mente. Así es, salieron todos los trapos sucios. Uri Geller me denunció por plagio. A mí, que me había pasado más de un año denunciando toda clase de experiencias psíquicas. Hubo confabulación, la turba demandaba escarnio. Lo lograron. Mi desembarco en prisión fue desastroso. Abracé la fe en Dios para soportar los abrazos de indeseables en las duchas. A raíz de tales abrazos tuve que pasar por quirófano, donde la fe no fue suficiente para el dolor. Las adicciones a determinados opiáceos fueron una adición más a una extensa lista de problemillas. Ninguna intervención del alcaide y demasiadas intervenciones de aquellos malditos matasanos. Cierto es que jamás gocé de la piel soñada de aquel avatar en las redes —¡demasiado lo pagué!—, como jamás habría sospechado que acabaría así. Literalmente, me convertí en un muñeco roto. Un muñeco de trapo remendado por los cuatro costados. Feo, parcheado, áspero, famélico.

Ahora nadie me recuerda. Nadie me echa en falta. Y lo más importante: nadie me reconoce. Final feliz.

 

 


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